La misteriosa Olga Moscovici ¿espía o farsante? (Badajoz, 1935), por Moisés Domínguez

31 de enero de 2020 por Redacción FNFF

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Moisés Domínguez Nuñez

Desde mi campanario Blog

 

Por Badajoz, plaza fuerte abaluartada y ciudad de frontera, han pasado todo tipo de personajes pintorescos y estrambóticos. La suerte que tenemos los historiadores es que, en este caso, se han conservado los registros de los puestos fronterizos, tanto de España como de Portugal, así como la hemeroteca de la prensa local a ambos lados de la frontera. En los últimos dos siglos, en el lado que nos ocupa, personal del cuerpo de Carabineros y Guardia Civil han comprobado la documentación y autorizado el paso de la frontera a todos los ciudadanos que contaban con el pasaporte en regla. En caso de advertir alguna sospecha o disconformidad, se daba traslado a la autoridad gubernativa, siempre en contacto con algún gacetillero local ávido de colocar información de alcance en su periódico. Prensa y poder siempre han ido de la mano.

Hubo un tiempo en España, concretamente durante el periodo de entreguerras, en que una raza especial de mujeres se dejaron ver en los registros periodísticos de la época. Una de ellas fue la alemana Margarita Stein, supuestamente la peligrosa agente 330. Su historia ha sido recogida en un magnífico artículo escrito por Enrique Nielsen para Huelva Buenas Noticias, aunque es necesario decir que el autor confunde para qué potencia trabajó esta joven. El carabinero Juan González Ramírez la conoció bien. Tuvo la mala suerte de encontrársela cuando la chica bajaba del barco de la Bahía en Puerto Real el 14 de abril de 1932, aniversario de la República, y le dio un disgusto.

 https://huelvabuenasnoticias.com/2018/02/03/el-enigma-de-la-joven-margarita-stein/

En el referido artículo de Huelva Buenas Noticias sale a relucir otro nombre de mujer que sobresale por su relación con Badajoz. Se trata de Olga Moscovici (en ruso: Москвич). A veces, también, escrito por los gacetilleros de la época como: Moskvic, Moskvich, Moskovich, Moskvitch, Muskovich, Muskowich… En ruso, ese apelativo quiere decir “moscovita”.

Por su imagen, esta joven también dio mucho juego a la prensa sensacionalista de la época. Sobre las fotos que publicaron de ella, la escritora cartagenera Lola Gutiérrez ha tenido la amabilidad de hacerme una valoración psicológica completa. No la podía haber descrito mejor:

“Una mujer ruda; muy fuerte. Aún guardaba un toque femenino al conservar las pulseras, aunque no lleva el mono típico de las milicianas; en algunos puntos la comparo con ellas. Resulta una mujer explosiva e independiente, de esas que te convencen cuando te hablan de libertades, pero con un toque de delicadeza, dulzura y melancolía en sus facciones. Aunque todo el conjunto es el velo perfecto de una ninfómana; una devoradora de hombres. Ésta podía ser perfectamente de las que te cortaba el cuello si te atrevías a toser a su lado”.

La joven procedía de París y en su deambular por las tierras de España, con afán aventuro, la acompañaban dos amigos: Peters Francis y Joseph Cabaches. Juntos recorrieron las principales poblaciones españolas, hasta que al llegar a un pueblecito valenciano los dos varones le quitaron su documentación, la dejaron en el camino y pusieron pies en polvorosa. Por esos azares que se cruzan en la vida, en el mes de mayo de 1935, la exótica Olga Moscovici apareció en Badajoz sin recursos y muerta de hambre.

Esta muchacha, de 25 años de edad, claros ojos azules y sonrisa franca, que circulaba por la ciudad con pelo corto rubio engominado, una cartera de viaje llena de lápices, un cuadernillo y estilográfica, vestida con traje masculino (sombrero de ala ancha, polainas, gabán y camisa de hombre), llamó poderosamente la atención en esta ciudad de fronteriza. Toda una provocación para la sociedad de la época, y más cuando fumaba como un carretero. No pasó inadvertida por la tertulia de la cafetería El Gallo, ubicada en la que entonces era denominada Plaza de la República.

