Carrero y Franco, por Eduardo García Serrano.

Eduardo García Serrano

 

 

Se cumplen cincuenta y dos años del asesinato del Almirante Luis Carrero Blanco, crimen que es uno de los dos pilares aún hoy, tántos años después, conveniente e interesadamente embozados, maquillados y ocultados, de lo que se ha dado en llamar la Transición, el Consenso del 78, en definitiva la “democracia que nos hemos dado y que tánto nos costó traer”, cansina muletilla repetida ad nauseam por políticos, periodistas y demás palmeros del Sistema.

Esos dos pilares son un magnicidio y una mutilación territorial de España: el asesinato del presidente del Gobierno, el 20 de diciembre de 1973, el Almirante Luis Carrero Blanco, y la entrega de una provincia española, el Sáhara Occidental. Carrero Blanco era la encarnación de la lealtad al Régimen y a Francisco Franco y, por supuesto, a España. No solo era leal, que no es poco y menos en los tiempos que ya corrían, era además inteligente y brillante, sus informes y análisis geoplíticos, de estrategia, de planificación y de inteligencia en general no dejan lugar a dudas sobre sus capacidades como soldado y estadista. Carrero Blanco fue para Francisco Franco lo que Hefestión para Alejandro Magno y lo que, hasta el cruce del Rubicón, Tito Labieno para Julio César. Francisco Franco se moría, era un hecho biológico de enorme transcendecia política, dada la importancia y el peso internacional que España alcanzó con el Régimen de Franco. Las Cancillerias y los Estados Mayores de las principales potencias del autodenominado Mundo Libre ya habían diseñado en función de sus propios intereses (los de ellos) en colaboración con sus cómplices españoles, la España que querían y que necesitaban para satisfacer sus propios intereses (los de ellos), fundamentalmente de USA, Francia y GB. Por ejemplo, no querían que nunca, jamás, se llevase a cabo el más que viable y factible proyecto de Carrero Blanco nuclear-militar español, que no fue cancelado pero sí postergado por la presión contraria de los USA. Tampoco Carrero Blanco hubiera aceptado jamás la entrega del Sáhara español a Marruecos, tal y como ya estaba pactada y acordada a tres bandas: USA, relevantes elementos de la política española y Hassan II. Son sólo dos de los muchos ejemplos de por qué Carrero Blanco no cabía, y menos desde su altísima magistratura política, en la España post mortem de Francisco Franco. Solución: eliminarlo. Y así se hizo el 20-XII-1973, en un atentado de logística y ejecución inconcebibles. El brazo ejecutor fue ETA, trabajando durante meses en un túnel a escasos 200m de la Embajada USA sin que nadie, ni propios ni extraños, diera la voz de alarma. ETA ejecutó, sí, pero la inteligencia del magnicidio estaba en el Secretario de Estado de Estado USA, Henry Kissinger, tal y como reconoció el jefe del comando etarra que perpetró el magnicidio. De ahí también el buen pago político y social que ETA recibió muchos años después… por los servicios prestados con ese magnicidio que tanto benefició a USA y a Marruecos, su principal aliado en el norte de África.

Con Carrero muerto y Franco agonizando, solo restaba, de momento, la entrega de la provincia española del Sáhara, diseñada por Kissinger y prácticamente culminada por Pedro Sánchez, y en el entretanto ese limbo jurídico tan característico de las resoluciones de la ONU en el que España renuncia a ejercer su papel tutelar sobre su antigua provincia mientras Marruecos ejerce de facto de dueño y señor del territorio. Franco agoniza, el Príncipe Juan Carlos se presenta en el Sáhara y arenga al Ejército diciéndole que “él será el último soldado español en abandonar el Sáhara”. Fue el primero. No volvió más. El 6-XI-75 se inicia, con el plácet de Kissinger, la Marcha Verde. Los soldados españoles, abandonados, tuvieron el gesto honorable de no arriar la Bandera, talaron los mástiles con la Bandera izada para hacer más llevadera la humillación y la vergüenza del despojo, de la retirada y del abandono de sus compatriotas saharauis. Carrero ya había muerto. Franco murió 14 días después ordenando en su agonía que no se abandonase el Sáhara.


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