Hernán Cortés, por Eduardo García Serrano

Eduardo García Serrano

Nietzsche esxclamó: “El español, he ahí al hombre que quiso ser demasiado”. Y lo fue. Lo fueron. Fueron dioses. Dioses forjados en la fragua grecorromana de Iberia e Hispania, en la Cruzada multisecular de la Reconquista y en la gesta universal de Descubrimiento, Conquista, Evangelización y Civilización del Nuevo Mundo, desde el bosque boreal hasta la Cruz del Sur, donde aquellos españoles vencieron al hielo, a la tempestad y a las fauces de los océanos que palpitaban para matar hombres, pero no a dioses.

El Olimpo de los dioses de aquella gesta universal no igualada, ni antes ni después, por la mano y la voluntad de ningún hombre, de ninguna nación, fue Extremadura y su Zeus, Hernán Cortés. Decía Jünger que “la grandeza se halla expuesta a la tempestad”. La tempestad estaba en Mesoamérica, en Méjico, en la Noche Triste, en la humanamente imposible y militarmente inconcebible victoria en la batalla de Otumba y en Tenochtitlán, donde la barbarie de los oscuros dioses aztecas, su canibalismo, sus sacrificios humanos, sus cuchillos de obsidiana que sajaban en vivo el pecho de los pueblos por ellos esclavizados para arrancarles el corazón, su sodomía ritual, su incesto genético y su liturgia de sangre y terror, fueron derrotados por aquellos dioses nacidos en Extremadura y venidos desde España para alzar sobre sus templos paganos a la Virgen de Guadalupe y al Apóstol Santiago.

Hernán Cortés es el español más grande y más capaz de su siglo, que tuvo como referente a Alejandro Magno y a Julio César y que, en contra de lo que afirman los voceros de la Leyenda Negra, no era ningún iletrado, a diferencia, por ejemplo, del idolatrado Carlomagno, que no sabía ni leer ni escribir, Hernán Cortés estudió Derecho y latín en la Universidad de Salamanca.

El mejicano Octavio Paz se emociona ante Cortés y su gesta hasta el punto de afirmar: “La Conquista de Méjico evoca las empresas de César en las Galias o de Babur en Indostán. El sitio de Tenochtitlán y el heroismo de sitiados y sitiadores tiene una grandeza más épica que histórica es Troya. Cortés ante Moctezuma es Alejandro ante Darío. El odio a Cortés no es odio a España, es odio a nosotros mismos, los mejicanos. Ese odio impide la reconciliación de Méjico con su otra mitad…”

Hoy, nuestros gobernantes políticos, académicos y periodísticos, hombres todos ellos sin fe y sin ideales que han estabulado a los españoles en un embotamiento feliz y en una indolencia opiácea, reducen los hechos que fraguaron la Gloria a una especie de alegoría jurídica cronocentrista, fabricada y relatada por autómatas  de mediocre dialéctica doctrinal y dogmática. Por eso el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, acercándose como un cachorro a mamar  de las ubres de ese apéndice infectado que es la Leyenda Negra, ha pedido perdón en Méjico por Hernán Cortés y la Conquista. ¡Miserable! No sólo Hernán Cortés, también su compatriota comunista Blas de Otero, hubiera colgado de los pulgares a este cobarde canciller español. Sí, Blas de Otero al que, cuando apuraba el cáliz del exilio en Méjico, un periodista le preguntó con rebaba y mala leche “por qué los españoles  éramos tan bravitos y hablábamos tan alto”, a lo que el poeta respondió: “Porque fuimos los primeros en gritar ¡Tierra a la vista!”.

Repuesta que demuestra que la gloria y el heroísmo no soportan la vacilación y que sólo la acción al servicio de la grandeza de España no es mentira, ni cobardía, ni debilidad. Aunque España ya es tan solo una débil pavesa en la piquera de un candil, no derrames viejas lágrimas por tu vieja Patria. Lucha, como Cortés en la Noche Triste, en Otumba y en Tenochtitlán. Y recuerda siempre, a la luz de esa pavesa que débilmente aún parpadea, que el nombre da forma al hombre y a las naciones. Invoca esos nombres: España y Hernán Cortés.


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