Rápidamente, agentes del cuerpo de Seguridad y Vigilancia la detuvieron por su posible origen soviético; una K o una W en el apellido era una tentación para cualquier agente de la autoridad celoso de su deber. La policía republicana española sospechaba que se trataba de una presunta espía comunista. En su declaración ante el Juez de Guardia afirmó que había estudiado en la Universidad de la Sorbona. El motivo de su viaje es que era una escritora bohemia en busca de inspiración para el próximo libro que iba a publicar. Para ello había venido a conocer las costumbres y usos de los habitantes españoles. En su mente habitaba la imagen del típico gitano tocando una guitarra a la luz de la luna y una buena moza morena con facas en la ligas. Poco más o menos que el mito de la Carmen de Merimée y la imagen deformada de la España del XIX que popularizaron los escritores románticos. El Juez de Guardia, poco amigo del romanticismo, no se dejó engatusar y ordenó la expulsión inmediata por la frontera de Caya. De allí se trasladó a Lisboa.

Pocos días después, el 4 de Junio de 1935, Olga Moscovici intenta regresar a España. En lugar de cruzar la frontera por el pequeño puente que separa Portugal de España, la bella joven da un rodeo y atraviesa a pie el minúsculo caudal del río Caya. Los carabineros que patrullaban por la frontera le dieron inmediatamente el “alto” y le requirieron el pasaporte. Fingió hablar poco español; dice “¡Qué bonita es España!” y se dirige a los agentes de la autoridad en un perfecto francés. La treta no le sirvió de nada. Al estar indocumentada, es puesta a disposición de agentes del Cuerpo de Vigilancia y Seguridad por quebrantamiento de la orden de expulsión dictada contra ella. Nuevamente vuelve a los calabozos de la Delegación del Gobierno, donde había estado detenida una semana antes, pero esta vez a disposición del Juez de Instrucción.

Amable y cordial con cuantos hablan con ella, no opuso resistencia a que el fotógrafo Fernando Garronera le hiciese unas fotos para la revista gráfica “Estampa”. El fotógrafo local Antonio Pesini, que trabajaba para el diario “Ahora”, le hizo otro reportaje fotográfico. Como ya había sido expulsada de España por Portugal, uno de los reporteros le preguntó la posibilidad de que la trasladasen a la frontera con Francia, a lo que ella muy alterada respondió que “de ninguna de las maneras quería regresar a París”. La detenida mostró un vehemente deseo de ingresar en la Cárcel Provincial de Badajoz, sita en el Palacio de Godoy, antes que ser expulsada de nuevo. Al poco, sus deseos se hicieron realidad y el Juez ordenó su ingresó en el Módulo de Mujeres de la Prisión Provincial.

La noticia corrió como la pólvora por todas las redacciones y agencias de noticias de España. La muchacha se pasó unos días entre rejas. A través de los barrotes recibió visitas de periodistas y curiosos ávidos de conocer su historia de primera mano. Para que colaborase, le llevaron paquetes del sabroso café “O Camelo” y cigarrillos rubios, muy apreciados en la penitenciaría.

Entre esos periodistas cabe destacar el colaborador de la revista “Estampa”, desplazado en exclusiva desde Madrid, Manuel Fernández-Cuesta Merelo, hermano del que fuera años después Ministro de la Secretaria del Movimiento Raimundo Fernández-Cuesta. Este pediatra y periodista fue director y fundador del diario deportivo “Marca” en 1938 y de la revista “Fotos”.

