Erik Norling
«Villa andaluza, ruidosa y popular, de habla patouète,
híbrida imagen de francés, árabe y de español;
villa calurosa y cercana, que amaba sin saberlo,
por la vida de sus viejos barrios,
todo en callejuelas que conducían al puerto.»
(Henri Martínez) [1].
Pocos son los que recuerdan que la hoy ciudad argelina de Orán, situada en la costa mediterránea frente a Almería, fue española durante casi tres siglos (1509-1792), después francesa desde 1830, poblada en un 70% por españoles, hasta su abandono en 1962, cuando fue entregada a los terroristas magrebíes del llamado Frente de Liberación Nacional (FLN). Por aquel entonces residían en las llamadas provincias francesas de Argelia más de un millón de europeos nacidos allí, además de millones de musulmanes leales a Francia. En la etapa española fue bautizada como La Corte chica, por el número de nobles que allí residían y su importancia. La más europea de todas las ciudades de estas provincias (nunca fueron colonias), su historia es muy similar a la Ceuta y Melilla. Por ello no es baladí detenernos en el modo en que concluyó la presencia europea en esta ciudad mediterránea, que culminó en un baño de sangre que puede repetirse hoy.
Orán, una ciudad europea.
Competía con Marsella en la belleza de sus parques, teatros, playas, zonas residenciales, tan española como para tener la plaza de toros más grande del Mediterráneo donde se leía «tendido sol» y los carteles taurinos en español, al tiempo que era un ejemplo de urbanismo francés. La basílica de Notre Dame de Santa Cruz (en español), sobre la colina que dominaba la ciudad, a la que se subía por «el caminico», con el fuerte construido por los españoles. Se celebraban las hogueras de San Juan, como en el Levante español, y se comía paella, donde el español era el idioma habitual en las calles populares. Se cantaba en español, como el cantaor oranés Pedro de Linares, y su mítica Ay Orán, en la que en ese idioma clamaba que «eres tú de mi vida. Siempre recuerdo de ti, cada día y cada noche. Yo no se vivir sin ti». Desde su llegada, los meticulosos administradores galos habían construido una ciudad moderna, con cerca de 400.000 habitantes, donde compartían espacio todas las confesiones religiosas, entre ellos los judíos sefardíes de cinco siglos antes, ahora afrancesados. Era la única población del norte de África donde los europeos superaban en número a los musulmanes, con más de 250.000 europeos, los llamados popularmente pieds-noirs. La gran mayoría clases populares, trabajadores, pequeños funcionarios, agricultores. Los árabes apenas residían en la urbe, a excepción del Village negre en el centro, pues estaban alojados en los arrabales y barrios periféricos. Las zonas europeas, sin la presencia más que ocasional de algún trabajador árabe, se vanagloriaban de parecerse a Alicante, municipio con la que estaba hermanada Orán. En los días claros, desde el cabo Falcon se podía divisar las costas españolas, a menos de 150 kilómetros del cabo de Gata. Tal era la cercanía al otro lado del Mediterráneo.
Estalla el conflicto.
En noviembre de 1954 se produjo el primer atentado terrorista, que fue el inicio de una guerra civil entre aquellos que deseaban permanecer como provincias francesas (la inmensa mayoría de los europeos y hebreos, pero también millones de musulmanes), y los que proponían la creación de una república argelina independiente. A lo largo de siete años se sucedieron los enfrentamientos, siendo derrotados por las armas los terroristas por un ejército francés de élite que no dudó en utilizar métodos expeditivos. Sin embargo, el gobierno galo, encabezado por el general De Gaulle, presionado por una opinión pública metropolitana aburguesada y manejada por los medios además de potencias extranjeras (tanto los EE.UU. como el bloque soviético), optó por negociar con ellos y pactar la entrega tras un referéndum en el cuál no pudieron participar los ciudadanos franceses de aquellas provincias.
