Francisco Franco, Cristiano ejemplar (I), de Manuel Garrido Bonaño, O.S.B.

09 de mayo de 2022 por Redacción FNFF

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Manuel Garrido Nonaño, O.S.B.

Boletín Informativo Nº 37

 

Con motivo de la visita a España del Señor Ronald Reagan, Presidente de los Estados Unidos de América, hubo algunas protestas por parte de grupos de ideología bien conocida. La revista «Ecclesia», de la Conferencia Episcopal Española, se hizo eco de ello con el título de un chiste aparecido en «Ya»: «¡Qué país, hasta los pacifistas son belicosos!«. Me impresionó que, entre las «pintadas» recogidas por «Ecclesia» había una sumamente expresiva, para nuestro caso: «Reagan, vete al cielo con Franco». Para aquellas pobres gentes el Caudillo vivió de tal forma que no puede corresponderle en la eternidad otro lugar que la gloria de los bienaventurados. Esta es la impronta que en el ánimo de todos los que le conocieron ha dejado el
Generalísimo Franco con su vida enteramente ejemplar (Cf. Ecclesia, nº 2221, 18-V-85, pág. 27 (619).

La Iglesia siempre ha enseñado que la santidad pertenece a todo el Cuerpo Místico de Cristo. No es monopolio de clérigos y religiosos. Pero, no siempre se ha prestado la debida atención a ello. De hecho es inmensamente mayor el número de los santos canoniza-dos que pertenece a los clérigos y a los que han profesado en la vida religiosa, salvo los mártires.

San Francisco de Sales (1574-1622) se planteó en su tiempo este problema y lo solucionó satisfactoriamente, aplicando con toda precisión la doctrina del Evangelio. «En la misma creación del mundo, dice, Dios mandó a cada planta que produjera fruto según su especie, e igualmente a los cristianos, que son las plantas vivas de la Iglesia, les ordena que cada uno produzca fruto de acuerdo con sus cualidades, estado y vocación. Pues la devoción debe ser ejercida de diversas formas por un noble o por un obrero, por un súbdito o por un príncipe, por una viuda, por una soltera o una casada... Por lo tanto, es un error, incluso una herejía querer excluir del ejercicio de la devoción a los soldados, a los obreros y a los casados; reconozco que la devoción puramente contemplativa, monástica o religiosa no se acomoda a estos estados y oficios, pero, además de estos tres estados de devoción, existen otros apropiados para conducir a la perfección a aquellos que viven en oficios seculares. Por lo tanto, en cualquier situación en que nos encontremos, debemos y podemos aspirar a la perfección». (Introducción a la vida devota, I, 3).

Modernamente, divulgó mucho esto Monseñor Escrivá de Balaguer, que en una ocasión dijo a uno de sus hijos espirituales: «Tienes vocación de contemplativo sin tener que dejar tu cátedra, tu esposa y tus hijos y entrar en una cartuja». De él son estos párrafos: «El Señor nos reclama tal como somos, para que participemos de su vida, para que luchemos por ser san-tos. La santidad: ¡cuántas veces pronunciamos esa palabra como si fuera un sonido vacío? Para muchos es incluso un ideal inasequible, un tópico de la ascética, pero no un fin concreto, una realidad viva. No pensaban de este modo los primeros cristianos, que usaban el nombre de santos para llamarse entre sí, con toda naturalidad y con gran frecuencia: «os saludan todos los santos, salud a todo santo en Cristo Jesús»...

Los cristianos sabemos que, con la gracia del Señor, podemos y debemos santificar todas las realidades limpias de nuestra vida. No hay situación terrena, por pequeña y corriente que parezca, que no pueda ser ocasión de un encuentro con Cristo y etapa de nuestro caminar hacia el Reino de los cielos». (Es Cristo que pasa, 22).

En los documentos del Concilio Vaticano II se afirma muchas veces la llamada universal a la santidad. Concretamente se dice en la Lumen Gentium, 11: «Todos los fieles cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre». Y a los obispos dice: «Como perfecciona-dores, los Obispos pongan empeño en fomentar la santidad de sus clérigos, de los religiosos y laicos, de acuerdo con la peculiar vocación de cada uno, recordando que están obligados a dar ejemplo de santidad en la caridad, humilde y sencillez de vida». Tres virtudes que, como veremos, resplandecieron en la vida de Francisco Franco.

