LA MODERNIZACIÓN DE ESPAÑA (IV). El gran cambio social de España lo hizo el franquismo (II)

28 de marzo de 2019 por Redacción FNFF

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En 1942, el Seguro de Enfermedad

 

Para 1939 se crea el subsidio de vejez y en 1941 se desarrolla el germen de lo que será el Seguro de Enfermedades Profesionales de 1961. Ya en 1942 se implanta el Seguro de Enfermedad, lo que costó grandes esfuerzos sufragados por la totalidad de los españoles en una obra colectiva de solidaridad y justicia como pocas veces se ha visto, y que contó con el entusiasta apoyo de sectores médicos poco inclinados, en principio y por razón de hábitos, a secundar tales objetivos. Los pacientes atendidos por la beneficencia pasaron a ser tratados por la red de asistencia pública, y el sistema se generalizó hasta el punto de hacerse prácticamente universal para 1963. Asimismo, se aprobaron medidas varias a fin de complementar los seguros sociales, entre ellos las de Mutualismo Laboral, que acercaba, además, la participación de los interesados. En 1953 se crea el Seguro Escolar y en 1961 se culminan las prestaciones del seguro de desempleo. La importancia de la fechas es capital, por cuanto pone de manifiesto que las reformas se abordaron tan pronto como lo permitió el estado general del país, así como manifiesta la voluntad del Gobierno. Anecdótica, pero significativamente, podemos añadir que fue empeño personal de Franco la instalación de comedores en los centros de trabajo, ya que estimaba como contrario a la dignidad de los trabajadores el que tuvieran que comer de pie junto a su puesto de trabajo.

 

La creación de la clase media, el mayor logro de la época

 

La consecuencia fue que una amplia red de seguros cubrió a las capas trabajadoras españolas, protegiéndolas de la intemperie a la que estaban expuestas tradicionalmente tanto bajo gobiernos de derecha como de izquierda, pero especialmente bajo estos últimos. Las razones objetivas para la lucha de clases fueron disminuyendo con velocidad, y más aún tras el despegue económico de los años sesenta. Los trabajadores participaron de la generalización del bienestar en la sociedad española y, bastante rápidamente, muchos de ellos pasaron a engrosar las filas de la llamada clase media, en unos casos mediante la adquisición de status —dada la movilidad social característica de aquellos días— y en otros debido al aumento en el nivel de renta.

 

Este es, sin duda, el mayor logro de la época de Franco. Pues la gigantesca transformación operada en el cuerpo de la nación, tuvo por primordial consecuencia la creación de una clase media de características a la vez peculiares y difusas. La clase media pasó a ser el sustrato constitutivo de la sociedad española, con lo que, además de lo que tiene de positivo el hecho en sí mismo, desaparecían las causas objetivas que impulsaban el enfrentamiento entre españoles. La clase media fue algo más que un colchón entre las clases trabajadoras y las propietarias, constituyéndose en la médula espinal de la propia sociedad española.

 

En el proceso se democratizó verdaderamente la sociedad española, mediante el acceso de estos sectores, ya mayoritarios, al grueso de la riqueza nacional. Esa democratización económica trajo otros bienes de la mano, no siendo el menor de los cuales la superación de una herencia psicológica que dividía el país entre explotados y explotadores, impidiendo a los primeros sentirse partícipes de la obra común en la historia que llamamos España, por lo que la gigantesca transformación operada vino a representar una especie de proceso nacionalizador de la población. Algo desconocido hasta la fecha por cuanto la verdadera revolución liberal, trenzada sobre el compromiso de la burguesía con las fórmulas políticas y económicas del liberalismo, había estado ausente de nuestra peripecia decimonónica, mientras en Europa cuajaban los más diversos proyectos de este tipo bajo el denominador común, precisamente, de la nacionalización.

 

El gran esfuerzo por europeizar España

 

Durante el régimen de Franco hubo de crearse esa clase media sobre un suelo ciertamente precario, lo que trajo aparejado una auténtica revolución en los hábitos y mentalidad de la sociedad. Resulta llamativo que los verdaderos beneficiados de las políticas del gobierno fueran las parcialidades de la nación que habían mostrado más resistencia. Acaso parezca muy aventurado afirmar esto; sin embargo, bastaría con echar un vistazo a los niveles de renta de las provincias vascas, al desarrollo de Cataluña, al espectacular aumento del nivel de vida de la población trabajadora, a las deliberadas políticas puestas en marcha desde la dirección política que beneficiaron en grado sumo a la España industrial, a la España periférica, en detrimento relativo de la España tradicional, de la España central, de la España rural. Paradójicamente, un régimen que pretendidamente es denostado como casticista, ha resultado el que más ha hecho cualitativamente en tres siglos de historia por europeizar el país. Los posteriores proyectos en este sentido, de no haber mediado la gigantesca revolución de aquellos años, hubieran encontrado a nuestra sociedad en un grado de desarrollo seguramente comparable al de Rumania o Bulgaria.