La entrevista se realizó en francés, idioma materno de Olga. Ella se presentó con el puño en alto y saludando al “tovarich” con un sonoro ¡Salud!. El reportero empezó preguntándole si era “journaliste” como se rumoreaba en los corrillos, a lo que ella respondió que no, que tiene 22 años, que es natural de Moscú y que lleva desde los 20 dando bandazos por media Europa (Rumanía, Hungría, Alemania, Italia, Austria, Inglaterra y Portugal) en una misión secreta y de lo más importante a favor del Partido Comunista Ruso. En donde ha encontrado más dificultades ha sido, precisamente, en España, dado que las gentes de lugar ven raro que una mujer viaje sola.

El periodista le preguntó sobre sus medios de vida, a lo que respondió que disponía de una herencia que había recibido por parte de su padre. No muy convencido, el reportero de Estampa insiste en la pregunta. Esta vez, la joven deja en el aire la respuesta. Seguidamente, no muy convencido, Fernández-Cuesta le inquiere sobre las circunstancias que la llevaron a Badajoz. Ella le responde que para vengar la muerte de su padre: Piotr Muskovics.

Aquí Olga dio rienda suelta a su imaginación y le contó al periodista una historia fantástica, donde dejó caer que su padre, médico en San Petersburgo, fue asesinado a culatazos por los cosacos del Zar por ser un activista, agitador, traidor y no profesar la religión cristiana ortodoxa (la familia de Olga era de ascendencia judía). Todo ello ocurrió antes de la Revolución de 1917. A la muerte del médico, éste dejaba a dos niñas (Olga y Tania) totalmente huérfanas, pues la madre había muerto de enfermedad natural años atrás. Los cosacos del Zar saquearon su casa y se llevaron todos los documentos y libros de su padre. Después triunfó la Revolución, su hermana murió y ella vino a España a rematar su misión justiciera. Buscaba en España al instigador o instigadora de la muerte de su padre.

Poco convencido con el relato que acababa de oír, el periodista le informó de que si volvía a infringir la Ley, se le aplicaría la Ley de Vagos y Maleantes y le caería un año de cárcel. Ella le susurró al oído una respuesta que dejó al reportero, hombre de mundo, boquiabierto. Manuel Fernández-Cuesta afirmó que no la reproducía en su articulo por ir en contra de sus creencias religiosas y “por pudor hacía sus lectoras”.

Las dos últimas preguntas que hizo, realmente, eran intrascendentes: “¿Qué político español le parece más interesante? ,¿Qué literatos rusos son sus favoritos?” A la primera pregunta, Olga Muskovics respondió que ninguno y a la segunda, Gorki y Andrevich.

El reportaje de Manuel Fernández-Cuesta salió publicado a varias páginas en el número 387 de la revista “Estampa”, de 15 de junio de 1935, bajo el título “La misteriosa Olga Muskovics quiere vengar la muerte de su padre”. Olga Moscovici no debía ser muy hábil mintiendo, pues desde el primer momento, el periodista deja claro que lo dicho por la joven hay que ponerlo en cuarentena, porque hay mucho de fantasía en su relato.

Para la autoridad gubernativa, tener en España a una hipotética espía de los Soviets era una temeridad. El 10 de junio de 1935 fue sacada de la cárcel y conducida por una pareja de la Guardia Civil hasta Olivenza. Allí la subieron en un tren y se aseguraron de que era conducida a Portugal en cumplimiento de una nueva orden de expulsión. Era la segunda vez que había sido expulsada de España, la primera de ellas por el propio Badajoz.

Olga Moscovici estuvo deambulando por Portugal hasta que fue detenida por la Policía Internacional Portuguesa en la población fronteriza de Mourão, cerca de Villanueva del Fresno. Fue llevada a Elvas y expulsada de Portugal, el 17 de junio de 1935 por el puesto fronterizo de Caia. Ya no se supo más de ella.