No puede llegar a la santidad quien no cumple los mandamientos de la ley de Dios, los preceptos de la Santa Madre Iglesia y los deberes del propio estado. Por los muchos testimonios que se tienen, en diversas épocas, Franco cumplió perfectamente con esos mandamientos y con los deberes de su propio estado.

FIDELÍSIMO PARA CON DIOS

Franco tuvo una sólida fe religiosa que lo impulsaba a frecuentes actos de piedad cristiana.

Es muy significativo que el día de su primera comunión se emocionase tanto que llegó a llorar, como lo recuerda su propia hermana Pilar. Pero, sobre todo lo que más me impresiona en la juventud de Franco es que recién salido de Academia de Toledo, con su flamante título de teniente, al llegar a su primer destino en El Ferrol, se inscribiese a la Adoración Nocturna, como adorador activo y fuese nombrado vocal de la misma. Esto dice mucho en la piedad de Franco. No se trataba de algo obligatorio. El tenía una cierta independencia con su grado de teniente, y muchas noches dejaba el cuartel y las pasaba en adoración ante Jesús Sacramentado. No es de extrañar que, cuando estuvo en Baleares, años más tarde y con mayor graduación militar, organizase un coro de adoradores nocturnos escogidos entre los militares, en plena República. El cardenal Gomá no se cansa, en los primeros meses de iniciado el Movimiento Nacional, de proclamar ante las autoridades de la Sede Apostólica la eximia religiosidad del Caudillo, como algo sumamente ejemplar, incluso afirmaba, como algo muy notable que le llamaba la atención, que rezaba todos los días el Santo Rosario. Este espíritu religioso lo tuvo toda su vida y siempre con mayor perfección, como tendremos ocasión de mostrar en di-versas ocasiones. Se sabe que ha pasado muchas horas ante el Sagrario en profunda oración. Subrayan esta religiosidad los muchos sacerdotes y religiosos que durante largos años le exponían los temas de los Ejercicios Espirituales, los que después de darle la sagrada comunión lo veían recogido, durante largo tiempo, en acción de gracias. En ocasiones de las cace-rías todos los demás salían de la capilla terminada la Misa y él se quedaba allí en profunda oración. Es muy significativo que uno de sus confesores haya dicho que le impresionaba hasta su actitud de profunda humildad arrodillado en su sencillo reclinatorio y que le dijese que estimaba tanto su oración que le rogaba que se acordase de pedir por las vocaciones sacerdotales y religiosas, a lo que Franco le respondió que siempre lo hacía.

Era muy sensible a las ceremonias religiosas bien hechas, como lo hacía notar siempre que iba a la basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos; incluso un año que tuvimos una Misa de rito mozárabe hizo notar que era muy devoto del antiguo rito hispano.

A su honda religiosidad se debió las elevadas cantidades que destinó a la construcción y reparación de iglesias. Recuerdo que hace poco vino al Valle de los Caídos un Padre jesuita de la India. Oró con gran fervor ante la tumba del Caudillo, luego me dijo que era un deber de conciencia hacerlo pues el altar del mármol de la capilla del Noviciado jesuítico de la India fue un regalo de Franco.

José María Gil Robles divulgó entre algunos amigos suyos que Franco no era tan religioso como se creía, pues él, siendo ministro de la Guerra, abrió una capilla en el Ministerio que Franco nunca visitaba. Nada más disparatado. En primer lugar, Don José María debiera haber recordado que en Madrid no existía sólo su capilla del Ministerio, sino que existían otros muchos lugares religiosos. Pudo visitarla también en otros momentos en que él no estaba. Pero conociendo bien a Franco, se explica que no frecuentase esa capilla. El cumplía con sus deberes religiosos por imperativos de su conciencia para alegrar sólo a Dios y no para complacer a sus jefes en el Ministerio de la Guerra. A estos ya les daba bastante con sus deberes militares y patrióticos. Y de hecho nunca tuvieron quejas de él, sino todo lo contrario. Esa capilla del Ministerio de la Guerra podría prestarse a una falta de sinceridad en el culto a Dios y esto no lo soportaba el auténtico espíritu religioso del Generalísimo Franco.

Monseñor García Lahiguera, arzobispo dimisionario de Valencia, que dio a Franco los Ejercicios Espirituales en dos ocasiones dice que Franco era un hombre de fe, de una fe muy grande, de una fe práctica que se traduce en obras.

