Razones, realidades y perspectivas del 18 de Julio, por Alfredo Sánchez Bella

20 de diciembre de 2021 por Redacción FNFF

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Alfredo Sánchez Bella

Boletín Informativo FNFF Nº 39

 


Razones del 18 de Julio

Lo que definió la contienda fue el hecho religioso. Sin la sañuda persecución religiosa, sufrida, tolerada y permitida, la guerra civil española carecería de explicación —para ambos lados— muy diferente hubiera sido el resultado.

Claro es que hubo otras causas, otras motivaciones, pero la razón última es la que cuenta. La tensión que el roce continuo de la lucha de clases inevitablemente engendra, hubiera alcanzado muy diferentes resultados de haber sido otras las motivaciones últimas. Ellas hicieron y definieron nuestra existencia durante medio siglo. Por ello es lógico y aún obligado que ahora debamos hacer balance de resultados.

Analizar hechos históricos, requiere objetivarlos. Y ello exige distancia. Sólo la objetividad que da la distancia puede ofrecer la suficiente perspectiva para establecer juicios con alguna pretensión de validez generalizada. Por otro lado, decía Maeztu que «ser es defenderse». Y no, defenderse un modo de empezar a dejar de ser. Este es un deber para las generaciones que aún viven y tienen el deber de legar a las nuevas el testimonio de su verdad sin tergiversaciones.

Balance de resultados económicos

A cincuenta años de distancia, ¿cuál es el balance que podríamos haber de este período? Como todo gran boceto histórico, también el nuestro está lleno de luces y sombras.

En el haber hay que incluir un nuevo clima psicológico, de afirmación y esperanza como pueblo y el hecho incontrovertible del des-arrollo económico, sin paralelo con ningún otro período de nuestra Historia.

Desde el punto de vista de los bienes materiales, este ha sido, sin duda, el más brillante medio siglo español desde el siglo XVII.

Si desde 1492 a 1640 España vivió su Edad de Oro —política, económica, militar y culturalmente considerada—, el período de su mayor grandeza histórica, los cuarenta años vividos de 1936 a 1975 fueron, sin duda, los más importantes de nuestra existencia como pueblo, como ambición colectiva a vencer el subdesarrollo, a alcanzar un puesto respetable en el Mundo.

Durante la Guerra Civil, vivida por muchos como verdadera Cruzada, no pocos líderes destacados de la España roja habían insistentemente repetido que los destrozos materiales causados eran de tal magnitud que el país tardaría en rehacerse al menos medio siglo. Esa era la experiencia que nos trasmitía el siglo XIX.

Pues bien, a pesar de las enormes dificultades de la reconstrucción, aislados inicialmente, por causa de la guerra mundial y faltos de ayuda internacional, quince años más tarde, en 1951, el nivel de vida del pueblo español igualaba la cota máxima del período anterior, que había sido durante la Dictadura Primo de Rivera, en 1929. ¡Veinte años perdidos en reconquistar bienes materiales y niveles de vida, por causa de las querellas interiores! El esfuerzo español —sin ayuda del Plan Marshall— fue parigual y aún superior al realizado por los demás pueblos europeos, también como nosotros recién salidos de los horrores de la guerra.

Pero... ¡atención! Nuestro nivel de 1929 no era entonces parigual al del resto de los países europeos, sino notablemente diferente. El retraso procedía de nuestras escaramuzas, guerras civiles e ineficiencia política que abundantemente practicamos en el siglo anterior.

El milagro de la resurrección histórica del pueblo español fue posible gracias a la existencia en todos los estamentos sociales de un indomable espíritu de supervivencia. De fe. De entusiasmo. De pasión creadora. De movilización de voluntades convergentes en ese supremo objetivo de hacer una España decorosa, una España unida, una España Grande y libre. Se creyó en serio en esa posibilidad. Y esa indomable voluntad de ser y no parecer, produjo insospechados resultados y a la vez creó una solidaridad y una ambición de destino común que dejó la guerra atrás, como si hubiera sido sufrida por otra generación más alejada de nosotros.