Durante la primera parte del conflicto, Orán no estuvo sometida al mismo terrorismo que las otras poblaciones pieds-noirs. De manera ilusa se creyó que era por la simpatía que sentían los árabes por los españoles, de carácter distinto a los franceses. Una leyenda popular que pronto se demostró falsa. Cuando los terroristas comenzaron a operar en la ciudad, en especial desde inicios de 1961 desde que se hicieran públicos los planes de los políticos franceses de abandonismo, los oraneses abrazaron la resistencia armada, convirtiendo la ciudad en un feudo de la OAS, el llamado Organización del Ejército Secreto, compuesto por civiles en patrullas de defensa vecinal y militares que habían pasado a la clandestinidad, para defender su juramento de no entregar esas tierras a los invasores pese a que una gran parte no eran pied-noir, incluso ni siquiera franceses como los procedentes de la Legión Extranjera[2]. Europeos, musulmanes leales y judíos lucharon codo a codo, de manera denodada, por salvar sus familias y posesiones. Mientras, las fuerzas de represión llegadas dese Francia se abatieron sobre la ciudad en colaboración con los terroristas. Los oraneses debieron combatir contra dos enemigos, las fuerzas de seguridad del Estado y los terroristas. Centenares de muertos por ambos bandos en esos 18 meses, con las calles convertidas en campos de batalla. A diario eran asesinados civiles inocentes, bien secuestrados por los terroristas, bien a manos de la policía metropolitana, que no dudaba en disparar de manera indiscriminada sobre las fachadas de los edificios, las terrazas, las azoteas.
La gran masa de pieds-noirs se exiliaron a Francia esas últimas semanas de la primavera y verano de desesperación de 1962. Incluso la España de Franco llegó a enviar a Orán dos navíos, Victoria y Virgen de África, para evacuar a miles de refugiados en una arriesgada operación de rescate que provocó incidentes con las autoridades galas. Pese a todo, miles de europeos, que no tenían a donde ir, optaron por quedarse, como en esta ciudad, en la ciudad donde habían nacido. Para estos muchos descendientes de españoles, Francia era un lugar ajeno y extraño que no les atraía. En junio de 1962 la entrega era un hecho y Argelia se convirtió en independiente a principios de julio cuando Francia la reconociera de manera oficial y se inició una nueva etapa donde, si había que creer a la propaganda del general de Gaulle, los europeos, judíos y árabes podrían convivir en paz en la nueva República argelina. Fue entonces cuando se produjo la dramática matanza de civiles el 5 de julio de 1962, el último capítulo que condenó a la antaña ciudad española[3].
La masacre.
Más de la mitad de los europeos y judíos de Orán habían huido a Francia y otros países (entre ellos España), pero quedaban al menos 50-60.000, concentrados en los barrios europeos del centro, muchos esperando su turno para conseguir un pasaje, mientras otros creyeron en las promesas de las autoridades francesas y las primeras consignas de las nuevas autoridades del FLN[4]. Nada pareció presagiar que se iba a desencadenar una tragedia como la que se produjo. Reinaba una calma engañosa. El 5 de julio fue declarado como fecha simbólica, el primer día de la independencia por las nuevas autoridades magrebíes. Un día caluroso y soleado. Las masas musulmanas se fueron concentrando desde primera hora de mañana en los bulevares y plazas del centro para festejar la jornada. Todos los testimonios de europeos coinciden: era una fiesta popular, en la que en modo alguno flotaba en el aire odio ni animadversión hacia los europeos. Sin embargo, en apenas unos momentos devino el caos.
Magrebíes dispararon contra las viviendas, lincharon a viandantes o desgraciados conductores que se encontraron ante los musulmanes y no pudieron escapar, se forzaron los establecimientos donde estaban refugiados grupos de europeos, como bares y restaurantes, masacrándoles a ráfagas de subfusiles. Perfectamente organizados, con camiones, milicianos detenían a los europeos y los llevaban a un destino incierto. Los testigos coinciden en señalar que fue un genocidio organizado. Hubo otra faceta, igual de terrible, la de los delincuentes musulmanes que aprovecharon las circunstancias para ir casa por casa, asesinando, violando, robando. Se podían escuchar como en los bloques de pisos, los disparos y gritos se reproducían planta por planta. Así durante casi cinco horas. También se aprovechó para ajustar cuentas con los argelinos musulmanes que se habían mostrado tibios con el FLN o abiertamente habían sido profranceses. Al atardecer, las calles de la ciudad quedaron en silencio, a excepción de algunos gritos de desesperación que se podían aún escuchar.
