Ante la tumba de Franco, por P. Hernán Valladares

22 de noviembre de 2022 por Redacción FNFF

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P. Hernán Valladares

Misionero

Licenciado en Arte, desde su misión de Abilene (Texas)

 

QUE CORTA es la vida, mi querido Caudillo. Parece que fue ayer cuando redimiste a tu Patria de la esclavitud del Comunismo ruso y ya estas enterrado en los montes de Castilla.

PERO NO IMPORTA, mi General y mi Caudillo. Descansa ya en paz ahí en las sierras de Guadarrama, a la sombra de los pinos y al amparo de la Cruz que tus manos cortaron en la roca. Ya luchaste bastante durante casi medio siglo de tu glorioso caudillaje. Luchaste contra aquel hombrazo hosco y mostachudo de Moscú y arrojaste a sus hordas envenenadas de las trojeras de Castilla. Luchaste contra el Fuhrer alemán, que te había salvado en tu Cruzada. Y le dijiste que «NO» con voz robusta y firme de sol-dado. Luchaste contra el genio de Inglaterra porque quisiste arrancar de sus manos invasoras tu adorado Peñón de Gibraltar. Y luchaste contra todas las Democracias occidentales que te dejaron solo, con tus millones de españoles hambrientos, pero dispuestos a morir a tu lado. Descansa, pues, en paz, en las cumbres de los montes de España, cerca de Dios y de los cielos azules de Castilla.

ES VERDAD. Te odiaron los poetas, como Neruda. Y los pintores como Picasso. Y los artistas como Casals. Pero tu sabías muy bien que sus versos y sus poemas y sus canciones no daban de comer a todos los millones de niños españoles.

POR ESO TE GUSTÓ MÁS la gente humilde y trabajadora que te ayudó a levantar la economía y la vida cultural de la Patria. Tu eras pequeño y gallego y no lo podías hacer todo solo. Por eso te veo arrodillado con veneración ante aquel Arzobispo Vasco de la ciudad del Cid, Don Marcelino Olaechea y Loizaga. Te gustaba aquel Arzobispo revolucionario. Porque criticaba pero jugaba a la tómbola para hacer casas nuevas para los pobres. No te agra-daban sólo los rebeldes que buscaban desmembrar la unidad sagrada de la Patria. Ni los que gritaban y gritaban,
pero cerraban la puerta al mendigo y al necesitado que pedían pan.

LO SÉ MUY BIEN. Tus enemigos te llamaron «Dictador, pero con justicia. Porque dictaste la terminación del crimen, del caos y de la anarquía en España. Dictaste las rutas seguras de la victoria y el estallido de la paz, de la alegría y del progreso de la Patria.

POR ESO los que casi te idolatramos como un pequeño Dios, pedimos que en herencia nos traigas a España otros dictadores como tú. Porque no queremos más Repúblicas que den libertad para matar monjas y sacerdotes y gobernantes honestos y patriotas. No, mi querido Caudillo, que no vengan más democracias. que permitan quemar Iglesias y Conventos y Museos Nacionales en las calles de Madrid y Barcelona.

AHORA SÉ por qué quisiste ser en-terrado en las cumbres nevadas de España. Desde el filo de las sierras quieres seguir vigilando todos los Campos de Iberia. Quieres ver si siguen abiertas tus escuelas y tus hospitales para terminar con la enfermedad y la ignorancia. Y quieres escuchar el ruido de los yunques y las ruedas de tus fábricas. Y los silbidos de los coches y camiones fabricados en Valladolid o Barcelona. Y quieres ver las nuevas barriadas de casas para los pobres en las Avenidas de Madrid... y Bilbao... Zaragoza...

POR ESO quisiste también ser sepultado en ese Cementerio de Héroes. Ahí deben estar junto a ti los grandes Generales de tu Cruzada: Mola... Aranda... Queipo de Llano... Sanjurjo... Yagüe... Y los soldados desconocidos que tiñeron su capote de sangre en las batallas de Teruel, y del Ebro. Y hasta tus enemigos, como símbolo de reconciliación y hermandad de todas las tierras de España. Y es que buscaste que España no olvidara que la sangre de tus héroes nunca debió haberse derramado en vano.

FRANCO, antes de tu llegada de África, yo había aprendido a cantar con todos los niños de las escuelas de España, el himno más popular de nuestra República atea: «Somos hijos de Lenin. El Comunismo ha de vencer. Con el martillo y con la hoz». Tú me enseñaste a cantar Cara al Sol:. Y entronizaste el crucifijo en los muros y colocaste un catecismo en los pupitres de mi escuela rural. Y no dejaste que me envenenara el alma aquella maestra que me decía que no había Dios.

POR ESO, por tu obra gigante de Patriota, dediqué mi vida a defender tu nombre difamado en las fronteras separadas de mi España. Y si alguna vez, cansado de peregrinar por el mundo, vuelvo a pisar el suelo sagrado de la Patria, haré una peregrinación patriótico-religiosa a los picos de Guadarrama y con unas lágrimas de agradecimiento y unas amapolas de las tierras de Castilla —la mano alzada a los vientos de la sierra— te diré por última vez, sabiendo que me escuchas:

«ADIOS, MI GENERAL Y MI CAUDILLO».

 

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