La hora de los valientes. Por Jose Luis Isabel Sánchez. Coronel de Infantería ( R )

20 de febrero de 2019 por Redacción FNFF

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Dijo Esopo que “Solo los cobardes insultan al rey muerto”. En el tiempo en que vivimos en el que la valentía se prodiga escasas veces, esta frase se cumple con frecuen­cia, sobre todo cuando “el rey muerto” se identifica con Francisco Franco. Está justificada esta “valerosa” postura en los grupos de izquierdas. No hay que olvidar que Franco impidió que el Frente Popular se adueñase de España e implantase en ella el comunismo. Pero no tiene explicación cuando los ataques provienen de personas que tiempo atrás, cuando “el rey estaba vivo”, le adularon y aplaudieron, actitud que ahora parece avergonzarles y tratan de compensar atacándole e insultándole, o bien no oponiéndose a los que lo hacen, demos­trando en ambos casos ser unos autén­ticos cobardes.

Algunos de los argumentos a los que recurren estos valientes para ofender su memoria son: su pericia militar, su valentía y su derecho a ostentar determinadas condecoraciones.

De la primera es innecesario hablar, aunque algunos, amparándose en su ignorancia, no vacilen en contraponer a sus méritos los de los generales del bando rojo, a los que venció en cuantas batallas se dieron durante la contienda. La pericia en el mando se mide por los resultados, y ganar una guerra es mérito suficiente para acreditarlo, sin desdeñar, por supuesto, el de sus oponentes.

En cuanto a su valor, los ascensos por méritos en el campo de batalla jalonaron su carrera militar. Convertirse en el general más joven de Europa acredita un valor a toda prueba, que tendría que servir para desenmascarar a quienes preten­den no reconocerlo. No olvidemos que, además de obtener tres ascensos por méritos de guerra, fue recompensado con una Cruz de María Cristina y dos Medallas Militares Individuales

La Cruz de María Cristina –creada en 1890 para premiar las grandes hazañas, los hechos heroicos, los méritos distinguidos y los peligros y sufrimientos de las campañas, era entonces la tercera recompensa en importancia, tras la Cruz de San Fernando y el ascenso al empleo inmediato. Esta Cruz le fue concedida a Franco en 1916, siendo capitán de Regulares, en la acción del Biutz, en la que cayó herido de muerte al perforarle una bala el abdomen, a pesar de lo cual se resistió a dejar el mando de su compañía, impidiéndolo la fuerte hemorragia que anunciaba una próxima muerte. En el parte de esta operación figuró como muy distinguido por su incomparable valor, dotes de mando y energía desplegada en dicho combate.

Para quienes no lo sepan o pretendan ocultarlo intencionada­mente, La Medalla Militar Individual era la segunda condecoración en importancia de nuestro Ejército, tras la Cruz Laureada. Según su primer reglamento, la Medalla Militar estaba destinada a servir como recompensa ejemplar e inmediata de los hechos y servicios muy notorios y distinguidos realizados al frente del enemigo. El último reglamento se extiende algo más al decir que se destina a premiar los hechos muy distinguidos, aquellos que sobre­salen muy significativamente del valor exigible a cualquier militar en el desarrollo de operaciones armadas, llevando a acometes acciones de carácter extraordinario que impliquen notables cambios favorables y ventajas tácticas para las fuerzas propias o para la misión encomendada. Francisco Franco recibió esta Medalla en 1922, siendo comandante de El Tercio, en premio a su brillante actuación al frente de la Bandera a sus órdenes, desde su llegada al territorio de Melilla, con motivo de los sucesos de julio de 1921, demostrando sus excelentes cualidades para el mando de fuerzas que influyeron en gran parte en los éxitos alcanzados en los numerosos combates en que tomó parte.

Por si no fuera suficiente una Medalla Militar como prueba de su valor, en 1928 recibiría una segunda, esta vez por la liberación de Koba Darsa y por su actuación en los combates librados desde el 23 de septiembre al 16 de diciembre de 1924, que constitu­yen una serie no interrumpida de hechos distinguidos realizados, unos mandando columna independien­te, otros al frente de la vanguardia o retaguar­dia de las colum­nas,

Solo por mala fe se puede ocultar el valor de Francisco Franco y solo el sectarismo y el odio divulgar tantas mentiras al respecto, a pesar de las pruebas que avalan la valentía de quien combatió y se jugó la vida durante tantos años en Marruecos, convirtiéndose en el más prestigioso militar del Ejército español.

Ante la imposibilidad de ocultar estos hechos, recurren los malintencio­nados a denigrar la figura de Franco diciendo que “sus compañeros” le negaron la Cruz Laureada de San Fernando que había solicitado en 1916.

