Eduardo García Serrano
Contaba el capitán Teodoro Palacios, uno de los héroes de Krasny Bor y el héroe supremo del cautiverio de la División Azul en los campos de tortura y exterminio soviéticos, cómo un soldado español, al borde de la muerte por inanición y frio en la barraca hospitalaria de un gulag siberiano, rechazó la comida que su verdugo comunista le ofrecía no por misericordia, sino para mantenerlo vivo para seguir torturándole, diciéndole: “No quiero pan ruso, quiero la carta de mi madre”. En 1950 fueron liberados la práctica totalidad de los prisioneros de la Segunda Guerra Mundial en la URSS… menos los españoles, a los que Stalin no les perdonó jamás la derrota militar y política sufrida en España en 1939. Los divisionarios que allí quedaban solos y olvidados pidieron a sus camaradas de cautiverio que escribieran a sus familias en España para comunicarles que seguían vivos. Así lo hicieron todos.
Como consecuencia de ese envío epistolar, las familias de los ausentes, la mayoría dados por muertos, comenzaron a mandar paquetes y cartas a los prisioneros españoles. Los soviéticos confiscaban todo lo que llegaba de España, incluídas las cartas de sus familiares a los prisioneros. Se lo robaron todo, hasta las palabras de sus madres, de sus novias perdidas y de sus esposas que ya se creían viudas. El capitán Palacios, como medida de protesta ante aquella crueldad, organizó una huelga de hambre que perturbó enormemente a los verdugos comunistas no por humanidad, sino porque a un cadáver no se le puede torturar ni hacerle trabajar hasta la extenuación. Empezaron a darles de comer lo mínimo imprescindible para que siguieran viviendo; o sea, sufriendo. Todos rechazaron ese forraje comunista. Fue entonces cuando el soldado que yacía en el jergón de al lado del capitán Palacios, devorado por el hambre y por el frío, le dijo a su verdugo comunista: “No quiero pan ruso, quiero la carta de mi madre”.
¿Cómo es posible tanto valor, tanta dignidad?, se preguntaba el capitán Palacios conmovido hasta el tuétano, él que era la encarnación del valor y de la dignidad. Hoy, los verdugos socialistas, comunistas y separatistas que nos gobiernan nos arriman a la boca un pan ácimo, negro y sucio a cambio de nuestro silencio y nuestro voto mientras nos roban España sin que nadie, como aquel falangista, aquel soldado de Infantería de la División Azul les diga a los que están matando a la Patria: “No quiero vuestro pan, quieron la carta de mi madre, de la Mater Hispania”.