Como hemos visto, Olga Moscovici le contó al periodista Manuel Fernández-Cuesta una novela al más puro estilo de Julio Verne inspirada en su magnífico libro Miguel Strogoff. Sin embargo, la realidad suele ser menos novelesca. Todo son especulaciones con respecto a Olga. Lo único cierto y verdad es que esta joven no era rusa, sino una judía nacida el 20 de junio de 1911 en París y criada en Francia (Le Havre) de padre rumano (Janon Moscovici) y madre de ascendencia alemana (Pessa Kok).

Dominaría varias lenguas (francés, rumano, alemán , yiddish como  mínimo  y chapurrearía el español-portugués), por lo que no tendría dificultad para desplazarse por Europa. Contrajo matrimonio en París con el polaco nacionalizado francés Aron Ornstein el 21 de febrero de 1934 ante el notario Louis Le Roux, siendo testigos del enlace los hermanos de su esposo, Henri y Maurice Ornstein. Se fueron a vivir al número 7 de la Rue de La Tour en París, donde su esposo tenía un taller de moda para señoras. ¿Qué motivación podría mover a que una mujer casada abandonase a su marido y emprendiese una incierta aventura por el sur de Europa? Intentemos desvelar el misterio.

Siendo agente de la Internacional Socialista, lo lógico es que participase en la Guerra Civil Española, al menos como intérprete de las Brigadas Internacionales. Sin embargo, no está en la lista de judíos que participaron en la guerra. Ni con el apellido de soltera ni de casada. No hay rastro de ella. Tampoco está en la lista de judíos fallecidos en el holocausto ni en la de los que sobrevivieron.

No obstante, sí que hay un registro de su esposo, Aron Orenstein, que indica que éste sobrevivió a los campos de concentración y pasó a Moscú. De ella, no se sabe nada. Seguramente la cogieron los nazis.

Un detalle particular. Aparece como testigo de boda el hermano de su marido, Henri Ornstein (Henri Duro). Espía profesional francés durante la II Guerra Mundial. Judío de ascendencia rumana. Esta muchacha bien pudo trabajar en la célula de Duro. (Debo esta información a un buen amigo sevillano que me ha ayudó en mi investigación).

Poco son los datos disponibles en la prensa de la época. Por lo que el proceso de investigación ha sido muy laborioso. En Badajoz, el paso de esta espía no dejó ninguna huella. Según me expresa mi amigo Francisco Cebrián: “Ni en la Hemeroteca Pública ni en la de la Sociedad Económica de Amigos del País hay nada de esta espía rusa. El periódico Hoy ha quitado su servicio de documentación”.

Entrando en el mundo de las elucubraciones me pregunto: ¿qué lleva a una joven con aspecto y comportamiento de hombre a querer ingresar en una cárcel de mala muerte como era la de Badajoz en 1935?. A su vez, ¿qué espía, que se precie como tal, hace esa ostentación y propaganda de su condición? Su teoría no se sostiene por ningún lado.

La última referencia periodística a esta “espía rusa” salió publicada en el diario cubano La Marina el 13 de septiembre de 1935 y daba cuenta la detención de Margarita Stein y de Olga Moscovici, que fueron puestas en libertad cuando lograron persuadir a las autoridades de que no estaban entregadas al espionaje.

¿Qué pasó después con esta mujer? Lo desconocemos todo, pero su vida ha sido novelada por el escritor y periodista Rafael Torres Mulas en la obra titulada “Ese Cadáver” (edita Ollero y Ramos, 1998). El final que se narra, acaecido durante la Guerra Civil Española, es terrible.

En el caso de Margarita Stein sí sabemos que en la posguerra pudo rehacer su vida y casarse con Enrique Casasús Barrís. Leipzig 1905 – Barcelona? 1957, hijo de comerciante de vinos catalán establecido en Leipzig. Crió dos hijos (Tito y Titi), que a su vez han tenido descendencia. Viven en Francia. Me gustaría pensar que la historia de Olga también tuvo un final feliz.

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