La Segunda República y sus golpes, por Enrique del Pino

13 de abril de 2022 por Redacción FNFF

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Enrique del Pino
Licenciado en Filosofía y Letras y Escritor

Cuadernos de Encuentro nº 148


La II República Española duró desde el 14 de abril de 1931 al 1 del mismo mes de 1939, ni un día más ni un día menos. Haciendo una simple operación aritmética tenemos evidencia de que este período sumó nada menos que 2.939 días. A estudiarlo, es decir a intentar averiguar cuáles fueron las causas que lo promovieron se han dedicado ríos de tinta. En un principio, es decir los años que más favorecieron a los detractores del Régimen, se publicaron noticias según los autores se hubiesen significado políticamente, dentro y fuera de España, pero en la medida que la situación se fue enconando y una de las partes en litigio consideró que todos los resortes del Poder iban siendo controlados por ellos, se abrió un período de celebración y defensa de los supuestos que defendían, que fue agrandándose en la medida que los hechos militares fueron a más. Una vez acabada esta etapa, ciertamente una vez enterrada la República, la efervescencia saltó disparada y durante unos años, muchos quizá, los escritos y publicaciones solo fueron de un color, que podríamos llamar rojo y gualda. Esta situación se alargó, al menos, hasta los años sesenta, en que los movimientos de apertura propiciaron que entraran en los análisis pensamientos de izquierda, que cimentaron una restructuración de puntos de vista, con las consiguientes tomas de posición de las izquierdas. Las derechas, llegadas a esto, nada hicieron, o poco, para impedir esta nueva versión de la historia, y así fue sucediendo que las nuevas ideas fueron calando en las gentes, especialmente quienes no habían asistido en persona a aquellos tristes momentos. En esta coyuntura se hallaron los españoles en 1975 cuando murió Francisco Franco, que pronto descubrieron que lo «atado y bien atado» era solo una frase. Como tal se abrió la compuerta y el agua salió en torrentes. Los cuarenta años que se siguen de democracia se cuentan fructíferos en este sentido, pues ha aparecido en el panorama nacional una pléyade de historiadores capaces de enderezar dislates, si no insidias y mentiras. De ahí que tal vez convenga insistir en estos puntos.

Porque hemos de recordar que estamos hablando de la II República, no en rigor de los varios apartados que en ella se pueden encontrar, cada cual necesitado de explicación separada. Porque el período republicano se caracterizó por una sucesión de mentiras y falsedades que todavía no se está en condiciones de discernir cómo los españoles de entonces, aunque algunos vivan todavía, vieron con los ojos de la verdad lo que estaba sucediendo. Podrían encontrarse explicaciones paralelas en la Alemania nazi o la Italia fascista, regímenes socialistas ambos, pero eso sería una ilusión óptica. Lo cierto es que lo que advino en España al principio de aquella década, la de los 30, fue un guisado con tan podridos ingredientes que bien supieron sus promotores presentarlo en la mesa bajo los sones de una canción bien estudiada, «la alegría del 14 de abril». Pero convendrá detenernos un poco en aquellos movimientos, sucintamente claro. Pues de lo que se trata es de enumerar lo que en toda mente sana se calificaría de golpe de estado.

Primer golpe de estado. El 12 de abril hubo elecciones para decidir quiénes iban a ser los representantes en los ayuntamientos. En buena lógica deberían haberse desarrollado con las garantías democráticas y no se esperaban desórdenes urbanos. Salvo minucias, no las hubo, pero el hervor no estaba en la calle sino en las altas esferas. En los despachos de los políticos y las redacciones de los periódicos. Operaban en el silencio de las cámaras urbanas los respetables conspiradores que tenían como objetivo echar de su asiento áulico al Rey de España don Alfonso XIII, tal y como había sido fraguado y calculado en San Sebastián. El pobre hombre no supo qué hacer. Pidió consejo, aunque todavía no se conocían los resultados finales, y le dijeron que entregase los trastos si no quería que en el país se desencadenase una guerra civil. Los españoles, como podía «constatar» habían hablado y el futuro estaba en la República, un Régimen de casi nulo recuerdo entre la población pero que esta vez, en manos de los señores del Pacto, iba a ser totalmente distinto, pues corrían aires nuevos y el socialismo, con ribetes comunistas, era la solución a los males de la patria. El resultado fue que don Alfonso tomó el camino de Cartagena, pues no quería que por su culpa se derramara una sola gota de sangre. Al día siguiente ya figuraba en España lo que se llamó un Gobierno Provisional.

Como era de prever, horas más tarde se supo que todo era mentira, una farsa, pero a la gente ya le daba igual, pues la famosa y cacareada alegría del día 14 era moneda de cambio en las calles y las plazas, los comercios y en el decir de la gente, a quienes bastó saber que estaban en buenas manos, o sea bajo un Gobierno con todas las garantías, de gente de bien, que entre sus muchas ideas aportaban cambios importantes en la manera de ser de los españoles. Por ejemplo, uno de ellos fue declarar que España había dejado de ser católica. Incomprensible, pues dos de sus ministros eran de misa y comunión. Lo que ocurrió a partir de entonces, ya se sabe, repartición de carteras y quema de iglesias y conventos, persecución y policía, asesinatos y extorsiones. Pero nada de eso se tuvo en cuenta, pues a todas luces era un bien que todo régimen nuevo trae consigo sus propias maneras. Con esta perspectiva se avanzó en la difícil década de los treinta y entramos en el bisiesto 1932.

