El legado, por Jaime Alonso

16 de agosto de 2020 por Redacción FNFF

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Jaime Alonso

En términos de análisis jurídico contable, el balance es el resultante entre ingresos y gastos, siendo sus cifras y conceptos varios auditados por profesionales de mayor o menor solvencia. El legado que Juan Carlos I transmite a su heredero en lo institucional (la Corona), en el orden político (jefatura del Estado), en el orden moral (prestigio) y en el fundamento de su función (la unidad de España) debe ser analizado, hoy, como herencia/balance de su reinado, que recoge su hijo y heredero, Felipe VI.

Pero ese balance no sería riguroso, fiable y tampoco veraz, si omitiéramos el fundamental dato del legado que recibiera, el ahora transmitente, de su legatario Francisco Franco, del que trae causa. Así el balance podría cuadrar y que cada cual extraiga sus conclusiones, aunque en un articulo no quepa lo exhaustivo.

Conviene establecer como principio rector del siglo XX español, el que la era de Franco no puede ser un paréntesis en la historia española, por mucho que se empeñe la izquierda y separatistas. Porque el franquismo fue, en gran medida, la cristalización triunfante de una España real, reencontrada con su destino histórico; la España de clase media urbana y rural, de conciencia católica y practica libertaria, depurada de los vicios que provocaron su decadencia. Una España de orden, familia tradicional y propiedad privada. Eso que Dionisio Ridruejo llamara, en expresión machadiana, “el macizo de la raza”. Y en ello seguimos, por mucho “iluminati bolivariano” que el arribismo político nos regale.

Siguen empeñados, los memorialistas y los tontos útiles de la derecha amnésica y cobarde, en sostener que el cambio de España se produjo de la noche a la mañana, como por ensalmo de un flautista; y sigue mantenido en el adoctrinamiento escolar y mediático de estos cuarenta y cinco años, y cuyo fruto amargo es la actual clase dirigente amoral y utilitarista. Aunque sigamos teniendo parecidos catedráticos, jueces, policías, militares, sacerdotes, funcionarios, comerciantes. Nada es igual. Ya no es necesario exiliarse. Existe, sí, el exilio interior, igual que siempre. Existe, sí, la relación acomplejada de vencedores-vencidos que pretende mantener el oficialismo social/comunista como ingrediente político de fidelización grupal. Pero la sociedad y la estructura mental y emocional de las masas apenas es reconocible.

Desde que Juan Carlos aceptara la sucesión en la Jefatura del Estado, utilizando la misma formula “mi pulso no temblará” que, treinta y tres años antes, el 1 de octubre de 1936, había empleado Francisco Franco, en Burgos, en su discurso de investidura como jefe del Estado, han pasado demasiadas cosas y no todas ellas positivas para España y la Monarquía, más allá de la incuestionable continuidad histórica, negada hoy por tirios y troyanos. Hasta el socialista Ignacio Sotelo, profesor de Ciencia Política, lo ha reconocido: “La España actual hunde sus raíces en los cuarenta años del franquismo tanto en los aspectos que consideramos positivos como en aquellos que nos parecen negativosEn 1936 empieza una nueva fase de la España moderna, en la que todavía nos encontramos”.

Nadie discutirá que el sucesor de Franco era aceptado por las masas de españoles que le siguieron, con reciproca lealtad, hasta su muerte, cualquiera que fuera el elegido. Hubiera bastado que Franco, -como los soldados romanos legaban sus bienes antes del combate- escribiera un nombre sobre la arena con la punta de la espada, para que ese testamento fuese válido para nuestro pueblo, que sólo quería seguridad y progreso, signos de toda civilización en marcha.

Hoy, la abdicación forzada, el destronamiento y la invitación a la jubilación son formulas más civilizadas que el regicidio para persuadir al soberano que ceda el poder a sus enemigos. El mayor y no único problema que dicha formula provoca en España, es que el régimen absoluto por sufragio universal que tenemos, descansa sobre la viga maestra del Reino, como garante de la unidad, continuidad e independencia de nuestra nación. Una republica real, sería la voladura descontrolada de todo, y la certidumbre de la definitiva crisis, después del 98.