El horror estaba a la vista de todos, los cuerpos se amontonaban en las esquinas y aceras. Los hospitales estaban repletos de heridos y cadáveres terriblemente mutilados. En los suburbios, el más conocido el Petit Lac, donde estaba el cementerio y un pequeño lago, comenzaron a llegar los convoyes de camiones y vehículos cargados de desesperados europeos que fueron asesinados en masa, al modo de la matanza de Paracuellos o Katyn, de manera ̶ en palabras del cónsul español, testigo de la jornada ̶ , «espeluznante y (que) recuerda los peores momentos del Madrid rojo». Los días posteriores se recogerán centenares de cuerpos allí, mientras que siguieron siendo secuestrados europeos durante varios días en las calles sin que nadie lo impidiera.
Se ha planteado por numerosos autores la cuestión de por qué no intervinieron los soldados franceses presentes en Orán. Había más de 18.000 efectivos en los cuarteles de la ciudad. Una pasividad jamás aclarada y menos comprendida. Los testimonios de los supervivientes coinciden en señalar como los militares se atrincheraron en sus cuarteles sin actuar mientras el caos estalló alrededor. Las órdenes que recibieron apenas una hora después de desatarse la masacre fueron tajantes: «Las tropas deberán permanecer acantonadas». Algunos militares salvaron el honor al desobedecer estas infames órdenes y salvaron la vida a centenares de europeos. En su mayoría suboficiales o jóvenes oficiales, horrorizados ante la traición de sus mandos.
Los días que siguieron, los militares franceses escoltaron a todos los europeos que, refugiados en sus recintos, desearon llegar a los puntos desde donde podía escapar. El aeropuerto de La Senia, donde más de 10.000 europeos esperaban atemorizados que se les rescatase, poco a poco se reestablecieron los vuelos regulares hasta quince diarios. Otros miles en el puerto rezando por la llegada de los navíos que les sacasen de la ciudad y que las autoridades francesas habían prohibido atracar en los últimos días hasta que París cedió. La ciudad quedó vacía tras la huida en masa de los europeos. Todos los barrios fueron evacuados.
Las consecuencias.
El balance de la masacre de europeos de Orán sigue siendo impreciso. Los historiadores coinciden hoy en que al menos 700 civiles fueron asesinados el 5 de julio de la ciudad, a los que añadir cientos los días posteriores y los cerca de 2000 desaparecidos cuyos cuerpos no se pudieron identificar o hallar. Miles de familias estuvieron años intentando que las autoridades francesas y la Cruz Roja Internacional intervinieran. Gracias a ello se pudo saber el balance del horror. Como muchas mujeres fueron secuestradas y llevadas a prostíbulos para los terroristas del FLN, o vendidas a traficantes de personas marroquíes. Niños esclavizados en zonas rurales donde murieron de hambre y enfermedades.
Gracias a los medios oficialistas, sometidos al poder, esta tragedia se censuró y silenció (gracias, en parte, a que los corresponsales extranjeros estaban todos en la capital Argel para cubrir las celebraciones de la obtenida Independencia). También en la España de Franco, no deseosa de inmiscuirse en un conflicto con los nuevos vecinos del sur. Sólo está presente hoy en la memoria de las familias de aquellos europeos de Argelia, sin que haya pasado un día desde entonces que no se recuerde que la responsabilidad recae en el Gobierno francés, el Ejército traidor y los políticos de la Metrópoli. No solo les abandonaron a la suerte de los criminales magrebíes, con un predeterminado y conocido plan dirigido a expulsar hasta el último de los europeos y judíos, sino que posteriormente intentaron oscurecer y empequeñecer este genocidio planificado e impulsado desde instancias oficiales. La prensa gala habló de «unas decenas de víctimas» y nadie exigió responsabilidades a las autoridades del nuevo Gobierno argelino. Todo lo contrario, les colmaron de ayudas multimillonarias a las autoridades argelinas. También fue el principio de otro fenómeno que hoy sufren en Francia, la inmigración masiva de musulmanes (cerca de 7 millones). Al abandonar las provincias, tan francesas como Lyon o Burdeos, también dejaron expuesta e indefensa la frontera sur de Europa.