Claro es que el desarrollo no fue lineal, que hubo que superar no pocas dificultades, desajustes y cambios de ritmo, que en algunos instantes pusieron a prueba hasta la esperanza, pero la conciencia de defender una causa justa -nuestra libertad, nuestra independencia, nuestra identidad, nuestra forma de vida, frente a los intentos de intolerables intervenciones exteriores, con ocasión de Postdan y Yalta—, la fe en la acción creadora del pueblo, dio alas a nuestra resistencia y nos condujo a la victoria. Ello es incuestionable. Y queda reflejada en una frase que dio la vuelta al Mundo. La de Ortega, con ocasión de su primera visita a Madrid: «La España que he visto goza de una salud escandalosa». Escandalosa —y no poco—era aquella explosión de vitalidad, de pasión creadora.

En la década de los 50 se echa-ron las bases del crecimiento y en la del 60 se inició el despegue. De 337 dólares «per cápita» existentes en los años 50, se pasó a 500 en 1963; a 1.000 en 1970; a 2.000 en 1974; a 3.000 en 1978; y a 4.900 en 1980, para descender a 3.500 en 1983 y a 3.400 en 1984.

Esa curva briosamente ascendente, tan fuerte que por la inercia supera la crisis petrolera de 1973 y aún la del régimen en 1975, va a ser paulatinamente frenada hasta iniciar una marcha descendente en los últimos años, que a pesar de los augurios optimistas, motivados por algunos parciales resultados satisfactorios, en conjunto aún no ha sido detenida. En la frialdad de las cifras, ese es el más objetivo balance que podríamos hacer del período considerado.

La evolución de la renta nacional en términos reales fue desde mediados del siglo XIX hasta la fecha, la siguiente:

1870-1922 (etapa liberal) 1,80%

1923-1930 (etapa Primo de Riv.) 2,70%

1930-1936 (II República) 0,10%

1940-1943 (I etapa Franco) 3,70%

1954-1959 (II etapa Franco) 4,60%

1960-1973 (III etapa Franco) 7,5- %

1974-1984 (trans. post-franquis.) 0,30%

Así pues, después del impresionante avance de 1960 a 1973, la renta real de los españoles ha permanecido prácticamente estancada en los diez últimos años. En los cinco primeros años de la crisis, 1974 a 1979, el crecimiento de la renta por persona fue del 3,14%, equivalente al 0,62 anual acumulativo, pero entre 1979 y 1984 se registró un descenso del 0,15 %, equivalente a estancamiento.

Después de registrar el milagro alemán y el italiano, el Mundo reconoció la existencia del milagro económico español, entonces parigual y aun ligeramente por delante del japonés. Y eso en forma ininterrumpida hasta 1973, hasta ,el mismo instante del asesinato del Almirante Carrero (que coincidió con el inicio de la primera crisis petrolera). Sin embargo, si el desarrollo económico en su avance fue lineal y sorprendente, fruto del esfuerzo convergente de una nueva clase empresarial surgida de la guerra y respaldado por una prudente acción gubernamental, sobria y ejemplarmente austera en el gasto y paulatinamente abierta hacia una mayor libertad y menor control intervencionista, en el orden político, por causas varias y fundamentalmente por nuestro temperamento arbitrario y utopista, no pudieron darse circunstancias igualmente favorables.

Altibajos en el desarrollo político

Preciso es reconocer que la unidad en la acción política, impuesta ya en los comienzos de 1937 y que fue una de las causas fundamentales de la Victoria, no pudo ya entonces lograrse sin fuertes resistencias. (Recuérdese la crisis con Hedilla y Fal Conde).

La incorporación masiva a sus banderas, sus uniformes, sus himnos, la moda si se quiere, un indudable acierto dialéctico, impuso como norma la hegemonía falangista del nacionalsindicalismo, entonces en boga en todo el Mundo. Pero la derrota militar de Alemania e Italia exigió replanteamientos tácticos que en España resultaron especialmente difíciles y complejos, por nuestros especial dogmatismo y escasa actitud para el consenso, por falta de flexibilidad negociadora.

La unión de lo nacional y lo social, bajo el imperio de lo espiritual, era un buen lema, pero de nada fácil aplicación en el terreno de lo temporal y de las acciones concretas.