TRES VIRTUDES CRISTIANAS CARACTERÍSTICAS EN FRANCO: SU CARIDAD, SU HUMILDAD Y SU ESPÍRITU DE SERVICIO

a) Caridad
Son muchos los que han manifestado la gran caridad de Franco con el prójimo durante toda su vida, de modo especial en un punto muy importante, como es la crítica o murmuración. Lo subraya como una cosa muy notable su primo Francisco Franco Salgado-Araujo, que convivió con Franco durante muchos años en diversas etapas de su vida, desde la niñez. Manuel Fraga escribió en el ABC de Madrid el 21 de noviembre de 1975: «Los siete años que estuve a su lado en el Gobierno fueron una experiencia extraordinaria. Franco en 1962, cercano ya los setenta, estaba en plena forma física e intelectual... Era infatigable en unos Consejos de Ministros interminables, en los que se enteraba de todo. Dejaba hablar, delegaba muchísimo, era generoso con sus colaboradores. En siete años sólo una vez reprendió a un ministro, y la causa fue que había atacado despiadadamente a otro ministro de gobiernos anteriores y que ya entonces manifestaba sus recelos y antipatías por el régimen de Franco. Licinio de la Fuente, dice: «Por más que busco a mi memoria, no encuentro el recuerdo de ataques de Franco a personas, ni siquiera de rechazos de propuestas personales por mi parte, se refirieran a quien se refirieran». ¡Cuántas veces su caridad y comprensión salvaba de situaciones difíciles a personas de menos relieve! Y lo hacía hasta con buen humor. Enrique García-Ramal cuenta que, a fines de 1973, en un viaje de avión un soldado ofreció vasos con naranjada a los pasajeros, con la emoción del momento perdió el equilibrio y volcó parte de la bandeja que llevaba en las manos en la falda de la señora del Ministro del Aire. La misma esposa del Caudillo hubo de sufrir algunas salpicaduras. Franco hizo como si no se enterase y las señoras procuraron quitar importancia al incidente. Los ministros comentaron con el del Aire el mal rato que llevaría el soldado: ¡Qué va!, contestó. Franco, al despedirse, ha estado muy cariñoso con él, y hasta le ha agradecido, delante del comandante, las servilletas que dio a las señoras para secarse».

La señorita teresiana Carmina Poole, secretaria particular de Doña Carmen y antes profesora de su hija Carmen-cita, dice que Franco era, en su conversación, extremadamente prudente y no aceptaba la murmuración. En una ocasión alguien trató de un hecho que podía perjudicar a un tercero y el Generalísimo cortó la conversación con esta pregunta insólita en aquel momento: «¿Os acordáis de aquel tiro en la cacería?», y continuó con este tema. Lo mismo sucedió en una visita privada al Monasterio de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Franco recorrió con la comunidad algunos lugares. Estaba en la explanada de la cruz monumental y el Padre Justo, que era un magnífico conversador, aludió a unas declaraciones que hizo el Padre Escarré, abad de Montserrat, en las que no trataba bien a Franco. Este con suma amabilidad y habilidad cortó la conversación diciendo: «Fray Justo, mire que panorama más bello se divisa desde aquí».

El Padre Barcón, S.J., que dio en una ocasión los Ejercicios Espirituales a Franco y que tenía con él una gran amistad, desde muchos años atrás, asegura contundente: «Una cosa que no admitía era la murmuración».

Impresiona en el libro de Vicente Gil, con sus recuerdos sobre Franco, observar cómo le comentaba incidencias de la vida de España e incluso de personas determinadas. Pero el Caudillo, a todo, respondía con el silencio. Muchas veces aparecen en el libro de Vicente Gil estas expresiones: «No dijo nada», «No me contestó», «No me dijo absolutamente nada», «Volví a insistir... No abrió la boca». A veces, dada la gran amistad que tenía con él y con su familia desde niño, le decía: «Cuidado que eres bruto, Vicente...», dicho en tono de gran amistad para cortar la conversación.

José María García Lahiguera proclamó a raíz de la muerte de Franco: «En conversaciones íntimas con él, en el marco de los Ejercicios Espirituales, hablando de muchas cosas, no hubo ni una palabra contra la caridad. Queriéndole coger, no por mala idea, sino para convencerme de lo contrario, no escuché ni una palabra contra la caridad; ninguna palabra contra ninguna persona; ni una palabra de mala ironía. Siempre con naturalidad, lo más que se permitía era una palabra de buen humor, que es el manto con que se cubren aquellas cosas que no dicen bien de nadie, cuando no hay más remedio de hablar de ellas».

