La religiosa Apolonia Lizárraga y Ochoa de Zabalegui, por José A. Armada Sarria

02 de septiembre de 2021 por Redacción FNFF

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José A. Armada Sarria

General de Estado Mayor

Afán nº 25

 

Los días previos a la persecución abierta

La religiosa Apolonia Lizárraga y Ochoa de Zabalegui (Apolonia del Santísimo Sacramento), de 69 años, natural de Lezáun (Navarra), era Superiora General de la Congregación de Carmelitas de la Caridad. Benedicto XVI la beatificó en Roma en 2007. Durante su mandato, de 1925 a 1936, fundó 4 casas de la congregación en Francia, otras 4 en España y una en Argentina.

Durante la proclamación de la II República en muchas cartas, la Madre Apolonia alentaba a sus hijas espirituales a afrontar persecuciones que ya asomaban en una desolada España. En la primavera de 1936 escribía: “Todos dicen que se esperan cosas terribles y hay un pánico general; son tiempos de verdadera persecución contra Dios, y claro, las primeras que hemos de sufrir las consecuencias somos sus religiosas, así que bendito sea Dios que así lo permite. Él nos dará fuerzas”.

En una visita al Obispo Irurita en el Palacio Episcopal, a la vista de un tapiz que representaba el martirio de un santo, la Madre le dijo a la hermana que le acompañaba una especie de profecía: “¡Qué dichosos son los mártires! Tal vez al Señor Obispo le quepa esta suerte.”

Quema de imágenes cristianas en la plaza de Vic... conventos asaltados

La Madre Apolonia residía en el Convento de las Carmelitas de la Caridad en Vic. El 21 de julio llegaron a la “Ciutat deIs sants” milicianos de Barcelona creando pavor y destrucción. Son famosas las escenas de la Plaza del Mercado donde se habían reunido miles de objetos religiosos, libros, estampas e imágenes para ser incendiados

Pronto los conventos serían asaltados e incendiados junto a muchas iglesias. La Madre Apolonia fue advertida de madrugada, el mismo día 21, de que el convento iba a ser quemado. Arriesgando su vida fue buscando refugio a las hermanas de su comunidad, especialmente a las novicias y enfermas.

Cacheada por milicianas en la estación de tren

El 2 de agosto huía a Barcelona en tren. En la estación unas milicianas obligaban a todas las mujeres a desnudarse para cachearlas buscando dinero, y hubo de pasar por ese mal trago incluso cuando llegó a la Ciudad Condal. En Barcelona recaló en casa de unas primas.

Desde ahí contactó con don Antonio Tort que a su vez tenía escondido en su casa al Obispo Irurita. El 3 de agosto de 1936 se había preparado un encuentro entre ella y el futuro obispo mártir. Pero registros y detenciones de carmelitas impidieron la reunión.

Días más tarde, la Madre Apolonia pudo entrevistarse con Monseñor
Irurita en casa de la familia Tort. Pudo confesar y recibir la bendición del
Santísimo.
La también martirial familia Tort intentaba gestionar los papeles para propiciar la huida del Obispo Irurita y religiosas como la Madre Apolonia. Pero todo fue inútil.

Huyendo y cambiando de refugio

La Superiora de las Carmelitas de la Caridad quedó refugiada en casa de la familia Darner. Ahí fue arrestada el 7 de septiembre a las 9 de la mañana y arrastrada al comité sito en la Calle Ancha de la capital catalana. La devolvieron a la casa, pero la misma noche fueron a buscarla. Hubo de esconderse y buscar nuevamente refugio en casa de sus primas.

Pero las milicias del POUM ya la tenían enfilada y siguieron su pista hasta localizarla. La llevaron arrestada a un Comité de control de la calle Provenza, y posteriormente a otro del Paseo de San Juan donde fue interrogada. Finalmente fue trasladada a la temible checa de San Elías, sabedora de que prácticamente nadie salía con vida, o si salía era para ser ejecutado.

A la Madre Lizárraga, vestida de seglar, le preguntaron los milicianos nada más llegar: “Tú, ¿quién eres?” y ella contestó: “Yo soy religiosa”. Esa contestación fue su sentencia de muerte.

El día 8 de septiembre, a media noche, la sacaron de su celda diciéndole: “Baja, que ahora descansarás”. En ese momento se perdió su rastro directo.

Troceada y echada a los cerdos: los testimonios

 

Su hermana Bonifacia Lizárraga declaró tiempo después: “En dicha checa actuaba como ¡efe un hombre apodado el ‘jorobado’ que cebaba cerdos con carne humana. Dicen que la Sierva de Dios fue descuartizada y que la devoraron esos inmundos animales”.

Un testimonio más directo es el de M’ Elena del Río Hijas que recogió el relato que oyó a su padre sobre el martirio de la Madre Apolonia: “Fue cogida prisionera, llevada por los milicianos a uno checa, la desnudaron y la llevaron aun patio. La ataron muñecos y tobillos y fue colgada de un gancho a la pared del patio. Con un serrucho la cortaron. Ella rezaba y rogaba por sus asesinos. Estos luego dieron su cuerpo a comer o unos cerdos que tenían allí, que al poco tiempo los mataron y los comían y vendían diciendo que eran chorizos de monja”.

Otros testimonios refuerzan esta versión, pues era costumbre que algunos milicianos fueran por los bares de la zona ofreciendo “chorizo de monja”. Tal terrible muerte se debió a su negativa de apostatar de su fe.

Antonio Montero en su libro “Historia de la persecución religiosa en España” reafirma: “Actualmente se han encontrado testigos que nos refieren que estando ellos presos en la cárcel de San Elías en el año 1936, era de dominio público que el ¡efe de la checa, un tal ‘Jorobado’, cebaba en total unos trescientos cerdos con carne humana. Que muchos presos eran echados a dichas piaras y que la General de las Carmelitas de la Caridad, Madre Apolonia Lizárraga, fue una de dichas víctimas que aserraron, descuartizaron (en cuatro partes) y luego en trozos más pequeños fue devorada por dichos animales que en la citada checa engordaban en número de 42”.

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