18 DE JULIO 2026, por Jaime Alonso

Jaime Alonso

Tal día como hoy se cumplen noventa años de la rebelión cívico-militar de la media España que se negaba a morir, según palabras del líder de la CEDA, Gil Robles. Rebelión contra un Frente Popular que se había adueñado del poder mediante un proceso fraudulento y con violencia en febrero del 36.

Aquella idílica democracia que nos pintan los actuales memorialistas, hubo de vivir el 13 de julio del 36, cómo un grupo de uniformados, entre ellos tres escoltas de Indalecio Prieto, pertenecientes a los cuerpos de seguridad del Estado, convertidos en sicarios del gobierno (la motorizada) asesinaban al líder de Renovación Española D. José Calvo Sotelo, de un tiro en la nuca, dado en la furgoneta que lo transportaba, una vez sacado de su domicilio. Ese “crimen de estado” evidenció la ruptura de cualquier institucionalidad democrática o estado de derecho.

¡Era el pistoletazo definitivo en la nuca, a una convivencia imposible!; a una democracia falsificada, sin alternancia regeneradora; a unos odios ancestrales incubados durante un siglo; a una injerencia ideológica y práctica extranjera, inasumible, que rompía con la continuidad histórica de España; a una pobreza crónica, que la partitocracia turnante era incapaz de resolver y convirtió en parte del problema; a una arbitrariedad ofensiva, donde el estado ya no servía al pueblo como sujeto de la nación soberana, sino a una turba de botarates, incapaces de cualquier idea superior; a un estado sin Ley, que no garantizaba ni la vida, ni la propiedad de sus ciudadanos, perseguidos como enemigos en función de sus ideas políticas o convicciones morales.

El transito hacia el precipicio de una guerra civil, la más cruenta de las guerras, se gestó en una impostada democracia desde mayo de 1931, en que comienza la persecución religiosa con la quema de más de cien conventos en toda España. Continua el loco empeño de evitar la alternancia en el poder con un golpe de Estado, octubre del 34, contra la democracia burguesa decían sus autores, con un saldo aterrador: Casi 2000 muertos. La posterior amnistía a los golpistas, vino a consumar la quiebra del Estado.

Los hechos admiten infinidad de interpretaciones, pero negarlos sólo conduce a su repetición. Ninguna ley fundamentada en el bien común, la verdad, la libertad o la justicia, puede impedir la proclamación de unos hechos históricos irreversibles. El derecho de los pueblos a conocer su pasado, exige que no se manipule en el presente, raíz de donde puede brotar un futuro mejor.

Hoy, como siempre, proclamaremos, desde la Fundación, nuestro derecho a existir, enseñar, ilustrar y celebrar una de las fechas más trascendentes de la historia de España: la de haber impedido Francisco Franco y su generación, la ruptura de la unidad histórica de España. Ese ímpetu sagrado del que se nutren los guerreros y los poetas aún permanece. Entonces hubo una suerte de predestinación divina con los méritos humanos y volvió a brillar la esperanza.

No estamos tan lejos, ni peor, para recordar  a mi admirado Caudillo militar y estadista, noventa años después, cuando en el Llano Amarillo predicara La Cruzada. En tu fe pusieron su fe, lo mejor de aquella España. En tu espada, su esperanza. Y esa esperanza proyectó dos generaciones enteras, los que hicieron la guerra y los que se beneficiaron de esa paz y bonanza: de la justicia social, la igualdad ante la Ley, el sindicalismo integrador, la industrialización nacional, el orden social, político y económico que permitió, al acabar tu mandato, ser la octava potencia industrial del mundo; haber creado una clase media del 60% de la población, y obtener un nivel de desarrollo desconocido en España.

Cincuenta y un años después, siguen empeñados en destruir tu legado, los ancestrales enemigos de la civilización cristiana y de la unidad histórica de España, con la inestimable ayuda de quienes más te debían. Todas las ingratitudes se han aplicado contra la eternidad de tu obra, hasta la de profanar tu tumba y mantenerte secuestrado. Pero nada variará tu inmortal legado y el agradecimiento del pueblo español. Como soldado juraste defender a Dios y a España y, en tal unción, has cumplido con creces el merecimiento de ocupar el pedestal histórico de Isabel y Fernando.

Resulta preciso recordar, en esta fecha, que el valor meritocrático se instaló como exigencia del pueblo y así fuimos gobernados, sin cuentos, sin partidos, sin banderías. El parlamento servía, en debate constructivo, para la aprobación de las leyes más convenientes a las necesidades del pueblo español, no había otra política. Así surgió una democracia real, donde todos, por igual, sentían la responsabilidad de representarnos. Allí no había otro empeño que el de servir a la Nación y al bienestar general. Allí no había prebendas, ni el voto cautivo que los partidos proyectan en su disciplina abyecta.