La pugna entre las diferentes familias del régimen surgido de la guerra (falangista, requetés, democristianos y monárquicos, además de la Iglesia, el Ejército y la Administración) se hicieron especialmente complejas y difíciles en momentos de crisis, que exigieron las correspondientes remodelaciones ministeriales, en las que siempre estuvieron representadas todas las tendencias. Hubo instantes especialmente críticos pero la verdad es que en 1958 (salida del Gobierno de Arrese y poco después de Martín Artajo) hubo que aceptar y reconocer que la fusión verdadera de las tendencias, en forma y espíritu, no era posible. Había que contemporizar con ellas y a la vez marginarlas, para que no pudieran perturbar la tarea principal: el crecimiento como pueblo de la capacidad competitiva.

La asepsia tecnológica. Virtudes y yerros

Las razones objetivas para adoptar tal estrategia siguen siendo válidas: «si España con este régimen alcanza un alto nivel cultural y económico, cualquier otro régimen futuro será posible; si no lo lograra, ninguno sería viable». El planteamiento del problema resulta inobjetable.

Franco

Motor de esa urdimbre político-económico-cultural, como antes lo había sido de la brillante victoria militar, y de la neutralidad impagable en la Guerra Mundial, fue siempre Franco, el más sobresaliente español de su tiempo, uno de los más grandes europeos de este siglo, figura sólo equiparable en nuestra Historia a la de Felipe II, al que en tantos aspectos se asemeja.

Tranquilo, sin nervios, nada ideólogo, con enorme capacidad de mando, con visión clara de los problemas esenciales, con absoluta indiferencia a lo que no fuera el servicio a los supremos intereses de su pueblo, supo imponer a nuestro atavismo individualista y anárquico, más que un Gobierno autoritario —que lo era— un Gobierno de autoridad —que lo era aún más—.

Patriota visceral, creyente sencillo y auténtico, al modo tradicional, dogmático en lo esencial de su credo político —muy simple, por cierto—, pero flexible y pragmático en la aplicación del dogma, nada ideólogo, supo poner su enorme prestigio militar al servicio de una obra de regeneracionismo nacional que le permitió alcanzar, durante toda su vida, un impresionante respaldo popular, casi la unanimidad de los consensos. Soy testigo especial de ello.

Su táctica se definía más que por lo que hacía, por lo que permitía, por lo que dejaba hacer. En términos futbolísticos podríamos decir era una acción «a la contra».

Con una retaguardia bien asegurada, en paz y en orden laborioso, presidía un Gobierno de concentración de voluntades ideológicas dispares, a las que moderaba, imponía respeto mutuo y exigía acción convergente. Cuando esa tensión se debilitaba o la acción del equipo ministerial mostraba erosiones difíciles de superar, lo sustituía por otro de similares características, poniendo el acento en lo que más urgía corregir. Su centrismo era constantemente centrado.

Un modo muy personal e irrepetible de gobierno, mucho más democrático de lo que generalmente se piensa y, por supuesto, infinitamente mas que el de cualquier sistema multipartidista al estilo de los que ahora generalmente se nos muestran como modelos.

Durante su mando, pasado el difícil período de liquidación de la contienda militar, todas las auténticas libertades estuvieron aseguradas. No hubo persecución religiosa, ni política, ni social. Las cárceles estuvieron bajo mínimos. Cualquier español podía entrar y salir de su Patria, a su albedrío, instalarse, viajar, establecerse, estudiar o recrearse, en un clima de seguridad ciudadana, respeto a la familia, al patrimonio, al legado histórico y a las siempre respetables tradiciones populares. 

Para poder garantizar esas libertades esenciales hubo que poner bajo custodia e incluso suprimir o restringir temporalmente algunas libertades más accidentales, que son —ni más, ni menos— las mismas que, por unos u otros medios, aplican todas las sociedades robustamente constituidas que, precisamente hacen uso de diferentes artilugios para hacer posible su rebosante salud. Véase el ejemplo de la Gran Bretaña o los Estados Unidos.

La Democracia orgánica. Sus limitaciones

Que pudo mejorarse y hacerse más auténtica la democracia orgánica existente, es evidente. Indudablemente esa fue una de las causas que permitieron su rápido desmantelamiento en cuanto él desapareció.

