El Señoruco, por Marcelo Arroita-Jaúregui

15 de junio de 2021 por Redacción FNFF

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Marcelo Arroita-Jaúregui

Boletín Informativo FNFF nº 13 Enero 1980


Empiezo este papel haciendo dos puntualizaciones. La primera es regional y semántica, advirtiendo que la palabra señoruco no solamente tiene el matiz despectivo con que se aplicó no hace mucho por el oportunismo servil de quien, no hace tanto, llamaba Gran Señor y SEÑOR con todas las letras mayúsculas a quien ahora contempla desde el desdeño posmortuorio, sino que tiene también un matiz familiar cariñoso que, en mi tierra, suele darse al sufijo diminutivo regional, y que es el que ahora, con su permiso, quiero darle.

La otra puntualización es personal y se refiere a que yo nunca he sido franquista durante los cuarenta años de marras, mucho menos franquista fervoroso, cosa que se puede comprobar sin más que un recorrido por las nóminas oficiales del tiempo. Aunque, eso también es cierto, tampoco fui nunca antifranquista, y añadiría, con cierta fruición por la paradoja, que si no todo lo contrario. Sé que cuanto he sido y soy, mucho o poco, lo he sido y lo soy porque a lo largo de treinta y ocho años de mi vida he vivido, libremente, en una nación gobernada —y se me va a permitir que subraye ese participio— por Francisco Franco, un señoruco que hizo posible, con su autoridad, mi formación y mi trabajo en libertad, haciendo posible que, a estas alturas, como el náufrago metódico del poema de Luis Rosales, pueda decir que «nunca me he equivocado sino en aquello sólo que quería».

Para mi sed, ya manifiesta anteriormente, de conocimiento y lecturas, tuve abiertas bibliotecas y aulas, y si no las aproveché mejor fue problema mío y no de nadie más. Problema de mi capacidad y de mi aprovechamiento, de mi habilidad y de mis fuerzas. Nadie me exigió certificaciones previas de nada—la única vez en mi vida que, para desarrollar una iniciada actividad intelectual, se me exigió una especie de «pedigree» fue, precisamente, antes de que Franco presidiera mi existir como miembro de una comunidad—, y ahora puede, con cierta jactancia y con evidente exageración, decir que soy hijo de mis obras; y subrayo la exageración en tanto en cuanto soy también hijo de mis padres, de mis maestros, de mis amigos, de mis compañeros, de mis compatriotas, que influyeron en esas obras de que me jacto, de infinitas maneras siempre positivas, incluso cuando eran contrarias a esas mismas obras. Porque hay ejemplos que se hacen eficaces a través del apartamiento de ellos.

Mal que bien, soy un intelectual. Y un intelectual libre, y por eso mismo descomprometido, o tan comprometido con tal situación que ese compromiso afecta caracteres descomprometedores. Tan feliz —o infeliz, que el adjetivo depende del color con que se mire y se mida—situación la he alcanzado a cuenta de muchas renuncias voluntarias, y a costa de resultar incomprensible para muchos «intelectuales» que caminan como borregos según les señalan direcciones la ijada de cada nuevo amo, sin el que son incapaces de vivir. He ejercido tantas profesiones externas cuanto me han parecido necesarias para el disfrute de mi libertad, y nunca se me han caído los anillos, que nunca he querido ni he tenido, ni por haber llevado contabilidades de unos contratistas, ni por haber recorrido las rutas farandulescas cuando mi libertad los hizo imprescindibles.

Y aquí interrumpo esta obscena confesión para subrayar, abiertamente, que esa conquista de la libertad a través de la cultura, la he hecho gracias a ese señoruco que, al parecer, era un enemigo de la cultura, sencillamente porque, en ciertas materias, opinaba de forma diferente a la forma en que opinan algunos acaparadores de una versión monótona de la cultura que consideran la única válida, en una grave actitud anticultural. Gracias al señoruco, volvieron a abrírseme las aulas, pude renunciar a vocaciones pasajeras, fomentar una vocación provisional mas perdurable e insistir en mi única vocación perenne, que es la de salvarme en Dios. Ciertamente, nunca creí que la cultura fuese algo que me tenía que ser dado, ofrecido y digerido antes de llegar a mí, sino algo que tenía que conquistar buscar y alcanzar, lograr en la medida que yo pudiera, medida ajena a condicionamientos, en el ejercicio de mi libertad. Y la gobernación de ese señoruco, que hacia posible una renovación en la vida de mi alrededor, me hizo posible el desarrollo en libertad de mi lucha particular por la cultura. Leí lo que quise, acaso porque sabía lo que quería leer y pocas veces me deslumbraba con lo que leía. estudié lo que quería, sin ceñirme a enojosas imposiciones, aunque, eso sí, a cuenta de muchas renuncias, singularmente en el terreno de las oficiosidades. E insisto en que siempre tuve libros y aulas para esa práctica cultural para el ejercicio de la disconformidad, aunque también del respeto, cuestiones ambas que me parecen imprescindibles en una existencia civilizada como la que siempre he querido llevar y he llevado.

No sé si en otras circunstancias hubiese podido hacerlo, porque dispuse de unas circunstancias concretas: las que aquel señoruco presidía con tanta decisión y habilidad que consiguió, con el apoyo de su pueblo, transformar esas mismas circunstancias, abrir las puertas de la cultura a ese pueblo. La Historia no se hace ni se escribe con futuribles, sino con realidades. Y la actual realidad cultural de España es todavía obra del señoruco que ahora desprecian los que ayer le adulaban hasta producirnos lipori a los demás. y el sentido de la libertad no es uno solo, sino infinita, y lo mismo se atenta contra la libertad de la cultura actuando en un sentido que en otro, perturbando las posibilidades de elección. Hoy por hoy, la cultura española demuestra que en tiempos del señoruco había posibilidad de elección. Ya veremos si en el futuro puede hacerse una comprobación similar.

Y este papel no es un alegato franquista, aunque no me importa que se tenga por tal. Tampoco es una defensa innecesaria de una labor política que no la necesita porque salta a la vista, por muchos puñados de tierra que se intente echarnos a los ojos. Es un testimonio imparcial —al que no le importa ser tachado de indecente: aquí nos conocemos todos— del agradecimiento de un escritor que aspira, como siempre aspiró, a ser un intelectual, frente a una campaña, esa sí que verdaderamente indecente, tanto por quienes la practican como por sus metas cercanas y lejanas. Y sea dicho indecente, en este caso, sin ninguna concomitancia con el uso que le otorgaba el diagnóstico de Ortega al regresar de su exilio, primero obligado y luego voluntario, durante los primeros y más difíciles años del gobierno del señoruco, diminutivo cariñoso, jamás despectivo, de Francisco Franco, un señor que presidió unos años terribles y gloriosos de la Historia de España.

Y esto de España, me suena. 

 

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