El éxito de los enemigos del actual sistema, los mismos que lo fueron del anterior, porque lo son de España, consistió en igualar el régimen de Franco a la vida del mismo; en enfrentar el franquismo con la democracia y equiparar, blanqueados, a los antifranquistas como demócratas, luchadores de la libertad. Tal superchería ha terminado calando e imponiéndose por Ley. El proceso se inició desde la muerte del Caudillo invicto y estadista, extendiéndose hasta negar la primogenitura de la Institución Monárquica; enfrentando, como dictador y demócrata, a los sucesivos Jefes de Estado; y la continuidad de dos regímenes distintos, en su ejercicio, pero no en su origen. Trampa para elefantes en la que cayó toda la derecha española y sigue en el cepo. ¡Curiosa paradoja viniendo de los mismos comunistas y separatistas que provocaron el advenimiento de Franco!, y que sigue pasando desapercibida.

En este contesto debe establecerse el balance de la corona que recibió el legado de Franco y la entrega efectuada cuarenta y cinco años después, o treinta y nueve, si contabilizamos desde la abdicación. Los datos objetivos son demoledores y difíciles de ocultar por la propaganda oficialista, tanto en el ámbito político, como en el social, económico e institucional. Se ha preferido recurrir al eufemismo de la hoja muerta, caída por el viento otoñal de la historia.

Los solidos cimientos sobre los que se asentó la instaurada/restaurada monarquía de Juan Carlos I, habían consistido en la persecución de la unidad nacional, la paz exterior y la revolución social dentro del orden. Juan Carlos I recibe una España unida, en progreso constante, cohesionada, respetada. Y le entrega a su heredero Felipe VI una España dividida, enfrentada y sin pulso. El testigo lleva en su seno la “tormenta perfecta”, donde no se discierne si lo más grave es la falta de prevención y diligencia sanitaria con el índice de muertes mas alta, por habitante, del mundo; o el gobierno de coalición contra la permanencia de la nación, del orden legal, de la forma de Estado y del propio sistema.

Todos los indicadores económicos, culturales, políticos e institucionales resultan ofensivamente favorables al legado de Franco, respecto al otorgado por su sucesor a su hijo Felipe VI en 2014 o en 2020, cuando abandona su residencia oficial en España. Así la comparativa de la Renta per cápita, del déficit público, la balanza de pagos, la industrialización, el porcentaje de población considerado como clase media, el número de funcionarios, de presos en las cárceles, el sistema impositivo, el índice de natalidad, inmigración ilegal y un largo, la sanidad publica, la industrialización del campo y distribución de las tierras etc. no admite comparación, pues además se hizo sin ayuda exterior y sin deber nada a Europa o a USA, no como ahora que hemos recibido en estos cuarenta últimos años el equivalente a dos planes Marshall y no se sabe bien a dónde han ido…¡Y lo que nos espera con la pandemia sanitaria!. Ese es el balance real, pasar de la 9ª potencia industrial del mundo, a la 9ª en el ranking de miseria.

Mientras lo anterior ocurría, la transparencia e independencia de los poderes públicos, brillan por su ausencia. Vemos con creciente escandalo cómo la composición del Consejo General del Poder Judicial, Tribunal Constitucional, Consejos de RTVE y Autonómicas, Consejos Escolares, Tribunal de Cuentas, Consejo de Estado, CNMV, Banco de España y hasta las Empresas Públicas y alguna privada del Ibex, la Iglesia, el Ejército, la Guardia Civil, los cuerpos y fuerzas de seguridad y hasta la publicidad institucional, están al servicio de la política, tanto en su nombramiento, como en su promoción, aparcada la idoneidad o el mérito.

Nada digamos del riego de millones de euros recaudados a nuestra costa y destinados a subvencionar sindicatos y chiringuitos promovidos por el poder corruptor del sistema plutocrático implantado. Ni de la cantidad de jóvenes que presumen de no haber leído un libro en su vida. Ni de los trabajadores o en edad de trabajar que no lo han hecho en su vida, viviendo de las distintas subvenciones del Estado. Ni de los políticos que no han tenido otro oficio en su vida, ni otra aspiración que la de vivir a nuestra costa. Ni de los sindicalistas, liberados de trabajar a perpetuidad, a cargo de las empresas o de las subvenciones públicas. Nunca ha habido más zánganos y menos vergüenza. ¿Qué dirían Cervantes o Quevedo, hoy? Pobre España, tan hidalga y tan muerta, tan entrañable y tan yerta, recobra el pulso vital de tu historia. Alguien te gritará desde un púlpito, tribuna o columna: ¡alerta! Yo te suplico: ¡despierta!

 
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