1942: Francisco Franco recibe la medalla, de oro de la ciudad de Lugo, por Carlos Fdez. Barallobre

17 de febrero de 2022 por Redacción FNFF

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Carlos Fernández Barallobre

 

En la tarde del viernes 21 de agosto de 1942, el Jefe del Estado y Generalísimo de los Ejércitos, Francisco Franco, salía del Pazo de Meirás en dirección a  la ciudad de  Lugo, donde iba ser condecorado por la corporación Municipal con la Medalla de Oro de la ciudad, la romana “Lucus Augusti”, capital del Noroeste de Hispania, y en un principio la capital espiritual de Galicia. El único lugar de la Cristiandad en que el Santísimo Sacramento está expuesto en el altar mayor de  la Catedral de forma permanente desde hace más de seis siglos. Por ello es conocida como la Ciudad del Sacramento, destacando en su escudo el lema “Hoc hic misterium fidei firmiter profitemur” “Aquí profesamos firmemente este misterio de fe”.

Le acompañaban el  ministro secretario general del Movimiento, José Luis de Arrese; el Jefe de su Casa Militar, general José Moscardó,  así como ayudantes de servicio y escolta

A la altura de la Castellana, límite entre las provincias de La Coruña y Lugo, el Caudillo de España fue cumplimentado y recibido por el gobernador civil de Lugo, Ramón Ferrelro Rodríguez; teniente coronel jefe  de  la Guardia civil, señor Quinna y otras autoridades, que  le acompañarían en su viaje hasta la capital lucense.  

Miles de afiliados de F. E. T. y de las J. O. N. S. y productores llegados desde  todos los pueblos de la provincia para participar en el homenaje a Franco se fueron concentrando desde primeras horas de la mañana en la capital. Lugo les recibió con las calles adornadas con arcos, víctores y escudos de la Casa Militar de Caudillo, así  como con banderas españolas, grandes Yugos y Flechas. De los edificios oficiales y las casas particulares  colgaban banderas con  los colores Nacionales y enseñas de Falange Española y de la Comunión Tradicionalista, así como reposteros y grandes retratos del Caudillo de España. De las ventanas y balcones de  casas particulares colgaban también multitud de banderas, gallardetes y guiones falangistas. La actividad fabril y comercial cesó en la ciudad  a las dos de la tarde

Cuando las manecillas del reloj marcaban las cinco y media de la tarde, el Jefe Nacional de la Falange, Generalísimo Franco, llegaba a la catedral de Lugo.

En las puertas catedralicias aguardaban al Caudillo, el obispo de Mondoñedo, Benjamín Arriba y Castro, revestido de pontifical; el vicario general del Obispado, que ostentaba la representación del prelado de Lugo, Rafael Balanzá y Navarro, que se encontraba ausente, y el cabildo, así como el  capitán general de la  región Militar, general Luis Soláns; los generales Canella Tapias, gobernador militar de la provincia de Lugo, y García Tabad; el alcalde de la ciudad, Manuel Portela Nogueira al frente de la Corporación municipal en pleno, bajo mazas, así como otras autoridades civiles, jerarquías de F. E. T. y de las J. O. N. S. y jefes y oficiales de la guarnición.

En la calle del Buen Jesús se encontraba formada una compañía con Bandera, banda de cornetas y tambores del regimiento de Infantería de Zaragoza, que rindió los honores de ordenanza. Fuerzas de Infantería cubrieron la carrera, juntamente con centurias de Falange y afiliados de los Sindicatos provinciales, en honor del Caudillo.

En la puerta de la catedral y calles adyacentes se congregó  una multitud incalculable, la mayoría tocada con camisa azul y boina roja, que vibró con gritos de ¡Franco! ¡Franco! ¡Franco!, vítores y ovaciones cuando el Caudillo de España y Jefe Nacional de la Falange descendió del vehículo en el que viajaba, saludando repetidas veces  a los miles de vecinos que le aclamaban  con el brazo en alto.