Esta gran caridad suya lo impulsaba hasta el sacrificio en un espíritu de servicio en bien de los demás. Bien expresiva fue aquella visita suya a las Hurdes, cómo se conmovió hasta derramar lágrimas al observar la situación en que vivían aquellos españoles y, sobre todo, cómo procuró remediar-la eficazmente. Y así lo hizo en toda España, siempre que veía una necesidad. A esto se debía el hecho, comprobado por algunos Ministros, que Franco llevaba en sus viajes una libretita con cubierta de hule negro y en ella apuntaba todo lo que veía y creía que debía de ser mejorado para bien de los españoles. Sobre este punto hay un documento importante de un ciudadano español que en la guerra luchó contra Franco. Es una carta dirigida al Director de «La Nueva España» y que reprodujo El Alcázar el 12 de enero de 1983. La carta es interesantísima, no obstante el falso concepto de marxismo y la falsa aplicación del mismo a Franco, que siempre estuvo en el extremo opuesto:

«Mi último escrito sobre Vega de Arriba suscitó algunos comentarios en la barriada: un vecino me escribe diciéndome que le explique qué es eso del marxismo de Franco. Por lo visto aún hay gentes que no se han enterado de qué va el asunto. Marxismo es poner los medios de producción en manos del Estado y que éste reparta el producto «muy equitativamente» entre los ciudadanos, estando además nacionalizados todos los servicios, entre ellos la vivienda. Que esto es lo que ha hecho Franco con Vega de Arriba.

Yo no soy franquista, porque he luchado contra él y he estado en los campos de concentración y pertenezco a la generación del gran sacrificio y a un partido que fue el gran artífice de la actual democracia; pero creo tener un alto grado de raciocinio y soy gran observador, y suelo en política equivocarme muy pocas veces. Suelo dar al César lo que es del César, por eso doy a Franco el título de «gran marxista». Fue marxista porque puso el dinero del Estado para crear unas grandes empresas que industrializa-ron el país y dieron empleo a miles de trabajadores. Fue marxista porque creó una Seguridad Social muy avanzada. Fue marxista porque construyó con el dinero del Estado miles de viviendas, que entregó a los sindicatos para que éstos las administraran y repartieran entre los trabajadores. La Obra de Educación y Descanso y las Escuelas de Capacitación Social son modelos de su género. Puso más que ningún otro los dineros del Estado para obras comunitarias. Felipe González y Carrillo, al pie de Franco, son unos perfectos conservadores.

En Mieres pergeñó Franco muchas obras, que si no se realizaron en su mayoría fue porque hemos tenido unos malos regidores de la cosa pública, pero ahí está la Residencia de Murias, la primera creada por la Seguridad Social en el país; el ambulatorio, el Centro Sanitario de Higiene, el Insti-tuto de Enseñanza Media y las carreteras del hábitat minero. Y entre otras cosas creó ocho mil viviendas para trabajadores, y en el paroxismo de su marxismo, creó la zona residencial de Vega de Arriba; y hay que ver lo que esto significa. Las zonas residenciales fueron siempre lugares apartados del bullicio popular para ser habitadas por la aristocracia, y Franco las creó en Mieres para los trabajadores. Ningún otro ha hecho cosa igual en este país, ni creo que se repita otra vez. Plácido Pulgar, Mieres».

Todo esto es cierto y no sólo en Asturias, sino en todas las regiones españolas, salvo que Franco no lo hizo por marxismo, del que estaba en el polo opuesto, sino por virtud cristiana de caridad y por patriotismo.

Su caridad le llevó a integrar en la unidad española al mayor número posible de españoles, fuesen de la ideología que fuesen, como lo atestiguan numerosos ministros suyos, como Alfredo Sánchez Bella, Vicente Mortes y Fernando Suárez.