Nueva mentira. Por disposición del General en Jefe del Ejército de España en África se le abrió juicio contradictorio para determinar si reunía las condiciones precisas para que se le concediese la Cruz Laureada. Es éste un trámite obliga­torio fijado por reglamento para determinar si los méritos se ajustan a las exigen­cias del mismo para la concesión de la Cruz. Tras un dilatado proceso en el que declaran multitud de personas, en unos casos el resultado es positivo y en otros no, siendo este último muy normal y que no arroja descrédito alguno para un militar, antes al contrario, ya que el hecho de abrirse dicho juicio a un individuo ya supone un honor al habérsele conside­rado digno de recibir tan alta recom­pensa.

Otro de los ataques va dirigido a la concesión de la Gran Cruz Laureada de San Fernando al término de la Guerra Civil. Este tema ha dado lugar a falaces artículos en los periódicos La Razón (2001) y ABC (2012), amparados en burdas mentiras y fantasías de pseudo-periodistas.

Franco recibió la Gran Cruz Laureada de San Fernando porque lo merecía, amparado por un reglamento que decía: La Gran Cruz solamente se concederá a los generales en jefe de los Ejércitos de mar y tierra a propuesta del Consejo de Ministros previo informe favorable de la Asamblea de la Orden.

¿Era Franco general en jefe? Sí.

¿Fue concedida por el Consejo de Ministros? Sí.

¿Fue informada favorablemente por la Asamblea? Sí.

Entonces, ¿a qué vienen esos ataques? Únicamente el odio y el revan­chismo pueden provocar esas provocaciones infundadas e innecesarias.

Resultan risibles los errores cometidos por quienes difunden semejantes patrañas. Son tan inútiles que ni siquiera han sido capaces de leer el reglamento vigente y si lo han leído su intelecto ha sido incapaz de entenderlo.

Los artículos aparecidos en La Razón los días 11 y 12 de diciembre de 2001 obligaron a quien esto escribe a exponer al entonces Director, el Sr. Ansón, los siguientes errores que se habían cometido:

  1. En primer lugar, la Real y Militar Orden de San Fernando no fue creada en 1812, sino en 1811, un detalle sin importancia pero que no dice mucho de las dotes investigadoras de los autores.
  2. Escriben que el general Dávila otorgó a Franco «la Gran Cruz Laureada en la categoría máxima de Generales en Jefe». Otro error: tan sólo ha existido una clase de Gran Cruz –también llamada en otros tiempos Cruz de 5ª clase-, la misma que recientemente se le había concedido a Mola, López Ochoa, Batet y Sanjurjo.
  3. En cuanto a la visita de Alfonso XII a Espartero en 1876 en su retiro de Logroño resulta más verosímil la versión de que aprovechando su estancia en el Norte de España, Alfonso XII visitó a Espartero para cumplimentarle, puesto que no hay que olvidar que, además de haber sido Regente del Reino, unos años antes había sido candidato a la corona de España. Pudo Espartero aprovechar esa visita para hacerle entrega de la Placa de la Gran Cruz de San Fernando que poseía y que el Rey tenía derecho a usar como Soberano de la Orden y no usaba debido, quizá, a no tenerla en su poder. Resulta ridículo pensar que Alfonso XII necesitase que alguien le impusiese dicha condecoración, ni a Espartero le correspondía hacerlo.
  4. Lo de que «la Gran Cruz Laureada al morir la persona que la ostentaba debía conservarse en museos militares», etc. etc. es un invento de los autores del artículo, al igual que «quien la detentase podía entregársela al Rey de España, aunque no hubiera participado en hechos de armas». Los Reyes tenían derecho a usar la Gran Cruz de San Fernando, al igual que las Grandes Cruces de otras Órdenes –Mérito Militar, San Hermenegildo, Carlos III, Isabel la Católica...-, sin necesidad de haber «participado en hechos de armas» porque eran Soberanos de las mismas. Los autores podrían haber consultado los Anuarios Militares y comprobado que el Rey aparece entre los Caballeros Grandes Cruces de todas las mencionadas Órdenes, alguna otra, como la del Mérito Militar, concedida por hechos de guerra. En cambio, los autores del artículo aseguran que Alfonso XII no intervino en hecho alguno de armas, y esto tampoco es cierto, ya que se incorporó al Ejército del Norte en 1876 y hasta corrió algún que otro peligro ¿En qué quedamos?
  5. Efectivamente, Alfonso XIII regaló al general Marina la Gran Cruz de San Fernando como agradecimiento a su actuación en Marruecos, pero este hecho, posiblemente, no tendría otro sentido que el de honrarle, y no se trata de un caso aislado. Al soldado Antonio Fuentes Clemente le regaló la Cruz Laureada en 1914 el Príncipe de Asturias, y era normal que los oficiales de los regimientos regalasen la condecoración a sus compañeros, como homenaje y para hacer frente a su elevado valor por tratarse en muchos casos de una joya.
  6. El que a Franco se le impusiese la Gran Cruz perteneciente al general Marina se pudo deber a que en ese momento no había otra disponible. No quedaba con vida ningún Caballero que poseyese la Gran Cruz, por lo que se tendría que recurrir a los familiares de alguno. Parece ser que estaba con vida la viuda del general Marina y, quizás la de algún otro de los generales mencionados en el apartado 2. Se debió acudir a la primera dado que aquella condecoración encerraba un gran valor por pertenecer a quien había pertenecido; de eso a «exigir» que se le impusiese media un abismo, pero claro, los autores tienen que continuar con su papel...
  7. Es falso que el general Ruiz Martín «reclamó» la Placa de Espartero tras la muerte de Franco. El Museo no tenía derecho a ella estuviese en manos de quien estuviese, tan sólo podía sugerir su donación o depósito, como así hizo y lo prueba la carta reproducida por La Razón al día siguiente.
  8. Desconozco si Franco fue ayudante del general Marina o no, pero, aunque lo hubiese sido, ¿a qué se podían deber las ansias de «venganza» hacia su «antiguo jefe»?, ¿qué motivos podía tener?¿cómo es posible que los autores posean una información que parecen desconocer los familiares más íntimos del general Marina, como lo demuestra el que no dudasen en regalarle tan preciada condecoración? Es inútil tratar de hallar explicaciones, pues las intenciones de los autores están muy claras.
  9. Franco no tuvo por qué hacerse «otorgar la Gran Cruz», opinión gratuita de los autores, empecinados en la ofensa. Le correspondía por Reglamento como general en jefe victorioso. Además, ellos mismos recogen que don Juan expresó que se consideraría muy dichoso si aceptaba recibir la Gran Cruz, «recogiendo el común sentir y justificado anhelo del glorioso Ejército de Tierra, Mar y Aire Español». ¿En qué quedamos, se la otorgó él o decidieron los demás que le correspondía? Por otra parte, hay un decreto de concesión, firmado por el Ministro de Defensa Nacional, que los autores no se han molestado en leer. La realidad es que se cumplió con lo reglamentado, puesto que se concedió «a propuesta del Consejo de Ministros previo informe favorable de la Asamblea de la Orden». Todos nuestros héroes, los Caballeros Laureados que componían la Asamblea, se mostraron conformes con la concesión, y su máximo represen­tante, el general Varela, único Bilaureado con vida, fue quien se la impuso; ¿no les parece suficiente ese refrendo?
  10. Si en algo se muestran de acuerdo la casi totalidad de los biógrafos sobre la figura de Franco es en su gran valentía, avalada por las dos Medallas Militares que lució en su pecho, aunque a algunos les moleste. No ganó la Laureada simplemente porque no reunía los requisitos que exigía el Reglamento. Alfonso XIII no fue quien se la «negó años antes por falta de méritos»; esa es una frase engañosa, puesto que el Rey se limitaba a avalar con su firma las decisiones del Gobierno. Se exigió, como era preceptivo, un juicio contradictorio, muy severo, por cierto, y en él se determinó que no le correspondía, y nada más. Sobra «sus propios compañeros de armas le negaron la Cruz Laureada», que es otra frase malintencionada de los autores.
  11. En lo único que sí puedo dar la razón a los autores es en que Franco usó una Placa que no le correspondía, la perteneciente a la Cruz Laureada, pero eso se puede considerar como un pecado venial, como lo prueba que a partir de 1978 se adoptase como tal. Ante este nimio desliz, es desproporcionado que se manipulase la colaboración del señor Sampedro aparecida el día 11, haciéndole decir que Franco la «lucía ilegalmente». ¿Tan pocos recursos tienen que han de recurrir a esa felonía?

En cuanto al segundo de los artículos, más desafortunado y engañoso, si cabe, que el primero, los autores, en lugar de arrepentirse del increíble cuento sobre la “Laureada”, vuelven al ataque, y si bien se retractan de algunas de sus tontas afirmaciones, siguen manteniendo otras:

  1. Ya se ha mencionado el triste apaño de la colaboración del señor Sampedro, descubierto en la edición del día12, pero a pesar de ello, los autores siguen afirmando que Franco «se otorgó» la Gran Cruz, sin que de nada les valga que el señor Sampedro escriba que «el Gobierno de España» «concedió la Laureada al Generalísimo Franco». Hay que ser tontos para no haber hecho desaparecer esta afirmación en la primera colaboración, pues ello no hubiese empeorado la fechoría cometida.
  2. En el primer artículo no les debió interesar a los autores incluir la carta del general Ruiz Martín, en la que éste reconocía que el motivo de imponer a Franco la condecoración de Marina había sido «la imposibilidad de conseguir otra», pues ello les hubiese impedido incluir otra tontería más, como la de que Franco «exigió que se le impusiese esta Gran Cruz». Tampoco sirve de nada que el señor Sampedro asevere que las hijas del general Marina «no sólo prestaron, sino que regalaron la cruz, orgullosas de que luciese en el pecho de Franco». Evidentemente, no parece casar la exigencia con el regalo.
  3. Por lo menos se arrepienten de una de sus penosas afirmaciones, la de que «Alfonso XIII le negó años antes por falta de méritos», ya que en esta segunda entrega reconocen que en realidad quien denegó la concesión de la Laureada a Franco fue el Gobierno, a quien correspondía, y que «Alfonso XIII firmó dicha orden aunque no fue quien la denegó». ¿Por qué no pensaron un poco antes de escribir?

 

Se volvería a cometer el anterior desaguisado en el periódico ABC del 1 de julio de 2012. Con ocasión de la imposición de la Corbata de San Fernando al Regimiento de Alcántara, un profesor de la Universidad Complutense, tan desinformado como los anteriores autores, volvió a cometer los mismos o parecidos errores. Quien esto escribe se los detalló así al citado profesor:

  1. La cinta de la Orden de San Fernando no es “roja”, sino roja carmesí con los cantos amarillos o amarillo-anaranjados.
  2. Al Regimiento de Alcántara no se le concede la Cruz Laureada de San Fernando sino la Laureada Colectiva de San Fernando; la Cruz Laureada solo se puede conceder a título individual.
  3. El nombre correcto no es Real Orden Militar de San Fernando, sino Real y Militar Orden de San Fernando.

4.- No es la primera Laureda Colectiva en aprobarse en casi 40 años, sino en casi 70.   

  1. El último héroe en ser premiado con la Cruz Laureada no fue el capitán Jaime Galiano, sino Jaime Galiana.            
  2. La afirmación de que la Gran Cruz se le otorgó a Franco sin exigírsele el juicio contradictorio parece llevar implícita cierta sensación de favoritismo por parte de quien la concede y de menosprecio por parte de quien lo escribe, cuando la realidad es que la concesión de la Gran Cruz no exige juicio alguno, pues según el reglamento aplicado no requiere ningún trámite al atenderse tan solo para su concesión a la  importancia de los méritos y servicios, que, dicho sea de paso, no pudieron ser mayores: la victoria en una guerra durísima. Y sobre este asunto se ha publicado hace varios meses un documentado estudio en el último número extraordinario de la Revista de Historia Militar.
  3. El escribir que la Gran Cruz de San Fernando se la concedieron a Franco “sus generales” es otra muestra de maniqueísmo. El reglamento entonces vigente dice bien claro que se concederá a propuesta del Consejo de Ministros, y así se hizo, ya que la decisión partió del Gobierno, firmando el decreto de concesión el Vicepresidente del mismo a propuesta del Ministro de Defensa Nacional. Si bien ambos eran “generales de Franco”, como Vd. escribe, el resto del Gobierno eran civiles, excepto Martínez Anido. ¿A qué viene ocultar esas verdades? ¿Teme que le tachen de franquista por contar lo que es cierto? La verdad tiene que estar por encima de todo cuando se escribe sobre la Historia.
  4. Es muy aventurado dar el número exacto de Cruces Laureadas concedidas desde 1811, cuando todavía ni siquiera quienes se dedican desde hace quince años a la investiga­ción sobre la Orden –entre los cuales me encuentro- no han terminado su trabajo y no están seguros de él. Dice Vd. que son 1.709, número extraído, sin duda, de la obra “La Real y Militar Orden de San Fernando”, que, por cierto, no cita. No entiendo por qué no escribe que son 1.715, pues le faltan las seis concedidas por los monarcas carlistas, que respetaban el mismo reglamento que los cristinos, y que también se incluyen en dicho libro.
  5. A las unidades republicanas no se les pudo nunca conceder la Cruz Laureada pues su Gobierno rechazó la oportunidad de hacerlo –al contrario que los carlistas en guerras civiles anteriores- y crearon su propia condecoración al valor, la “Placa Laureada de Madrid”, cuya concesión se atiene a un reglamento que nada tiene que ver con el de la Orden de San Fernando.

Como se puede apreciar, el mundo de los malintencionados, como el de los tontos, es infinito. Esperemos nuevos ataques en próximos artículos, que de nada servirán pues la verdad siempre prevalecerá.            

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