Al entrar en el atrio de la Catedral fue recibido por el obispo de Mondoñedo y por el Cabildo. El Caudillo besó el Crucifijo que le ofreció el obispo, y bajo palio, cuyas varas portaban capellanes de la Catedral, entró en la catedral dirigiéndose  a la capilla mayor, ocupando un sitial en el presbiterio  al lado del Evangelio. Un canónigo rezó la estación al Santísimo y el prelado dio la bendición eucarística. Desde la capilla mayor se dirigió el  Generalísimo a la de la Virgen de los Ojos Grandes, Patrona de Lugo, donde se cantó una Salve.

Al salir del templo, el Caudillo, en medio de las aclamaciones y vítores de los lugueses, se dirigió a la Plaza de España.  Cubrían la carrera desde la Catedral a la plaza centurias de F.E.T. y de las J.O.N.S., productores de las organizaciones sindicales y soldados del Ejército. El Caudillo correspondió al saludo unánime de la multitud saludando repetidas veces con el brazo en alto. Una vez en la plaza de España el Generalísimo ocupó una tribuna acompañado por el ministro Secretario General de Movimiento José Luis de Arrese y demás autoridades civiles y militares.

Miembros de la Hermandad la Ciudad y el Campo le hicieron el ofrecimiento de unos frutos de la tierra. El coro de “Educación y Descanso”  interpretó varios cánticos y bailes regionales. Terminadas las ofrendas de los frutos y del folklore gallego al Caudillo de España, el alcalde de Lugo, Manuel Portela, leyó unas cuartillas de homenaje e hizo ofrecimiento del título de alcalde honorario al Generalísimo. Luego, entre aclamaciones apoteósicas, gritos de ¡Franco! ¡Franco! y ¡Arriba España!,  le impuso la Medalla de Oro de la Ciudad.

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1942: El Caudillo de España en su visita a Lugo para recibir la medalla de Oro de la ciudad.

El Caudillo tras recibir la Medalla, pronunció el siguiente discurso: “Señor alcalde y lucenses que me escucháis: Si es para vosotros y para vuestro alcalde una satisfacción que reciba la Medalla de esta ciudad, es para mí una alegría el ponerme en contacto con el pueblo, y sobre todo con esta región gallega que tantísimo ha dado a la causa de la Patria

Pues no podemos olvidar que Galicia ha sido la cantera de hombres y de abastecimientos que llegaron un día y otro día a nuestros frentes, vivificando las columnas e infundiéndolas su espíritu que, aunque llevasen el nombre de las regiones de donde partieron para la Cruzada, en un cincuenta o sesenta por ciento llevaban sangre gallega.

Yo, que he recibido aquellas cartas ingenuas de tantos combatientes, en que se me quejaban de que las columnas no llevasen nombres gallegos ante el número de soldados de Galicia que las componían, a muchas contestaba que todas eran pedazos de un mismo cuerpo y ramas de un mismo árbol, que era el árbol de la Patria, y que a los gallegos, en todas sus empresas desinteresadas y pródigas, no les interesaba el nombre de sus banderas; les interesaba solamente que la bandera de España rematase y llegase a los cerros que debía llegar.

Pero esos sacrificios que la juventud hacía no los hacía para que pudiésemos detenernos en nuestra marcha.

Ya lo dijimos desde los primeros días: Nuestra Cruzada es un movimiento lleno de inquietudes, y, por lo tanto, falto de reposo. No reposaremos jamás. No estábamos conformes con la España que teníamos y luchábamos por una mejor; pero ¿es que la España que tenemos es la que hemos soñado? No: todavía no.

Y porque así es, tenemos que combatir un día y otro en estas luchas y faenas de la paz para crear las bases sobre las que hemos de levantar nuestro edificio. Tenemos un siglo, que es el pasado, que nos enseña cómo se derrumba un Imperio bajo las disensiones internas; cómo se perdió una Patria y se perdieron millones de kilómetros cuadrados que no eran sólo honor y prestigia imperiales, pues eran también la vitalidad económica de nuestra Patria, los galeones que venían con el oro y el sentido universalista que llevaba el Evangelio y el Sacramento detrás de nuestras velas.

Todo el espíritu de nuestro pueblo vertiéndose en historia por el Mundo. Y todo esto se perdió por las disidencias de los españoles, por sus peleas mezquinas, por sus torpes luchas entre hermanos.

Y hoy quiero deciros a vosotros cómo en la España actual también intentan retoñar posiciones y miserias y sobre la sangre de nuestros mejores quieren levantar las divisiones, las banderías v los cacicatos.

