Franco y los católicos, por Alfredo Sánchez Bella

16 de diciembre de 2021 por Redacción FNFF

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Alfredo Sánchez Bella

Boletín Informativo FNFF Nº 34



Durante los casi cuarenta años del Gobierno de España bajo la jefatura de Franco, éste tuvo en su entorno, colaborando estrechamente con él, diversos tipos sociológicos de católicos: los liberal-autoritarios, los encuadrados en instituciones de apostolado seglar, singularmente en A.C.N. de P. y los miembros del Opus Dei, a título personal. A más de falangistas y requetés y los oficiales del Ejército, que lo fueron con carácter permanente. Sobre su forma de actuar, sus convergencias y disidencias, desearíamos hacer hoy una serie de consideraciones.

En primer lugar, Franco no se sublevó, los sublevaron sus compañeros de armas y la presión de la opinión pública, que, imperiosamente, exigían que se pusiera fin al gobierno y al desbarajuste general. En momentos críticos los pueblos tienen necesidad de que alguien asuma la responsabilidad de imponer el orden y la autoridad; que haga el milagro de salvar a una sociedad amenazada. Cuanto más crece la angustia, mayor es la necesidad de que aparezca un Mesías Salvador en el que se resumen todos los deseos y esperanzas de un futuro mejor. Se ha dicho que su régimen fue una dictadura.

Franco no fue un dictador sino la expresión de los múltiples sueños, sufrimientos y esperanzas de una enorme masa de españoles, simbolizados en su persona. Su Gobierno no fue una «dictadura», sino un régimen de «autoridad», con instituciones verdaderamente representativas. Fue la sistemática política de persecución religiosa de la zona roja la que hizo que el pueblo diera a la guerra civil una interpretación religiosa y la calificaría como Cruzada. Y, en gran parte, con ese espíritu se vivió. La «Carta colectiva del Episcopado español» no hizo otra cosa que expresar el pensamiento del pueblo católico en aquel momento especialísimo. La decidida actuación del Episcopado sirvió para defender valores sustanciales y permanentes de España, que deben seguir teniendo vigencia. Fue y siguió siendo enorme error de los católicos españoles, pretender que los de otros países —y por supuesto, el Vaticano— piensen del mismo modo que ellos, cuando —junto con Polonia— somos la excepción a la regla general. En todos los demás países -salvo en Hispanoamérica— los católicos están en minoría y como tales tienen que actuar, lo que es una posición radicalmente diferente a la nuestra.

El catolicismo español que hemos vivido arranca de Cisneros, quien con la Contrarreforma quiso hacer una «Iglesia nacional, una «Iglesia reformada» y una «Iglesia única». Y gracias a la acción de sus continuadores, así continuó sien-do y así nos conformó: «martillo de herejes, luz de Trento, cuna de San Ignacio», como nos quería ver Menéndez Pelayo. De ahí la razón de ser del nacional-catolicismo en todo tiempo y la resistencia de los otros católicos a que esta expresión de un estado de espíritu tenga aquiescencia universal. Porque no puede tenerla. El Concordato suscrito en agosto de 1953 significó un impresionante acto de fidelidad a la Iglesia, pero políticamente fue inconveniente para ambas partes, porque permitió que el Estado quedara enfeudado y autolimitado en su autoridad y la Iglesia sintiera comprometida su libertad de acción, por la indebida intromisión de políticos y líderes sindicales, cuando no de clérigos y dirigentes de las organizaciones seglares que, cobijados en instituciones eclesiásticas, actuaban impunemente como francotiradores, originando una serie de permanentes conflictos qué dificultaban la serena actuación de los supremos poderes al servicio del bien común.

Por otro lado, el país no estaba preparado para esa masiva catequesis, ni la Iglesia disponía de hombres preparados para cubrir todos los frentes. Hubo, no puede negarse, inflación de gestos en ambas potestades, independientemente de la recta intención de los mismos.

Por todo ello, —muerto Franco— al amparo de una hábil manipulación de la prensa, se creó en el franquismo un complejo de culpabilidad, que carece en absoluto de fundamento, pues a quien, aun con yerros, en lo principal acierta, ¿de qué puede acusársele? Culpables, ¿de qué?, ¿de haber recibido un país destrozado por la guerra y de haberle devuelto el pan, la alegría y el bienestar?; ¿de haberlo hecho pasar de una renta «per cápita» de 200 dólares a 5.600?; ¿de haber intentado recristianizarlo?

