Juan Chicharro Ortega
General de División de Infantería de Marina ( R )
Hoy, afortunadamente, son cada vez más numerosos los historiadores de prestigio —tanto españoles como hispanoamericanos— que, con abundantes datos y documentación rigurosa, desmontan paso a paso el daño secular causado por la llamada Leyenda Negra. Siglos de propaganda interesada han pretendido presentar la presencia de España en América y Filipinas como un capítulo de opresión, atraso y barbarie. Sin embargo, la realidad histórica, contrastada con archivos, crónicas y evidencias arqueológicas, muestra algo muy distinto: una empresa civilizadora que dejó universidades, catedrales, hospitales, sistemas jurídicos y un mestizaje único que forjó naciones enteras.
Pese a todo, y en base a mi propia experiencia, soy de los que creen que España se defiende sola. No baso este criterio en visitas ocasionales a puertos hispanoamericanos, sino en vivencias intensas y prolongadas sobre el terreno. Durante año y medio formé parte del contingente español de la ONUCA (Organización de las Naciones Unidas en Centroamérica), la misión que verificó sobre el terreno el desarme de las guerrillas nicaragüenses tras los Acuerdos de Esquipulas de 1989-1990. No éramos solo españoles: había observadores de distintas nacionalidades. Pero, desde el primer momento, los españoles nos convertimos en la referencia obligada de todos los contendientes. Tanto exguerrilleros sandinistas como miembros de la Resistencia Nicaragüense (la “Contra”) nos buscaban para resolver disputas, verificar cumplimiento de pactos o simplemente dialogar con confianza. España no llegaba como potencia lejana, sino como nación hermana que hablaba el mismo idioma, compartía la misma cultura y entendía las sensibilidades profundas del continente.
Esa percepción no fue casual. Meses después, asistí a un congreso en Washington organizado por la Infantería de Marina de los Estados Unidos. Allí, los líderes de los diferentes ejércitos hispanoamericanos se aglutinaron de forma natural en torno a la delegación de la Infantería de Marina española, dejando en un segundo plano a las representaciones de origen anglosajón. No fue un gesto protocolario: fue el reconocimiento instintivo de una afinidad histórica y cultural que trasciende tratados y alianzas coyunturales. Es difícil comprender verdaderamente lo que ha significado España en el mundo sin haberlo vivido in situ, sobre el terreno en Hispanoamérica. Allí se siente, se respira y se palpa una Hispanidad viva, no como reliquia del pasado, sino como realidad presente y futura.
Sin embargo, se achaca con demasiada frecuencia a “entes foráneos” la divulgación de una visión desastrosa de la labor de España en América y Filipinas. Es cierto que ha habido campañas externas interesadas. Pero no son pocas las ocasiones en las que el enemigo está en casa. Un ejemplo reciente y luminoso lo constituye la visita de Isabel Díaz Ayuso a México. Con gran valentía y coraje político, la presidenta de la Comunidad de Madrid defendió allí, sin complejos, la Hispanidad y la inmensa obra de España: universidades centenarias, catedrales que siguen siendo faros espirituales, el mestizaje como encuentro fecundo y, por supuesto, las figuras de Isabel la Católica y Hernán Cortés. Se trató de un discurso que ningún político español de relieve había pronunciado en décadas con semejante claridad y orgullo.
Era previsible que la izquierda española la criticara con saña. Para ellos, cualquier defensa de nuestro legado común es “colonialismo” o “negacionismo”. Lo grave, sin embargo, es que desde VOX —embebidos en la más pura partitocracia— también se le haya recriminado el viaje, cuestionando su “opacidad” o su agenda internacional. Resulta lamentable. Es obvio que sus propios votantes están conformes con el fondo del mensaje de Ayuso: defender España y la Hispanidad sin pedir perdón por haber construido naciones. Pero, en este caso, los intereses de partido han primado sobre el bien de España como nación. En vez de sumar fuerzas ante el relato único que se pretende imponer desde las leyes de memoria, se opta por la división interna.
Esta actitud es especialmente preocupante porque confirma que, más allá de los historiadores que desmontan la Leyenda Negra con datos, la defensa real de España depende, en última instancia, de la voluntad de sus propios hijos. No basta con tener razón histórica; hace falta tener coraje político para decirla en voz alta y en los foros adecuados. Ayuso lo ha hecho. Y lo ha hecho en México, precisamente donde más duele a los enemigos de la Hispanidad.
España se defiende sola porque, cuando sus mejores representantes actúan con patriotismo y sentido histórico, emergen de forma natural el respeto y la afinidad de millones de hispanoamericanos. El resto —leyendas negras, relatos impuestos o críticas partidistas— son solo ruido. La verdad, como siempre, termina abriéndose paso. Y esa verdad se llama Hispanidad.