No cabe la menor duda que existen tenebrosos parecidos con lo que está hoy sucediendo en Ceuta, y pronto Melilla, salvando las distancias. Políticos traidores, un Ejército funcionarial vendido por una paga, fuerzas de seguridad venidas de la Península para reprimir a los españoles de esas ciudades, medios de comunicación que mienten descaradamente. Potencias exteriores apoyando a los invasores (EE.UU. e Israel), con una Europa puesta de perfil, presionada por Francia, siempre dispuesta a expulsar a los españoles de lo que consideran su patio trasero, el norte de África. La entrega a los marroquíes es una cuestión de tiempo. Los bien-pensantes, desde la izquierda colaboracionista y la derecha cobarde, repiten una y otra vez que esto no sucederá, que todo volverá a la normalidad, pero lo que la Historia nos demuestra es que siempre nos sorprende con violentas orgías de sangre, que se repiten una y otra vez.
Por desgracia para la Humanidad, la Historia es un listado interminable de tragedias. Esperemos que en esta ocasión no sea así, pero hay muchas posibilidades. Queda la duda de si habrá una nueva O.A.S., que salve la dignidad de los que se niegan a rendirse, que intente resistir. Al tiempo que saber cuán doloroso sería, a modo de un nuevo desastre del 98, esta pérdida de territorios patrios. No permitamos que se repita en Ceuta y Melilla lo que sufrieron los españoles de Orán. Ésta debe de ser la consigna que nos anime a todos. De otra manera, como acertadamente dijera el insigne político Cánovas del Castillo a mediados del siglo XIX, reflexionando de manera profética sobre el problema de España con Marruecos:
«Así sucederá por todos los tiempos mientras una nación europea no ponga el pie en esas playas casi indefensas y ponga un dique invencible a las tribus bereberes del interior. […] Y si no hay en bastante valor o bastante inteligencia para anteponerse a las otras naciones en el dominio de las fronteras playas, día ha de llegar en que sucumba nuestra independencia y nuestra nacionalidad desaparecerá quizás para no resucitar nunca. Ahí enfrente hay para nosotros una cuestión de vida o muerte[5].»
[1] Memorias de un joven oranés, entonces casi adolescente, MARTÍNEZ, H.: Et qu´ils m´accuillent avec des cris de haine, op.cit. París. Robert Laffont, 1982, p. 17.
[2] NORLING, E. : O.A.S. Soldados de una causa perdida. Tarragona. Fides Ediciones, 2024.
[3] Sobre esta tragedia, aún pendiente de un estudio profundo, véase MONNERET, J.: La Tragédie dissimulée: Oran, 5 juillet 1962, Paris, Michalon, 2006. ZELLER, G.: Oran, 5 julliet 1962. Un massacre oublié. París. Tallandier, 2012. PERVILLÉ, G.: Oran, 5 juillet 1962, leçon d´histoire sur un massacre. París. Éditions Vendémiaire, 2014. Imprescindible la trilogía con testimonios de las víctimas en TERNANT, G. de: L´agonie d´Oran. 5 julliet 1962. Calvisson. Éditions J. Gandini, 1991-2001 (vols. I-III).
[4] La propaganda gubernamental había distribuido miles de octavillas informando de los derechos de los europeos en la “Nueva Argelia”.
[5] CÁNOVAS DEL CASTILLO, A.: Apuntes para la historia de Marruecos. Algazara. Málaga, 1992.