Y al  dirigirme a estas juventudes, a este ejército aquí respaldado por la masa y los brazos de la Falange, digo que eso no será porque el pueblo español no lo quiere, porque los hijos de nuestra patria no murieron para eso, sino para engrandecer y levantar España.

Sería torpe que hablase de cosas materiales cuando nos llama el espíritu, cuando así nos invita el Sacramento, ante el que nos hemos postrado en vuestra iglesia cuando todos le levanten esos muros seculares que resistieron embestidas y acosos, esas puertas bajo las cuales desfiló el rey Casto, el rey Caudillo en unos, días de gloria y de victoria en las luchas contra la invasión mahometana, y aunque todo nos habla, al espíritu, sin embargo no podemos dejar de hablar en materia.

Nuestra Cruzada es la única lucha en que los ricos que fueron a la, guerra salieron, más ricos. Y es así, porque aquellos bienes y aquellas riquezas que estaban desvalorizados y en trance de perderse cuando enarbolamos nuestra bandera, cuando los bienes materiales los daban por cualquier cosa con tal de salvar la vida, al terminar la guerra han sido sobrevalorizados, y si hemos salvado a España y si hemos salvado esos bienes, ¿es mucho que les sujetemos a los principios morales y a la justicia social que es lema de nuestra bandera, a  la   hermandad entre los hombres de España y a la justicia y a la solidaridad entre los españoles? Pero esas miserias de que antes os hablaba,, esas plantas que surgen en el camino, no son más que eso, la máscara de los intereses, que si ayer se disfrazaban de caciques, hoy se disfrazan de otras cosas que por habernos sido ayer muy queridas no podemos tampoco consentir.

En varios órdenes se puede examinar nuestra Cruzada: en el orden espiritual, la Iglesia tiene la palabra. Ella sabe lo que pasó cuando esas masas engañadas se soltaron, cuando ausente el principio de autoridad, batida o desaparecida la Guardia civil, ardieron los templos, murieron los sacerdotes y se profanaron los conventos.

¿Qué indica esto? Esto indica que el siglo liberal era la maldición sobre el espíritu, que el camino que llevábamos era malo y que no podíamos volver de ninguna forma al punto de partida. Y ¿qué sucede hoy? Id a los seminarios, visitad las iglesias, id a las misiones y veréis entonces los españoles, sin torpes vergüenzas y Sin ninguna clase de tapujos, levantar la cabeza, hincar la rodilla ante el Señor y renacer una ola espiritual que invada a España. ¿Es que ofrece poco el Movimiento a la Iglesia?

Como en el orden patriótico el Movimiento toma en España, desde el primer día, un espíritu viril que aún en los momentos en que acosados, sin casi países amigos en Europa, cuando nos acosaban las Cancillerías extranjeras y se nos creaban dificultades, a cada instante hablaba el lenguaje recio del soldado español y ni aún en aquel trance se disminuyó el prestigio de España, ni se hipotecó ni una sola pulgada de nuestro territorio ni de nuestra soberanía, cualquiera que fuesen las amenazas o las presiones que se nos hiciesen.

Pero si miramos el fin de toda política, que es el bien general de España, entonces también encontramos que no ha habido etapa en nuestra historia con más inquietudes en todos los órdenes.

La crisis general que asola al Mundo y alcanzado a España le hace participar de la situación de dificultad. Nos impide que la realización de nuestro, programa pueda llevar el ritmo y el aliento que nosotros le deseamos imprimir. Pero es que yo puedo aseguraros que ninguno de los problemas que España tiene planteadas ha dejado de estudiarse ni de tener una orientación. Muchos de ellos se encuentran, sin embargo, en pleno desarrollo. Lo que es imposible es saltar de repente varios siglos de abandonos para dar una nueva legislación más justa y más equitativa Pero, como os digo, ningún problema, permanece para nosotros indiferente, pues esta es la razón de ser de nuestro Movimiento.