La negación de la existencia de estas humanas limitaciones nos llevaría a exigir de los hombres singulares condiciones que real-mente no pueden tener. También ellos son mensurables, limitados. No pueden dominar a la vez la cara y el envés de cada problema. Lo que para alcanzar un objetivo es bueno, a veces resulta inconveniente, por producir en otro campo efectos contrarios. Tal sucedió con nosotros. Pero «hic et nunc», no podía suceder de otra manera.

Por otra parte, es regla generalmente admitida que los grandes Fundadores —de una orden religiosa, de un sistema político, de un plan humano sistemático, de cualquier tipo— suelen crear las Constituciones que son fruto de su larga experiencia, para que se apliquen cuando el fundador ya no exista. Mientras él vive, su propia acción creadora es la norma. El sistema es el hombre. Y no puede pedirse que cambie su modo de obrar, sobre todo cuando esta ha sido la razón fundamental de su existencia.

Esa es la mayor acusación que podríamos hacer a sus contemporáneos, que somos nosotros: no haber comprendido que los principios que él teóricamente defendía solo podrían aplicarse en forma auténtica cuando él ya no existiera. ¿Por qué no hacer compatible la forma orgánica y la inorgánica en el mismo sistema? Una consulta popular para la elección del Presidente, manteniendo la Democracia orgánica en un Estado Presidencialista Coronado pudo haber sido perfectamente posible, sobre todo cuando el régimen siempre se definió como un sistema político abierto, en una continua «evolución hacia la libertad». Pero sin dar saltos en el vacío, con los pies bien hincados en la realidad, sin falsos espejismos. En continuidad y estabilidad, que desventuradamente, una vez más, en España se ha interrumpido.

Sus colaboradores políticos, casi siempre se movieron a otro ritmo, de diferente manera: En los agobiantes inicios, haciendo casi imposible la imprescindible unidad de voluntades al servicio de un objetivo común: la victoria militar. Después, con sus tensiones, rupturas dialécticas y pretensiones exclusivistas y excluyentes. Más tarde, con la pretensión de entra-da en la guerra mundial, casi milagrosamente evitada... ¿Por qué el desencanto posterior, en vez de reconocer humildemente el error del diagnóstico?

Ya en la paz, estos mismos antagonismos volvieron a reaparecer en todos los momentos críticos: 1945, con la necesidad de repliegue falangista, para hacerse tole-rar por las potencias victoriosas; en 1955, intentando volver a reimplantar un sistema de Partido único según el modelo yugoslavo, de imposible aceptación en el Mundo Occidental; en 1965, dando un salto en orden inverso, pretendiendo dar paso a los Partidos, tras el gran éxito del referéndum. Por último, en 1975, abriendo paso a la Reforma Política, sin preparación en la opinión pública, que no deseaba cambiar y sin previa inexcusable consulta popular.

Desorientación política en su última década (1965-1975)


¿Cuál fue, fundamentalmente, la razón y el por qué de la desorientación política de los últimos años? A distancia suficiente para juzgar-la, vemos en ella los siguientes ingredientes:

1.—Haber puesto el acento casi exclusivamente en el desarrollo material, descuidando la formación política y produciendo, también con ello un vacío ideológico.

2.—Descuidar también la formación cívica, la educación del espíritu nacional, de las nuevas generaciones. Ello trajo como consecuencia:

3.—Perder conciencia del riesgo que significaba volver a las anda-das, a cultivar la nostalgia de los viejos «demonios familiares», sobrevalorando la consistencia de la plataforma política sobre la que todo el edificio político estaba asentado.

4.—Creer los que no habían vivido la guerra que la paz, el orden, la justicia, el desarrollo se daban «per sé», en forma automática, como cosa natural, sin esfuerzo vigilante, como el luminoso despertar de cada día.

5.—Interpretar erróneamente la diferencia aún existente entre el nivel de vida español y el europeo, atribuyendo la diferencia al régimen y no al distinto nivel de arranque. Crecíamos a un ritmo superior a la media, pero hacía falta aún más tiempo para corregir la diferencia. Un planteamiento muy diferente al que se había tenido en 1945, porque entonces el buen sentido se impuso por razones de supervivencia.