Prieto dijo que, si perdían la guerra, España sería inhabitable durante 50 años. Pues bien, diez años después de la victoria, la renta «per cápita» era ya superior a la más alta que anterior-mente se había tenido.

Esos diez primeros años, de guerra mundial y de aislamiento, no fueron confortables para nadie pero a partir de los años 50, el panorama cambió, hasta ir haciéndose progresivamente más atractivo y, en algunos aspectos, incomparablemente más hermoso que en ningún otro tiempo. Porque lo que aún faltaba en recursos materiales se suplía con una sobreabundancia de fe y de esperanza en el propio destino que, luego, no ha sido defraudado. La causa fundamental del fin del régimen fue la división en el frente interno del mundo católico español —y aún internacional—, fruto espúreo del Con-cilio Vaticano II, al ser incluido el franquismo entre las potencias vencidas, por su nacional-catolicismo, juzgado como anacrónico y llamado a ser colocado en el desván de las ideas inservibles. Esa fue la causa determinante de la liquidación del régimen. Nos sobraban fuerzas, pero faltaron la fe y la imprescindible unión para seguir defendiendo nuestra propia identidad. Al «hagamos un Mundo» delineado en Washington, de cuño liberal democrático y a la visión mundialista soviética, se quiso contraponer «un Mundo» en visión católica romana. Y, para moldearlo, tanto polacos como españoles, resultábamos un enojoso estorbo. Éramos «el mal ejemplo». A cuarenta años de distancia, podemos comprobar que las tres utópicas concepciones de entonces carecen de apoyaturas sólidas. El gran Papa felizmente reinante lo repite con insistencia: sólo en el respeto a la personalidad cultural y espiritual de cada pueblo, podrá edificarse una paz duradera. Y da prioridad al mantenimiento de lo que existe: el mundo católico creado por España: Hispano-américa. La ONU y la UNESCO no pasan de ser vagos sueños, pura entelequia. Frente a nuestro abandonismo y a nuestro afán de embanderamiento con lo aparentemente nuevo y los intentos de adaptación al mundo circundante, Polonia actuó de forma diferente. Resistió disciplinadamente las presiones de Roma para que se adaptaran, para que «coexistieran» con el régimen. Pero ellos ni se dividieron ni se acomodaron. Y por ello existe hoy un Papa polaco. Esa fue su gloria. Y también su corona de martirio, que aun hoy siguen soportando. De cómo se resuelva ese gran drama depende en gran medida el destino del Mundo.

Se ha dicho que, muerto Franco, el franquismo no tiene ya razón de ser ni de existir. Y ello no es cierto. El franquismo es, puede ser, un modo de actuar en política, un modo de ser. La excepcional capacidad de convocatoria del Jefe del Estado no tenía su origen en su facilidad de palabra ni en su gesto tribunicio, sino en su autoridad, en su fidelidad a unos principios de los que nunca quiso apartarse. Así se ganó la confianza de su pueblo como ningún otro gobernante de nuestra Historia. Acaso sólo Felipe II —tan cercano en sensibilidad— podría parangonársele.

Su modo de proceder le hizo despegarse en la consideración popular de cualquier política concreta para insertarse en un plano histórico, más profundo y permanente. Ello fue así porque desde el primer instante del Alzamiento fue fiel al compromiso de hacer de la Nación, «físicamente rota y moralmente convulsa» que recibió, una España «con otro rostro y otra piel» y fue en la consumación feliz de esta operación, que propiamente inició el 12 de octubre de 1936, donde dio su talla máxima de estadista.

Para lograrlo procedió asumiendo valores —incluso no pocas veces aparentemente incompatibles— sin exclusión de nada ni de nadie que pudiera tener un adarme de fuerza creadora. No par-tiendo o dividiendo, sino incorporando todo lo que de positivo encontraba a su paso, combinándolo diestramente, moderando los antagonismos, realizando de ese modo una obra verdaderamente nacional.

