Un negro episodio de la guerra civil en Mora de Toledo

21 de mayo de 2019 por Redacción FNFF

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Mª Teresa Carmona

Boletín Informativo FNFF nº 118 Pág. 10

 

Mi nombre es Mª Teresa, y esta es la Memoria Histórica de mi familia.

 

Uno de los peores episodios en Mora de Toledo tuvo lugar el viernes 21 de mayo de 1937. Según los diarios de guerra, el 16 de mayo de 1937 terminan los combates en el sur del Tajo con la reconquista de Argés (Toledo) por parte de los republicanos.

 

El día 20 llegaba a Mora de Toledo la funesta columna Líster... Así era popularmente conocida, pues la lideraba Enrique Líster, jefe del famoso Quinto Regimiento. Convertidas las milicias en unidades regulares, pasó a ser la 1.ª Brigada Mixta del Ejército Popular, y Líster uno de los jefes militares que gozó de más prestigio en la zona republicana. Participó en todas las batallas importantes de la guerra, Jarama, Guadalajara, Brunete, Belchite y Teruel, al mando ya de la famosa 11.ª División, auténtica fuerza de choque del ejército republicano.

 

Después de llegar Enrique Líster con sus tropas a Mora de Toledo, nada más entrar Líster en el pueblo, y tras una arenga en el teatro local, mandó detener a los que olían a cera y todavía seguían vivos… A pesar de que se le hizo ver que ya todos estaban muertos, se detuvo a una veintena de personas, entre ellos a mi bisabuelo Adrián Maestro Rodríguez, y a mis tíos abuelos Adrián Maestro Maestro e Isidoro Maestro Maestro. Mi bisabuelo y su hijo Adrián venían de la bodega. En esos momentos también llegó Isidoro, que acababa de terminar la carrera de Medicina y ejercía como médico en el hospital que los republicanos habían instalado en Mora.

 

En ese momento aparecieron unos republicanos marxistas, o milicianos como se les llamaba entonces, de los cuales omito los nombres; aporrearon la puerta, y les dijeron a Adrián, padre e hijo, ante su esposa e hija, que se te nían que ir «a declarar». Isidoro les dijo a los milicianos: «Yo también voy a acompañar a mi padre y mi hermano», a lo que los milicianos le respondieron: «No, tú no vienes». Él les contestó: «Donde vayan ellos voy yo». Los tres se despidieron de mi bisabuela Anastasia y de mi abuela Teresa.

 

Esa noche se los llevaron junto con otros doce hombres más y cinco mujeres, y según cuentan testigos y los mismos asesinos, después de someterles a abusos, amputación de miembros, asesinándolos en un lugar llamado «Las Trincheras» en Mora. Estos testigos cuentan que fue de una crueldad impresionante. Allí, en una fosa común, reposaron sus restos; una vez terminada la guerra, fueron a reconocerlos mi abuela, mi bisabuela y una amiga de mi abuela; los recogieron en sábanas para trasladarlos a la Capilla de los Mártires en la iglesia de Mora. Mi tío Isidoro tenía las manos atadas a la espalda con una cuerda y había recibido balas en su cuerpo.

 

Esa noche apresaron también a mi abuela, con otras jóvenes. Iban juntas ella y su amiga y vecina Pilar, que vive y recuerda todo lo ocurrido. Las llevaron al calabozo del ayuntamiento; allí se acurrucaron unas junto a otras, con muchísimo miedo, ya que en el ayuntamiento estaban asesinando a un carnicero de Mora que como era un hombre muy corpulento y se intentó escapar le fueron persiguiendo a balazos hasta que le asesinaron. Mientras esto acontecía, llegaron al calabozo donde estaban ellas, milicianas o republicanas con unas chicas jóvenes de la villa de Don Fadrique a las que habían dado una paliza y llevaba el brazo roto una de ellas. Llorando, también pasaron dos de las mujeres que asesinaron junto con mis tíos y bisabuelo, y que están en proceso de beatificación; a éstas se las llevaban del calabozo. Al amanecer, las sacaron del calabozo a mi abuela y a las demás; ellas se negaban a salir, pues creían que las iban a matar; las forzaron a salir y las llevaron a limpiar la sangre que había en varias dependencias del ayuntamiento del señor que esa noche habían asesinado; después las trasladaron al colegio de la compañía Santa Teresa de Jesús, en Mora, para que quemaran los archivos; ellas se negaron, y las milicianas las pegaron con palos. Mientras esto ocurría, llegó un miliciano y que ordenó a las milicianas que las dejaran, que iban a dejarlas libres. Mi abuela y las demás se fueron lo más rápido que pudieron. Esa misma noche el padre de la amiga de mi abuela que había estado presa con ella, Pilar, que era de izquierdas, pero no estaba de acuerdo y no participaba en nada de lo que estaba ocurriendo, vino a mi casa y le dijo a mi bisabuela: «Anastasia, vete con tu hija que hoy en el Comité están diciendo que van a venir a buscaros». Un vecino con un carro y un caballo las llevó al tren y huyeron a Valencia a la casa de unos exportadores de aceite de oliva con los que tenían amistad, ya que compraban el aceite que en casa se elaboraba. Ellos las acogieron en su casa hasta pasada la guerra. Después tuvieron que empezar de nuevo, con la cosecha de aceituna que estaba en los olivos aún, y con este dinero poner en marcha de nuevo el negocio familiar.

 

Esta es la historia de mi familia; en casa mi abuela nunca hablaba de ello, sólo cuando en la televisión salían Enrique Líster o Santiago Carrillo, se le llenaban los ojos de lágrimas y mandaba apagar el aparato. Esta historia me la contaron mi vecina Pilar, que es como de la familia, y testigos de la guerra.

 

Yo estoy muy orgullosa de mi familia, de mis tíos por su testimonio de vida, murieron por ser honrados, por tener un patrimonio más o menos importante, y por ser católicos. Próximamente, beatificarán a una religiosa y dos mujeres asesinadas ese mismo día junto a ellos, y de mi abuela y bisabuela por su capacidad de perdón y por su valentía, después de perderlo todo comenzaron de nuevo, dando trabajo en el campo a la gente y ayudando a mucha gente que estaba pasando hambre.

 

Actualmente, por desgracia, están intentando manipular la historia, sólo quieren contar parte de la historia y a su manera, y volver a revivir todo aquello. Si quieren abrir de nuevo las causas que reclaman los republicanos, que lo hagan, pero también tendrán que revisar los asesinatos como el de mi familia. Sólo en Mora asesinaron a más de 70 personas; en los Yébenes, donde asesinaron a mi bisabuelo por parte de mi padre, también hay más de 50; en Orgaz y en otros pueblos de la provincia de Toledo fueron numerosos los asesinados.

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