No hay duda de que la visita del Santo Padre a España ha sido un rotundo éxito. Quien no lo perciba así sufre de una ceguera voluntaria y de una sordera elegida. Como reza el refrán, “no hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír”. Las ramas no dejan ver el bosque a algunas personas, comentaristas y analistas que se han empeñado en fijarse en detalles nimios, anécdotas aisladas o interpretaciones sesgadas, sin haber escuchado con atención ni profundizado en las palabras del Pontífice.
La cerrazón mental de ciertos sectores resulta enigmática. Pareciera que no han sentido la emotividad colectiva que recorrió las calles de Madrid cuando millón y medio de personas se congregaron para participar en la misa solemne. Tampoco parecen haber vibrado con la devoción popular durante la procesión del Corpus Christi, una de las manifestaciones de fe más hermosas y multitudinarias que se recuerdan en la capital. Del mismo modo, ignoran el impacto de los medio millón de jóvenes que llenaron el Paseo de la Castellana, muchos de ellos conmovidos hasta las lágrimas al escuchar al Papa hablarles directamente al corazón.
En Barcelona ocurrió algo similar. Los actos presididos por el Santo Padre reunieron a miles de fieles que encontraron en sus palabras consuelo, esperanza y desafío. Especialmente conmovedores fueron los testimonios de jóvenes que, con valentía y sin filtros, interpelaron al Papa con los problemas reales que afectan a su generación: la incertidumbre laboral, la crisis de sentido, las dificultades para formar una familia, la soledad digital o la pérdida de referentes morales. Lejos de evadir estas cuestiones, el Pontífice las acogió con cercanía, empatía y profundidad evangélica. Esos diálogos directos, duros y sinceros, constituyen uno de los momentos más auténticos y valiosos de toda la visita.
Mientras tanto, como es habitual, los políticos han intentado arrimar el ascua a su sardina. Unos y otros buscan sacar rédito electoral o ideológico de un acontecimiento que trasciende con creces sus mezquindades partidistas. Intentan instrumentalizar la fe, la indiferencia o incluso el rechazo para posicionarse ante su electorado. Sin embargo, el Papa está a años luz por encima de estos cálculos terrenales. Su ministerio no busca aplausos de tribunas ni votos en urnas. Su mensaje apunta al núcleo de la persona humana: su dignidad, su vocación trascendente y su responsabilidad ante los demás.
No tengo la menor duda de que el mensaje del Santo Padre ya está produciendo repercusiones importantes en nuestra sociedad. En un país secularizado, donde el individualismo y el relativismo parecen dominar, la visita ha recordado que la fe cristiana sigue siendo una fuerza viva, capaz de movilizar multitudes y de ofrecer respuestas sólidas a las inquietudes más profundas del ser humano. Ha sido un aldabonazo en la conciencia colectiva, una invitación a mirar más allá del presente inmediato y a recuperar el sentido de lo sagrado.
Quienes se niegan a reconocer este impacto positivo harían bien en releer el Evangelio, si es que alguna vez lo han leído, con honestidad intelectual. Allí encontrarían que Jesús nunca evitó las preguntas incómodas, nunca rehuyó el diálogo con quienes pensaban diferente y siempre puso en el centro la misericordia, la verdad y el servicio a los más necesitados. Las sandeces, los sarcasmos fáciles y las críticas superficiales que inundan ciertos medios y redes sociales solo revelan una incapacidad para apreciar la grandeza de lo ocurrido.
La visita papal no ha resuelto todos los problemas de España, ni pretendía hacerlo. Pero ha dejado una semilla. Ha recordado que millones de españoles aún encuentran en la fe un motivo de esperanza y de compromiso social. Ha mostrado que la Iglesia, con todas sus limitaciones humanas, sigue siendo un espacio de encuentro, de consuelo y de exigencia moral. Y ha evidenciado que, por encima de divisiones políticas y mediáticas, existe un pueblo capaz de unirse en torno a algo más grande que sus intereses particulares.
Ignorar este bosque frondoso por fijarse solo en algunas ramas torcidas es un error de perspectiva. La visita del Papa ha sido, en definitiva, un regalo para España. Un llamamiento a la conversión personal y colectiva que ya está dando sus primeros frutos silenciosos. Ojalá sepamos acogerlo con el corazón abierto.