El franquismo es justamente eso: la unión de lo nacional y lo social, bajo el imperio de lo espiritual; los programas de las derechas y las izquierdas, y el centro; lo religioso y lo militar; los estamentos sociales en todos sus grados y bajo la dirección de los que en cada caso consideraba los mejores, más idóneos, o más aptos; sin consentir banderías, admitiendo solo tendencias o familias ideológicas que podían ser discrepantes o llegar a un acuerdo en cada caso concreto. Los inevitables humanos antagonismos se iban resolviendo a fuerza de paciencia y en último término, al imponerse la autoridad de su superior arbitraje. Ese especialísimo modo de proceder difícilmente podía institucionalizarse en vida de Franco, puesto que era demasiado personal. Además, es pro-pio de los fundadores no ajustarse a normas que ellos van creando en el impulso del diario quehacer. La institucionalización de su pensamiento quedó para los continuadores, que no acertaron a entender su legado. Precisamente porque era un talante, un modo de ser, una actitud ante la vida, muy difícil de plasmar en ningún articulado.

«Después de Franco, las instituciones»; las suyas; las que él había diseñado y creado. Eso debió ser. Pero eso es precisamente lo que no se quiso hacer. De ahí la esterilidad de la victoria. Pues no ha quedado en pie más que la Monarquía y acaso algún día desde ese eje diamantino pueda iniciarse la reinstauración.

Ser franquista es asumir y aceptar una serie de pocos y grandes principios y defenderlos como dogmas. Y para hacerlos triunfar, conquistar a los afines y aún a los indiferentes, intentando comprenderlos para ganarlos a esta grande y sugestiva empresa del engrandecimiento material y espiritual. de una comunidad.

La gigantesca manifestación de 1946 se organizó espontáneamente en defensa de la independencia de España; la de 1970, por su paz: la de 1971, por el hombre que hizo posible la independencia y la paz. ¿Cuáles debieran ser ahora las razones fundamentales para una nueva movilización de voluntades?

En primer lugar, la reconquista de la opinión pública, que en estos años ha sido sometida a un gigantesco «lavado de cerebro». Después, la unión de los católicos, en torno a un sugestivo proyecto de quehacer español. En los últimos años de su vida, acaso lo más doloroso para Franco fue el despegue de la Iglesia, porque era injusto y porque significaba una desarmonía que nunca mereció.

El que una «recta voluntad de servicio y de promoción de la justicia» y del bien común se revista a veces de «censura y denuncia» de «estructuras anquilosadas», de modos inconvenientes de actuación, de «retrasos anacrónicos», de «coyunturas superadas», puede ser comprensible pero lo que ya no puede serlo tanto es que se hiciera con tal falta de prudencia, de justicia y ponderación, con tan escasa visión universal del entorno, con tal grado de utopía, cuando no de irresponsable demagogia. Pero «el ala marchante de la Iglesia» así lo quiso y ahora estamos tocando las consecuencias. Pocas veces ha sido menos notoria su influencia en la sociedad permisiva que vivimos. Los católicos encuadrados en instituciones seglares han tenido en este siglo tres intervenciones políticas destacadas: la de 1931, con la República posibilista de Gil Robles; la de 1945, que fue la más fecunda y duradera, con Herrera, Artajo y su equipo y la de 1975, con la llamada ,generación de la apertura», cuya poquedad de frutos son evidentes. Preciso será reconocerlo.