6.—Para alcanzar la meta, para adelantar en renta «per cápita» a Italia y Gran Bretaña, era necesario persistir en el esfuerzo, al menos durante diez años más, que continuarían siendo tiempos de in-comprensiones, de aguante a las inicuas campañas exteriores. Ello exigía tensión y desde el gobierno no se acertó a pedir este esfuerzo en la forma y manera en que esta era necesaria.

7.—Existió también un evidente cansancio, una falta de motivación de aquel sacrificio, unos furiosos deseos de mimetizarse, de ser como los demás, olvidando que cada pueblo expresa su genio original de modo diferente y que cada uno exige un diferente ritmo creador. Cada corredor tiene un modo diferente de llegar a la meta. En los últimos tiempos esa capacidad de creación diferenciada mostró claros síntomas de carencia. Faltó, además, la oportuna autocrítica.

Fatiga generacional

Estábamos fatigados de dirigir, de ser dirigidos, de vivir en paz, de creer, de ser un país de derechas, de no participar. Los más impacientes se sentían desmotivados, desequilibrados, desconectados de los verdaderos problemas del Mundo. Y cuando el Caudillo faltó, todos quisieron volver a las andadas. En lugar de saltar hacia adelante, se dio un gigantesco vuelco hacia atrás. Esa fue la características fundamental de la nueva coyuntura: la evidente contradicción entre el pensamiento del Caudillo y el de las nuevas generaciones que, por simples razones de edad, habían de pensar en forma notablemente diferente, porque otras eran —y muy diferentes— sus propias experiencias.

Para la generación de Franco, restaurada la Patria, restablecido el orden institucional, acrecentada la economía hasta límites insospechados, el problema final de su vida consistía únicamente en colocar la clave del arco, la Cúpula, que eso era la Corona. Y sobre ella la Cruz. Que ese había sido siempre, durante más de un siglo, el gran sueño a realizar.

La Corona, el Ejército y la Iglesia deberían ser las tres instituciones permanentes que asegurarían la paz, la estabilidad y el equilibrio necesarios para que el pueblo español prosiguiera su desarrollo «unido y en orden».

Decisiva acción del Concilio Vaticano II

Desconocíamos, sin embargo, ignorábamos que las obras humanas no discurren siempre por idéntico cauce. Que cada época tiene su propio afán, que impone mutaciones y cambios, a veces trascendentales.

Tal fue lo sucedido a la Iglesia con el Concilio Vaticano II. En un mundo laicizado, como consecuencia de los desastres de la guerra, bipolarizado entre dos posiciones radicales igualmente agnósticas, la Iglesia Católica tenía necesidad de hacerse oír y respetar. No sin reconocer que estaba en minoría y como tal obrar en consecuencia: De ahí la necesidad de la autonomía en relación con los poderes temporales, la invocación especial a las minorías, al pluralismo, a los derechos personales sobre los estatales, establecer preferencias entre la «opción religiosa» y la opción social, preferir la Iglesia de las Catacumbas a la Iglesia de las Catedrales.

Sin embargo, dos pueblos católicos daban el mal ejemplo y eran piedra de escándalo: Polonia y España. Y en bien del conjunto y de la coherencia mundial debería desconocerse y, si era preciso, incluso sacrificar esa singularidad.

Porque Varsovia no cedió y supo resistir, ahora existe venturosamente en Roma un Papa polaco, felizmente reinante. Porque España fue —como lo fue siempre—más Papista que el Papa, la Iglesia española transigió primero y se alineó luego entusiásticamente a las nuevas directrices, que acaso eran prudentes para otras regiones pero sin duda inconvenientes para España. Por causa fundamental de ello el edificio político se derrumbó, porque la división de los católicos en torno a sustanciales problemas temporales se produjo en el momento menos oportuno, más dramático. Y carentes de ese basamento fundamental de nuestra Historia, la unidad en lo temporal, por razones de fe, todo el edificio cedió. Lo demás es Historia reciente.