 

Por contra, la España que se sublevó el 18 de julio fue literalmente triturada. Y lo fue hasta tal punto que, a la muerte del Generalísimo, bastó a unos timoratos y medradores políticos con vigilar al Ejército, pilar restante de la Victoria, para perder el miedo político a las reformas; ni la sociedad, ni muchos menos la Iglesia, se identificaban ya más que, muy someramente, con los principios que habían impulsado a media sociedad —cuanto menos— a rebelarse en 1936 contra un estado de cosas insoportable. Si ello fue posible, se debió que el propio régimen hacía tiempo que había puesto sordina a determinados aspectos de su naturaleza, en provecho de un agiornamiento modernizador y asimilador, también en lo político.

 

Así, el aparato mismo del franquismo decretó su autodisolución, acometiendo la generosa imprudencia de un suicidio que se ha revelado temerario con el paso del tiempo, mientras las fuerzas que se identificaban con el franquismo del 18 de julio suscitaban simpatías entre la población en proporción inversa a los resultados que cosechaban en las urnas. Franco siguió ganando batallas después de muerto, pero en las plazas y campos de España y en los corazones de los españoles; de modo que, quienes laboraban por el desmantelamiento de su obra, se guardaban de la denigración y el epíteto —hoy, de obligada cita—. Aunque, al fin y a la postre, el poder no se alcanza, ni tampoco se conserva, bajo el signo del cariño y del respeto, sino con cálculo y astucia. Los que utilizaron quienes obraban en la sombra, para plasmar una ruptura efectuada en origen mediante pequeños saltos cuantitativos que terminaron por volver irreconocible la situación de partida.

 

Todas estas consideraciones deberían bastar para demostrar cuál es el legado de Franco a la Historia de España. El de un régimen que hizo saltar al país de la carreta de bueyes al utilitario, del caserón de adobe al chalé en la sierra, que propició que los españoles aprendieran a leer, que les facilitó un in menso aumento de bienestar material; un sistema que procuró orden, trabajo, vivienda, paz social, bienestar, seguridad y una vida más larga, próspera y digna de ser vivida.

 

La revolución social la hizo el franquismo

 

A modo de resumen, si en España ha habido alguna revolución desde que Escipión holló con la suela de su sandalia la tierra ibérica, ésa es la que tuvo lugar durante el franquismo. Una revolución de dimensiones históricas, pues. Una revolución que transformó España para siempre, sin posibilidad de vuelta atrás. Una revolución que, en el aspecto material, sumergió a España en la convergencia europea, mientras se resistía —y es materia para otro debate si tal cosa resultaba posible o no, a la postre— a abandonar los elementos definidores de su idiosincrasia tradicional. El salto, nada menos, desde una situación que, de no ser anacronismo, denominaríamos tercermundista hasta la inmersión en el vértigo de la modernidad.

 

Son absurdas las prestidigitaciones de quienes pretenden eliminar de nuestra historia tan gigantesca labor, alegando injusticias concretas, situaciones particulares y casuísticas no pocas veces pintorescas. Últimamente, incluso rastrean en períodos previos al franquismo para relativizar —hasta procurar su efectiva desaparición de los libros de Historia— todas aquellas ventajas materiales, inmensas, que el régimen trajo a España, retrotrayendo sus antecedentes hasta donde sea posible, o bien minimizando su materialización durante el franquismo para sugerir una patentización posterior, por supuesto bajo las condiciones democráticas posconstitucionales.

 

Hay quien asegura que, sin el franquismo, se hubieran producido los mismo cambios y quizá de modo más provechoso. Al margen del hecho de que tal convicción no es más que un desiderátum (lo mismo podría decirse de cualquier otra circunstancia histórica), lo cierto es que se produjeron como se produjeron y no de otra forma. Propagar que el franquismo retrasó la historia es, no sólo una estupidez ucrónica, sino casi con total seguridad una falacia sin sentido.

 

Los hay que, retorciéndose el alma, se hallan dispuestos a reconocerle algún mérito, pese a todo, al franquismo, señalando que el régimen se limitó a aprovechar una ventajosa situación internacional. Ignoran a conveniencia que las ocasiones de este tipo se han paseado, inaprehensibles, por nuestra vida colectiva con profusión. Ya lo vislumbró don Gaspar de Guzmán, y se repitió de nuevo a propósito de la revolución industrial, y antes bajo Fernando VII y otra vez bajo la II República. Y, en todas las ocasiones, en todas, la nación se adormeció en su siesta de siglos, se desperezó si acaso para bostezar de nuevo y retornó a su andrajoso onirismo de gobernantes perezosos, de endogamias enfermizas, de visionarios sectarios y de motines sangrientos, sin aliento nacional alguno.

 

Podría señalarse que, aún si toda la gracia del régimen nacido un venturoso 18 de julio fuese la de atrapar la ocasión al vuelo, no sería poco el mérito contraído, ¡pues sí que la Historia de España no es pródiga en desaprovechar oportunidades históricas!

 

F.P.
Boletín Informativo FNFF nº114
Abril-Junio 2008
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