Parece oportuno recordar que, tras la muerte de Franco, quienes trajeron a España la democracia liberal pluripartidista fueron los católicos puesto que hombres procedentes del régimen anterior la propusieron y la aprobaron las Cortes entonces existentes, aunque no creemos que cuando la impulsaron pensasen que iba a tener tan —para ellos—imprevista derivación. Y, sin embargo, era clarísimo que no podía ocurrir de otro modo. La entrega a los comunistas y a los socialistas de la organización sindical, después de haber creado la más amplia, justa y generosa política social de que en la Historia española haya sido noticia, es una de las más sensibles paradojas de esta hora, porque nos pone en trance de retornar a una inconveniente división clasista, que ya se había superado.
El balance está descrito en forma lapidaria por Emilio Attard: «Después de haber defraudado al electorado en nuestros compromisos y esperanzas, se evidenciaba que no podíamos gobernar al país, porque no éramos capaces de gobernarnos a nosotros mismos». El análisis y la autocrítica exigen una pro-funda revisión de este período que todavía estamos viviendo. Apertura, reconciliación, convivencia fueron las tres palabras más repetidamente citadas y más profundamente falseadas. ¿Apertura, a qué? ¿Reconciliación, con quién? ¿Convivencia, entre quienes? ¿Es que no la había? ¿Es que ahora real y verdaderamente estamos más «reconciliados», es que somos más libres? ¿Más libres para trabajar, para salir y entrar, para emprender o circular? ¿No estamos infinitamente más atados, limitados y condicionados? ¿Es que ahora la sociedad española no está más escindida, más crispada? ¿Es que la convivencia nacional no es ahora infinitamente más difícil y problemática? En Francia sigue estando fuera de la ley el «petainismo»; en Bélgica, el «rexismo»; en Italia, el «fascismo»; en Alemania, el «nazismo». ¿Por qué no debía ocurrir lo mismo en España con las ideologías vencidas? Digo las ideologías, porque los hombres ya iban siendo paulatinamente incorporados, en una prudente y cauta «política de las cosas». España es el país europeo donde por razones políticas se produjeron menos discriminaciones en la Europa de la postguerra. Interrumpir ese proceso en una «evolución en la continuidad», ¿no vemos ahora claro que ha sido un grave desatino? La otra grande aparente denuncia fue contra el inmovilismo. ¿Pero era cierta esa acusación? ¿No evolucionó más la sociedad española en esos cuarenta años franquistas que en ningún otro período de su Historia? ¿Y cómo puede decirse en serio que la sociedad española de 1940 era igual a la de 1950, y ésta, semejante a las de los años 60 y 70? ¿Es que no se tienen ojos para ver la tremenda mutación que, aun visiblemente, se había producido en la sociedad española? Otra cosa sería decir que no se había hecho en forma análoga a la de otros países. Pero esto es justamente lo que ahora echa más de menos el Papa felizmente reinante, que en sus conmovedores mensajes, con ocasión de sus dos históricas visitas, nos ha instado una y otra vez a no dejar de ser lo que fuimos, a perseverar en el empeño, a defender los signos esenciales de nuestra identidad cultural y espiritual. Precisamente ahora, cuando, como nunca, desde Roma se nos pide seamos lo que durante esos cuarenta años quisimos ser, es cuando en España no existe en los medios católicos sintonía ni vibración apropiada para captar esas exigentes llamadas que nos vienen de lo más alto.

La situación política actual se acepta como una especie de nublado o pedrisco inevitable, como un fenómeno meteorológico contra el que no se puede luchar. A veces esa sensación de impotencia se traduce de forma contradictoria: con exasperación, irritada pasividad o sarcasmo, actitudes todas ellas que no se caracterizan precisamente por ser espacialmente constructivas. De esa peligrosa e inoperante situación es preciso salir. Ya no caben por más tiempo las inhibiciones y tenemos el deber moral de contribuir a modificar esta situación, con el talante de otros tiempos, aunque la forma de actuación haya de ser diferente. La «manía constitutoria» del pueblo es-pañol, de la que ni siquiera se libró el pasado régimen con el «atado y bien atado», sirvió de nada.

Y es que siempre es más importante la Constitución no escrita, pero viva en las relaciones entre los hombres, que la escrita, pero olvidada, escarnecida o vilipendiada. Tal vez sea esa una de las más profundas diferencias entre anglo-sajones y latinos. El «cambio», tan clamorosamente auspiciado, significó la vuelta al pasado. Es por lo visto una constante de nuestro ser: «dejar lo seguro para ir en pos de lo incierto», acaso por la esperanza de más altos logros y por afán de perfección, en unos y por mimetismo, arbitrismo y utopía, en los demás. ¿No será llegado el momento de bajar a la raíz de la existencia, intentando re-continuar el curso de la Historia, en vez de deshacerla?

Realismo junto a idealismo, pragmatismo en la acción de cada día, constante asunción de valores positivos, vengan de donde vinieren, fidelidad en todo lo esencial a ese tesoro de valores permanentes creados en el transcurso de los siglos, apertura al Mundo, sin temor a la novedad, siempre que esto no signifique dejación de ningún valor esencial propio. Eso quiso ser el franquismo. Eso deberemos volver a buscar los españoles. 

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