Diez años después llegan constantemente invocaciones de la Santa Sede y de la jerarquía hacia una presencia más «activa» y visible de los católicos en la vida pública, se reconoce la «urgencia de la obra evangelizadora», se pide «una evangelización integral, atenta a los problemas del hombre, que comprenda la promoción humana y se ocupe de inculturar la fe». El Papa insiste en la dimensión formativa, que no debe aislarse de la acción («la misma formación debe ser intrínsecamente misionera, orientada a la acción apostólica», en que hay que «meter la fuerza redentora del Evangelio dentro de las realidades temporales», pero el gran viraje que ocasionó la interpretación restrictiva de la «opción religiosa» requerirá mucho tiempo y grandes esfuerzos para que produzca un eficaz cambio de timón.

Recientemente, la Conferencia Episcopal Española ha recordado al electorado la obligación de votar en «coherencia con la propia fe», pero quien ha juzgado como nociva la existencia de partidos católicos, aún sin estar respaldados por la Iglesia, es difícil tenga ahora autoridad para ser escuchado. Habrá que esperar a que se produzcan esas «situaciones muy excepcionales» para actuar en consonancia. Mientras se alienta la actuación en orden disperso, mientras sigan existiendo seis grupos, propiciados, sostenidos y alentados desde posiciones eclesiásticas, no será posible asegurar la «protección legal de la vida humana, en todas sus circunstancias, desde la concepción hasta la muerte», ni «el establecimiento de la justicia, con especial atención a los más débiles», ni el «reconocimiento efectivo de las libertades públicas y sociales frente a la hegemonía de los poderes del Estado»; la protección positiva de la familia y sus derechos; el respeto real a la libertad y a los sentimientos religiosos de los ciudadanos; el «establecimiento de un régimen de enseñanza en libertad e igualdad de oportunidades para todos; el progreso, en fin, de la calidad de vida desde el punto de vista económico, cultural y moral».

Estos problemas, que exigirán largo empeño y no pocos sacrificios, no son ya tareas que corresponda resolver a la generación que hizo la guerra. Esta cerró su círculo con la muerte del Caudillo. Y puede decirse con orgullo que en lo más sustancial, cumplió.

Balance final

La experiencia vital es siempre rica en enseñanzas. En primer lugar la más dura de aceptar, aun-que ahora también sea la más esperanzada: la Historia nunca es irreversible. Todo fluye y cambia, a merced de la voluntad creadora de los grupos dirigentes. Cada generación es responsable de su propia tarea. Y la nuestra, cumplió, supo ofrecer una existencia rica en testimonios.

En España se ha producido luego una involución hacia el siglo XIX en una sociedad que estaba orientada hacia el siglo XXI. La confusión y el desencanto, son evidentes. Carecemos todavía de brújula orientadora y de distancia suficiente para juzgar.

Y, sin embargo, «cualquier régimen ha sido posible», gracias a lo que, en lo material y cultural, pudo ser creado en la etapa anterior. El «admirable proceso pacífico hacia la democracia» sólo ha sido posible gracias a las dos únicas instituciones creadas en el período anterior que han quedado en pie: la Monarquía y el Ejército. Aunque muy desfiguradas, todavía han sido suficientes para impedir radicalismos y asegurar la estabilidad. Gracias a ellas e indudablemente al clima social de conciliación existente, a mil leguas de 1936.

La época que hemos traspuesto ha sido la de «Franco y su tiempo». El «franquismo» en el futuro sólo puede ser un modo de concebir la acción política, que sepa asumir todo cuanto de positivo y valioso exista en los diferentes sectores de la sociedad. Deberá ser un modo de unir y sumar elementos, incluso aparentemente dispares, al servicio de un mismo ideal, ambicioso objetivo: el que tuvimos en los últimos 30 años, el que exija el futuro. No es el ayer, sino el mañana; no lo que se hizo ejemplarmente, sino lo que está por hacer. Un modo nuevo y diferente de ser y de pensar. No la Patria escindida, sino una y diversa; no la división de clases, sino la asunción de derechos y deberes en el desarrollo de la empresa, pieza angular de bien común, con una calidad de vida donde el ecologismo también deje espacio a las exigencias del alma, al espíritu libre y creador, sin consignas aniquiladoras ni limitaciones extemporáneas.

Ninguna generación nace adánicamente de si misma. Son todas hijas y herederas de la etapa precedente. Que la que actualmente pide puesto España, con tantos esfuerzos y agudos dolores creada, quiera ser fiel a sí misma y no olvide que, como hermosamente expresó un poeta argentino: «lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado».

 

 

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