Su caridad era tan grande y tan eximía que le impulsaba a olvidarse de sí mismo par cuidar de los demás. Vicente Pozuelo, en su obra de recuerdos con Franco en los últimos años de su vida en que se le llamó para que lo atendiera médicamente, afirma que le hizo ver que no deseaba dejar a los enfermos del ambulatorio de la Seguridad Social que él atendía desde hacía varios años. Franco le respondió: «Sus enfermos son los primeros».

b) Humildad

Son muchas las veces que los ministros de Franco y sus más íntimos colaboradores han subrayado la humildad que resplandecía en todos sus actos, al mismo tiempo que su sencillez y austeridad de vida. José Antonio Girón afirma que «en cuanto hombre, Franco ha sido uno de los fenómenos de autodespersonalización que ha conocido. En su intimidad era sencillo, afable y austero. Vivió y murió como un soldado. José Luis Arrese destaca su austeridad de vida. Mariano Navarro Rubio ha afirmado en repetidas ocasiones que «Franco, como persona, era bueno, sencillo, humilde. Se pueden contar anécdotas a centenares que dejarían atónitos a los que tienen formado de él un juicio congruente con su aspecto político... España le debe el ejemplo de una conducta irreprochable, de un patriotismo encarnado en su propia vida, de un pro-fundo sentido del deber, avalado por su sacrificio valiente. Su obra la reflejan las estadísticas del modo más elocuente: la España que él dejó era incomparablemente superior a la que recogió. Tan sólo una visión ignorante o atenta a otras consideraciones contrarias, ha podido llevar por esos mundos la figura caricaturesca y contra-hecha de un Franco odioso, dictatorial y persecutorio. Que Dios los perdone porque no saben lo que dicen. También hay que distinguir su sobriedad para con los gastos ordinarios y su largueza para con los de inversión. Su sobriedad personal no cubría siquiera los límites de las exigencias normales». En la misma línea está Antonio María Oriol y Urquijo: «En los primeros contactos personales que tuve con él, encontré a un hombre que, a pesar de su posición de autoridad, era sencillo, afable y extraordinariamente considerado con sus interlocutores, con criterios claros y definidos de lo que quería fundamentalmente, dejando en gran libertad a su colaborador para desarrollarlos. Escuchaba con viva atención». Esto mismo asegura Laureano López Rodó: «Desde el primer contacto con él se producía una impresión de llaneza, bien distinta en la supuesta imagen de hombre autoritario. Por el contrario era abierto y practicaba constantemente la autocrítica».

Juan Castañón de Mena, que estuvo muchos años junto a Franco, destaca como nota peculiar suya la humildad: «No creo que sea muy conocida la imagen de Franco como hombre con gran espíritu de humildad. Y, sin embargo, creo que lo tenía. ¿Por qué su formación religiosa le llamaba a serlo? ¿Por don natural? No sé. He podido comprobar, en muchas ocasiones, su gran formación religiosa. Sobre el fon do de una fe firme y segura, que le sostuvo en los momentos más difíciles, se formó ese espíritu, yo creo que se autoformó (posible en él, dado al estudio y a la meditación con una inteligencia clara y una enorme dosis de sensatez) o al menos se perfeccionó siendo un verdadero católico que no se separó jamás de sus arraigadas convicciones». Afirma también que algunos piensan que la humildad se contrarresta al poder. El no lo cree así y lleva toda la razón. Puede ejercerse el poder y ser profundamente humilde. Ese era precisamente el caso de Franco. Luego añade: «La sencillez y austeridad completaban y conformaban esta su manera de ser, que se manifestaba principalmente en su vida privada, carente por completo de necesidades. Por la dura vida desde su juventud, pero indudablemente mucho más por temperamento, era insensible al frío y al calor e infatigable en el trabajo. Recuerdo que al terminar en Sevilla una jornada con el ministro de Agricultura, que duró desde nueve de la mañana a ocho de la noche, y comentarse unánimemente la dureza de aquella visita al campo andaluz, dijo muy seriamente que había sido muy cómoda, porque todo lo habíamos hecho en coche. Realmente aquel coche era un Land Rover todo terreno, en el cual habíamos estado dando tumbos por arados y barbechos todas aquellas horas». De «anciano afable» lo trata José María López de Letona. Enrique Fontana Codina recuerda, sobre la sencillez y ejemplaridad de Franco, que, no obstante el protocolo de Jefe de Estado, Franco jamás aparecía y semejaba a un Caudillo, ni los gestos ni el aspecto ocasionaban arrebato o entusiasmo, ni se producía la magnificación del personaje, ni nada contribuía a provocar la lejanía, la exaltación heroica, el halo lumínico que rodeaba siempre a un Caudillo. Sospecha que era el mismo Franco el que apagaba los focos, rebajaba las tensiones y se ofrecía en discreta y humana naturalidad, a pesar de haberse visto obligado a aceptar el imprescindible e inevitable attrezzo (signos) de cualquier Jefatura del Estado. Ni siquiera en los actos públicos, ni en los viajes, hacía nada por aparecer «un Caudillo por la Gracia de Dios», a fin de provocar y excitar los vítores del pueblo. Y añade: «Franco fue siempre un militar y funcionario ejemplar, que se inspiró en la consecuencia del bien público, cosa nada fácil en este país en blanco y negro, de sol y sombra, de extremismos faccionales. De ahí el creciente interés por el fenómeno humano y político de Franco».