El desconocimiento básico de la historia, por la manipulación interesada de la misma, impide a la sociedad actual enfocar correctamente los problemas y buscar anticipadamente la solución. El hecho primigenio, insoslayable y fundacional deviene de que aquí, en España, hace noventa años, “hubo una Guerra Civil”, a partir de la cual y en función de ella todo fue distinto a como había sido hasta entonces. Sin elucubraciones, somos, en lo bueno y en lo que alguno considere malo, herederos de ese proceso y del régimen surgido el 18 de Julio hasta la muerte del Fundador en 1975. También lo somos, de igual modo, de la transición política habida y fomentada por sus herederos, acertada o equivocadamente.

Franco tuvo que enfrentarse al separatismo que había crecido como la yedra en el edificio patrio, alimentada por el odio, el etnicismo y la corrupción, de unos, y la inhibición, tolerancia y cobardía, de los otros. Nacido como flor de cloaca, ocasionó en todo el siglo XIX permanentes enfrentamientos civiles, guerras cantonales y dinásticas, sembrando de discordia y odios el suelo patrio, contribuyendo de manera determinante en el advenimiento e inviabilidad de la I y II Republica. Ramiro de Maeztu sostuvo en ese momento histórico que: España era una encina medio sofocada por la yedra. La yedra es tan frondosa, y la encina tan arrugada y encogida, que a ratos parece que el ser de España está en la trepadora, y no en el árbol. Pero la yedra no se puede sostener sobre si misma.

Franco revirtió radicalmente el signo de los tiempos. Sin quitar un ápice de la singularidad cultural que aportaron en la historia las distintas regiones hispanas como plural mosaico de unidad, convivencia y grandeza; impidió, desde la raíz, la manipulación política que transforma los hechos diferenciadores en antagónicos. Que la lengua vernácula y materna fuera excluyente de la obligatoria y común de todos los españoles; la recreación de una historia distinta, parcial e inventada, que se enfrentara a la historia común, veraz y contrastada; la creación y mantenimiento de una administración paralela, fagocitadora de los recursos generales y abusiva en competencias y funciones. El Estado era unitario y la enseñanza única, publica y respetuosa con las iniciativas paternas, en todo el territorio español. La descentralización administrativa no admitía la dispersión, duplicidad o enfrentamientos. La unidad reprochaba la uniformidad impuesta, siendo pluralidad enriquecedora.

Y aquello funcionó y Cataluña y Vascongadas fueron el motor del desarrollo industrial español y de una mayor riqueza “per cápita”. El otro superior acierto de Franco fue preservar a España, mientras se reconstruía y ejerció su mandato, de la vieja partitocracia que desde la Guerra de la Independencia fue la causa de nuestra imparable decadencia, ruina económica, desvertebración política, corrupción institucional y mayoritarias masas obreras y campesinas de analfabetismo y exclusión social. En ese siglo XIX, todas las formas de gobierno, todos los sistemas parlamentarios fueron ensayados con idéntico resultado.

Hoy, 18 de julio de 2026, sólo podemos aspirar a que no cobren actualidad las palabras de D. Manuel Ruiz Zorrilla, dirigidas a los diputados al advenimiento de la primera República: “Protesto y protestaré, aunque me quede solo, contra aquellos diputados que, habiendo venido al Congreso como monárquicos constitucionales, se creen autorizados a tomar una determinación que, de la noche a la mañana, pueda hacer pasar a la nación de monárquica a republicana”. Tampoco deseo se cumpla el dictad del mejor orador y menos coherente diputado D. Emilio Castelar: “Señores, con Fernando VII murió la monarquía tradicional; con la fuga de Isabel II, la monarquía parlamentaria; con la renuncia de don Amadeo de Saboya, la monarquía democrática; nadie ha acabado con ella, ha muerto por sí misma; nadie trae la República, la traen todas las circunstancias, la trae una conjuración de la sociedad, de la naturaleza y de la Historia”.

Al considerar que el ideal hispánico sigue en pie, saltando, en nuestro idioma, de los libros de mística y ascética a las páginas de la historia universal, no nos perdemos en los cantos de cisne de las columnas de los diarios o televisiones. Sancho Panza no quiere sublevarse contra D. Quijote. Preferimos poner nuestra ilusión en lo que éramos, no sea que el alma se nos vaya en lo que no somos, como ocurrió durante dos siglos. Por eso celebraremos hoy y siempre tan señalada, fundacional y definitoria fecha.


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