Segundo golpe de estado. Fortalecido el régimen de los señores instalados en el poder -no se olvide, por un golpe de estado-, tomaron ciertas medidas de control y a consecuencia de estas estuvieron al día de los movimientos que ciertos militares preparaban para hacerles saltar por los aires. En realidad, se puede decir que estos pasos constituyeron en conjunto una insensatez, pues no estaba el horno para bollos ni los que se mostraron proclives reunían un mínimo de garantías para el éxito. Este segundo golpe de estado, que puede calificarse de intentona, aunque hubo muertos, fue lo que se dice una chapuza. La Historia lo ha llamado Sanjurjada, en razón del general pensado para hacerse cargo de la situación.

Tercer golpe de estado. El 19 de noviembre hubo elecciones a Cortes. Algo flotaba en el ambiente que hacía temer a las jerarcas de la izquierda que su endemoniado negocio se iba a acabar de pronto. Era previsible, pues no solo se habían peleado entre ellos comunistas, masones, anarquistas, socialistas, en fin sino que además iban a votar las mujeres. Por otra parte, en Alemania se hablaba del triunfo de un tal Hitler, que iba a ser inminente. Los llantos y lamentos de la Siniestra se oyeron en Villa Cisneros, que era el Guantánamo de la época, lugar adonde habían ido a lamentar sus desdichas los héroes de la «sanjurjada». Los de la Siniestra no lo pudieron soportar. La Derecha gobernando en España, era demasiado. Entonces, a la vista de los poderes otorgados al presidente del Gobierno, este hizo unas componendas a su estilo y en vez de entregar la llave el Poder al ganador lo hizo con el señor Lerroux, y la República fue tirando. Fue tirando hasta que se metió en el 34, un año funesto donde la gente de izquierda, incapaz de aceptar la situación de espera, sobre todo de nuevas urnas, hizo planes y en el otoño de ese año argumentaron una triple asociación de desmanes que tuvo como consecuencia lo que llamaron «revolución» pero que, bien visto, fue un tercer golpe de estado en toda regla. Que fue aplastado. No es el caso de hacer detalle de estas miserias, pero quede en el papel constancia que en este episodio tomaron parte no solo las fuerzas productivas, con armas en la mano y huelgas por doquiera, sino también los separatistas catalanes, que osaron declararse como independientes. Como era de esperar lo pagaron tras las rejas. Pero vayamos a la cuarta.

Cuarto golpe de estado. La inercia de las cosas, pero sobre todo la importancia de los hechos, ha sido la llave que ha operado en favor de las izquierdas para dar cuenta de que lo que ocurrió durante el período completo de la II República fue, y sigue siendo, consecuencia del levantamiento que tuvo lugar en el verano de 1936. Es falso. Lo que pasó el 18 de julio fue un episodio más de la situación creada por la política republicana, a estas alturas de la película trufada de elementos claramente marxistas y comunistas, como se dejó ver en febrero del 1936 con la puesta de largo del llamado Frente Popular. Lo que ocurre es que en esta ocasión el golpe de estado, que lo fue, triunfó. La II República se vino abajo, tras casi tres años de guerra. Y no se me pida hacer relato de estos feos asuntos. Fue este levantamiento militar pero también cívico el que enterró el fantasma marxista-comunista-socialista que nos tenía maniatados. Todo intento de explicar lo ocurrido bajo términos izquierdistas adolece del tinte rojo que lo definió, y así lo han visto y lo ven los historiadores del momento que escriben sobre el asunto. No es que aquella guerra la ganaran las fuerzas del Bien y hundieran en lo más hondo de la Historia a las del Mal; es que en la lucha por la última razón de las cosas que siempre ha caracterizado a España y a los españoles se impuso la Verdad.

Quinto golpe de estado. Finalizaba la guerra civil, es decir la II República, cuando hubo un coronel que se ofreció para conseguir una paz honrosa que mitigara un poco sus desmanes. No lo consiguió, pero hizo cuanto pudo. En rigor, se le llama golpe dentro del golpe, pero es una burda superchería. La II República se caracteriza por haber constituido el período de nuestra Historia -2.939 días- que ha salido más caro última-mente, a golpe cada seis meses, más o menos, lo cual invita a no repetirlo.

Oigan quienes leen: España no está para juegos malabares. Sería de papagayos volver a caer en las trampas de la selva, y la selva está ahí, detrás y junto a señores que acuden muy bien peinados a los actos públicos, donde la caterva de mandatarios europeos no tiene ni idea de lo poco que valen. 

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