Licinio de la Fuente asegura que Franco no tuvo nunca pretensiones de brillantez. Sus razonamientos eran simples y llanos, pero tenía la gran virtud de conectar siempre con las circunstancias, con la realidad. Sus ideas no eran deslumbradoras, pero eran difícilmente rebatibles. Y muchas veces tuvieron la virtud de bajar al nivel del suelo las acaloradas discusiones teóricas o ideológicas del Gabinete».

Recuerda Vicente Mortes que «la dotación del El Pardo era realmente increíble y respondía, sin duda, al concepto de austeridad que tenía el general Franco. Cuando queríamos hablar por teléfono, había que utilizar el de los ayudantes. El personal civil estaba constituido por el taquígrafo-mecanógrafo, señor Lozano Sevilla; su máquina era una Underwood, casi prehistórica. En ella se escribían los discursos y las cartas confidenciales de quien ocupaba entonces la Jefatura del Estado y la Presidencia del Gobierno.

«No era un alma seca, asegura Utrera Molina, ni mucho menos un hombre sin sentimientos. Era generoso y tolerante y predominaba en él, por encima de cualquier cosa, lo que sumamente llamamos buen sentido. No era engolado o enfático y nunca utilizaba palabras rebuscadas. Empleaba términos sencillos, sin rizamientos ni desgarros, sus expresiones eran escuetas, sin ornamentación, como una especie de eco fiel de su carácter y de su temperamento. Hablaba, pues, con llaneza y estaba cerca del pálpito del pueblo verdadero».

Para Alejandro Fernández Sordo «la figura de Franco no es compleja, sino sencilla, ejemplarmente sencilla... Para él su función es de servicio, en la sencillez y en la ejemplaridad de una visión castrense al servicio de España».

Aquí podríamos traer también la multitud de veces que sus ministros y colaboradores aseguran que Franco era lo más opuesto a un dictador, precisamente por su carácter sencillo y humilde.

Gonzalo Fernández de la Mora ha insistido mucho en este aspecto. Ya en un artículo publicado en ABC de Madrid, el 21 de noviembre de 1975, afirmaba que no había en Franco arrogancia mayestática. «En el fondo su humildad era impresionante». No había tampoco nada de pretendida infalibilidad, ni autoritarismo, ni pasión por el poder, ni proclividad hacia los efectismos, ni intuicionismo súbito. «Por eso he dicho alguna vez que Franco, por su comportamiento y por su psicología, estaba en los antípodas del dictador. Modestia en lugar de arrogancia, oyente antes que magistral, enemigo de la retórica, parco en el ejercicio de sus inmensos poderes, autocrítico y prudentísimo a la hora de decidir. Como hombre de Estado no se le puede situar en la línea de Bonaparte, sino en la de Felipe II. Era la contrafigura del dictador. Su verdadera efigie no se parece nada al retrato que, para consumo ultrapirenaico, divulgan sus enemigos que lo son también de España». Seis años más tarde escribía: «Tuve completa libertad de acción dentro del ámbito de mi competencia (esto lo han afirmado todos los ministros que han sido encuestados en este sentido). Jamás me propuso un nombre para un cargo». A los que piensan que Franco estaba apegado al poder, les dice que es todo lo contrario: «Entre la clase política española no he conocido a nadie con menos pasión de poder que Franco». Este consideró siempre el poder con que fue investido como un servicio a los demás. Asegura Fernández de la Mora que Franco no debiera haberse retirado, como han propalado algunos, sino que todo lo contrario, debería haber tenido diez años menos, pues los últimos decenios de Franco fueron los más fecundos desde el punto de vista socioeconómico. La renta creció a un ritmo de un siete por ciento anual, el más alto de Occidente. En la última década del gobierno de Franco se construyó una parte esencial de la infraestructura social y de la industrial.

Resulta impresionante conocer esta multitud de testimonios, y más que se podrían traer, en los que se resalta el carácter humilde, sencillo y austero de un hombre que estuvo en la cúspide del poder en su Patria durante cerca de cuarenta años, con poderes inmensos.

 

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