Si nos dejásemos arrastrar de la burocracia con sus taras inveteradas, haríamos la misma obra que hicieron los que nos precedieron. Pero esto no basta. Tenemos que buscar una selección, una minoría selecta por su fe y por su espíritu que sirva de constante acicate, que encuadre a las masas populares, que les lleve nuestra doctrina como un nuevo Evangelio y que despierte en ellas la fe, esa fe que fue sellada con la sangre de nuestros mejores y que no nos dejará, retroceder en el camino.

Por eso digo en este Lugo, en esta provincia campesina, entregada a la labranza del terruño con sus especies pecuarias pobres, porque nadie se preocupó de ellas, con sus campos muchas veces incultos o con cultivos atrasados, que ninguno de los problemas suyos nos son indiferentes, que miramos cara a ellos, que trabajamos por la constitución del patrimonio familiar y que nos encararemos con los problemas de la tierra, que resolveremos en un ambiente de cordialidad, de confianza, de solidaridad de los españoles, ante un destino que nos es común, porque los pueblos en que se olvida esto, los pueblos que se duermen en los laureles, que sólo quieren ser burgueses, como dije ayer, están condenados a la muerte, y el pueblo español, que dio la sangre que vosotros habéis dado, un pueblo de nuestra Historia, un pueblo como éste, no puede morir. Necesita el caudillaje, la orientación, el encasillado de los mejores, para que sea realidad esa España una, esa España Grande y esa España Libre que lodos anhelamos. ¡Arriba España!

Terminado su discurso, entre los gritos de ¡Arriba España!; ¡Franco SI! ¡Falange SI!, y ¡Franco Si! ¡Comunismo No! lanzados por la multitud, el Jefe del Estado se trasladó a la Diputación provincial, donde impuso la Medalla de la Ciudad al cuatro veces alcalde  Ángel López Pérez. Entre ambos se intercambiaron palabras de hondo patriotismo y de exaltación española.

Finalizado el acto el Generalísimo se despidió de las autoridades y representaciones  y emprendió viaje hacia su residencia veraniega del Pazo de Meirás realizando una parada en el Monasterio coruñés de Sobrado de los Monjes, donde se encontraba enclavado un antiguo monasterio benedictino que databa del año 952, abandonado   desde la época de la “desamortización” de Mendizábal en 1836. Por expreso deseo del Caudillo el monasterio sería restaurado y en 1966, gracias a los desvelos e ímprobo trabajo del padre Fernández Cid, una comunidad Cisterciense de la Estricta Observancia, llegada desde la abadía de Santa María de Viaceli en Cóbreces (Cantabria)   iniciaría de nuevo la vida monástica. En menos de 25 años, aquel fraile menudo, pequeño de estatura pero grande de corazón, del que Franco solía decir de que “no se  apostase nada con el padre Cid, porque si gana te cobra, y si pierde, no te paga”, y al que tuve el honor de conocer en Venta de Baños en 1977,  levantó de la nada, con el apoyo firme y decidido del hijo fiel de la iglesia llamado Francisco Franco,  un extraordinario Monasterio, que  desde 2015 está incluido por la Unesco en la ampliación del Patrimonio de la Humanidad  Camino de Santiago en España a “Caminos de Santiago de Compostela: Camino francés y Caminos del Norte de España”, como uno de su bienes individuales. 

P/D: El 4 de mayo de 2015, antes de la elecciones municipales marcadas en el calendario para el día  24 de ese mismo mes de mayo, otro “valeroso y esforzado socialista” en este caso el alcalde de Lugo José López Orozco,  hacia valer su voto de calidad como primer regidor de la ciudad, y retiraba al Caudillo de España los honores de medalla de oro de la ciudad, alcalde honorario  y perpetuo de Lugo, que le habían otorgado  otras corporaciones municipales en 1942 y 1954 respectivamente. Es decir  setenta y tres años, en un caso, y sesenta y un  año en otro, después de su concesión, y cuarenta de su muerte. Esta vez los doce concejales del partido Popular de Lugo votaron en contra.  El “arrojado” alcalde socialista  hizo buena aquello de "A moro muerto, gran lanzada. Rey fiero ayer para ti, mis leyendas di a respetar, y hoy que la muerte está en mí, ¡hasta tú vienes a hollar el polvo de lo que fui” Tras las elecciones municipales de 2015, Orozco se vería obligado a dimitir de su cargo de alcalde tras fracasar en su investidura.

 

 

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