Eclipse de conciencia, por Jaime Alonso

Jaime Alonso

 

Siendo la conciencia la semilla que puso Dios en nuestra alma de homo sapiens, sirve para distinguir nuestra naturaleza del resto de las especies creadas. La civilización occidental o cristiana desarrolló los conceptos teológicos, filosóficos y sociológico de nuestra conciencia; o sea, la capacidad del ser humano para reconocerse, comprender sus actos, juzgarlos y situarlos frente al bien, el mal, los demás y la realidad.

Por ello, desde la teología cristiana, la conciencia es el lugar interior donde la libertad se encuentra con la exigencia moral del bien y, en último término, con Dios, aunque la jerarquía eclesiástica parezca, hoy, interesada en desmentirlo. La filosofía nos auxilia bifurcando la conciencia: soy consciente de que existo, pienso, siento y percibo, conciencia psicológica. Soy capaz de juzgar si aquello que hago es bueno o malo, conciencia moral. Sócrates, San Agustín y Descartes nos otorgan la certeza de la conciencia por el hecho de pensar: cogito, ergo sum.

La sociología introduce una nueva perspectiva: la influencia de la sociedad en la formación de nuestra conciencia. Al nacer interiorizamos lenguaje, normas, costumbres, prohibiciones, valores, creencias y expectativas procedentes de la familia, la educación, la religión, las instituciones y el grupo social en que vivimos. Por ello Durkheim habló de conciencia colectiva para referirse al conjunto de creencias y sentimientos compartidos por los miembros de una comunidad. La moral individual está profundamente relacionada con esa realidad social. Si colocamos en el vértice de la conciencia las condiciones materiales de nuestra existencia, tendremos la degradación moral que alentó Karl Marx.

A este punto hemos llegado mediante siglos de progreso económico y degradación moral, al estar nuestra conciencia socialmente condicionada. La pregunta es: ¿podemos juzgar moralmente a la propia sociedad? La historia juzga que sí. A sensu contrario, la rebelión, en conciencia, contra leyes, costumbres o comportamientos desintegradores de nuestra cultura y civilización, aún aceptados mayoritariamente por una sociedad, es la única salida legitimadora de evitar el caos de Goethe: prefiero la injusticia al desorden.

Vivimos un eclipse paulatino de conciencia colectiva desde hace cuatrocientos años, para llegar al actual eclipse total, nihilista y autodestructivo. Se inicia en 1517 al clavar Lutero, en la puerta de la Iglesia de Wittemberg, las 95 tesis de la reforma protestante, lo que provoca la excomunión de Leon X y el cisma de la fé. Continúa en 1789 al encontrar la crisis económica el combustible ideológico de Rousseau, e imponer, con la guillotina, la mentira empírica que sale de un hombre=un voto, aniquilando en las naciones la posibilidad de gobiernos competentes y sociedades meritocráticas. El tercer hito se produce en 1917, con Lenin tomando el poder en Rusia y creando la internacional socialista: La ruina de innumerables pueblos/naciones y millones de muertos es el resultado cósmico.

Tener conciencia no es simplemente tener opiniones, sin referencia histórica alguna, sin capacidad de juzgar los propios actos cuando se enfrentan a nuestros deseos, intereses o prejuicios. La raíz del problema que hemos ido creando durante siglos reside en saber: ¿de dónde procede la autoridad de la conciencia? Si nos hemos emancipado de Dios, la razón depende del numero aleatorio que la profese, la naturaleza humana la hemos desprovisto de trascendencia y la sociedad es un laboratorio de ideas donde la conciencia resulta fácilmente manipulable por los medios que la deforman desde la enseñanza, no podemos esperar otra consecuencia que: el final de nuestra civilización.

Tenía razón Raspail al escribir su profética novela El desembarco (El campamento de los Santos): Occidente se suicida por buena conciencia. Yo añado, por nula conciencia de la realidad o un eclipse de conciencia ampliamente gestada por el falso ecumenismo de la Iglesia; los intelectuales, expertos en racionalizar todo; la prensa, fabricando el relato en lugar de informar; y los políticos, sólo preocupados de las encuestas, no de la solución de los problemas, enfrentados mediante debates estériles y comunicados inverosímiles, con pavor a la palabra: no.

Los políticos, reflejo de la sociedad que los elige, son tan cobardes como malos. Prefieren ser recordados por la toma de decisiones impopulares, que por traicionar su chatarra ideológica. Prefieren administrar el miedo a gobernar. Prefieren las palabras que no signifiquen nada, a los actos de pleno significado. Así, prefieren rendir a la sociedad y al Estado que perder la batalla, aunque el resultado sea el mismo.

Se apaga la luz paulatinamente, después de dilapidar todas las reservas por un sistema autonómico desvertebrador y ruinoso. En España comienza por Ceuta. Francia, lleva dos generaciones descomponiendo demográficamente su cultura, con el odio necesario para arrebatar los palacios donde limpiaron las letrinas sus abuelos. La idealización del buen salvaje Rousseauniano ha inyectado la visión romántica de identidades ajenas. La ideología globalista y la visión de la inmigración como un hecho seráfico positivo para las naciones, es el dogma impuesto por los burócratas de Bruselas, el socialismo y Soros, fuente de gracias y bendiciones entre nuestros gobernantes.

Mi conciencia de español, aún no dormida, ni anestesiada, sufre y se acongoja por sus conciudadanos ceutís que, un día, prefirieron olvidarse, en aras de lo políticamente correcto, de quien les salvó, siendo comandante de la Legión, de la invasión que hoy padecen. Recuerden la historia común, restablezcan la Estatua en el lugar que le corresponde, y no se olviden de que el desastre viene precedido por la inacción provocada por el vaciamiento de principios defendibles. Coger el timón y pronunciar la palabra eficazmente maldita: repatriación.

Hoy, como ayer, deben restablecerse con fuerza los versos del poeta Bernardo López García, en su famosa Oda al 2 de mayo “Oigo, patria, tu aflicción, y escucho el triste concierto que forman, tocando a muerto, la campana y el cañón; sobre tu invicto pendón miro flotantes pendones, y oigo alzarse a otras regiones en estrofas funerarias, de la iglesia las plegarias, y del arte las canciones”. Ahí dejo mi conciencia histórica en tiempos tan aciagos.


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