Juan Chicharro
Presidente de la FNFF
Leo en el “Blau “ ,boletín mensual que tiene como referencia la gesta de la División Azul, este magnífico y emotivo artículo que el Coronel de Infantería de Marina José Estévez Payeras escribe recordando a su heroico abuelo el Comandante de Infantería Payeras , medalla militar individual, caído gloriosamente en la batalla de Krasny Bor .
Lean y emociónense con sus palabras.
Gloria y honor a los soldados caídos, en su lucha contra el comunismo, por España, hoy injustamente olvidados.
Ad memorian. José Payeras Alcina
Siempre he estado aquí
Llueve en Riga.
No es una lluvia intensa, sino constante, como si la ciudad respirara tristeza desde hace décadas.
El frío se mete en los huesos. Me siento en la entrada de admisión de un hospital que no es el mío, en un país que no es el mío, pero donde, sin embargo, algo profundamente mío ocurrió hace ochenta y tres años.
Pienso en la muerte. Qué fácil resulta cuando se trata de uno mismo. Uno se imagina en paz, diciendo que ha vivido bien, que ha hecho lo que quería, que deja algo atrás. Incluso hay cierta dignidad en ese discurso. Pero cuando intentas pensar así en alguien a quien has querido… todo se derrumba.
Mi abuelo estuvo aquí. Herido. Lejos. Aquí dejó de existir.
No murió, me digo. Cayó en combate. Así se dice entre militares. Las palabras envuelven lo ocurrido en una cierta solemnidad, como si pudieran hacer más soportable el dolor. Suena más trascendente, menos cruel. Como si nombrarlo de otra manera pudiera cambiar lo que pasó.
Pero la ausencia no entiende de eufemismos. Da igual cómo se diga, te desnuda, es incontestable.
En el cementerio, el grupo de españoles que me acompaña guarda silencio. Caminan despacio, sin necesidad de indicaciones. Sacan una bandera de España, ponen unas flores. Uno de ellos ha sido capaz de traer tierra de Mallorca y verterla con delicadeza en el suelo letón. Rezan. Me llevan al sitio donde estuvo su tumba. Son generosos. Lo siento en su forma de estar, en cómo respetan este momento que también es suyo. En lo que hacen… y en lo que no hacen. Me gustaría parecerme a ellos.
Entonces veo su rostro. Mi abuelo. Veo una fotografía, la que siempre estuvo en casa de mi abuela, luego en el salón de mis padres, y ahora mirándome mientras escribo estas líneas. Y algo me descoloca: era más joven que yo ahora, mucho más.
Mi abuelo. Algo cambia de golpe. En un instante pasa de ser el héroe inalcanzable, casi mítico, al antepasado que exige un luto. Un luto que nunca he hecho. Un luto que, sin previo aviso, cae ahora sobre mí con todo su peso. Me golpea sin defensa.
Pienso en él como hombre, no como símbolo. Pienso en la familia que dejó. En la huella que su ausencia dibujó sin que él lo supiera. Pienso en mis hermanos. En mí mismo. Todos militares, como él. Quizá hay caminos que vienen trazados de antes. Recuerdo a mi abuela diciendo “ese gesto es de Payeras” o “tu abuelo lo hubiera hecho así”. No lo conocimos. Nunca estuvo con nosotros. Y, sin embargo, crecimos con él.
En cierta manera, su camino interrumpido continuó en nosotros. Y nosotros hemos tenido la suerte de recorrer el tiempo que él no tuvo, de poder jugar con nuestros hijos y nietos como él no pudo hacer.
Por primera vez, allí, en el cementerio de Riga, siento que mi vida no ha sido solo mía. Me doy cuenta de que, a lo largo de los años, en cada decisión importante, en cada cruce de caminos, en cada duda, me he preguntado: ¿Qué hubiera hecho Payeras?
¿Qué hubiera hecho él? Haz tú lo mismo. O al menos, inténtalo.
El frío aumenta, o tal vez es otra cosa. Aquí estuvo su tumba. Aquí permaneció durante muchos años. Aquí, pienso, estuvo solo.
Una frase leída en otro cementerio militar y traducida del alemán por otro de los componentes del grupo, me viene a la cabeza: “lo que heredan los hijos es lo que da sentido a los héroes”. Y lo entiendo. No su muerte. No la guerra. No la historia escrita en los libros. Comprendo que el héroe no se explica sin quienes le recuerdan. Nosotros somos lo que da sentido a su sacrificio.
Y entonces se me hace un nudo. Un viejo nudo, heredado, que no sabía que llevaba dentro. Es el abuelo el que lo exige ahora. Mi abuelo que reclama un luto aplazado durante décadas.
Nunca me he considerado sentimental, pero en ese instante noto cómo algo dentro de mí se derrumba despacio. Trato de razonar: ¿Estuvo tan solo? En lo físico, tal vez. Porque en la memoria… en la memoria nunca lo dejamos.
Aun así, la ciudad pesa. Riga es una tristeza que no se puede explicar, solo sentir. No quiero hablar con nadie. La expedición sigue su camino, pero yo no puedo. Algo me obliga a regresar al hospital.
Me siento en unas escaleras mojadas, sucias, antiguas. Me dicen que todo se deterioró durante la época soviética, que fue difícil conservarlo. Lo miro e intento imaginarlo intacto, vivo, lleno de voces de otro tiempo.
A mi espalda, la entrada del viejo hospital transmite la sensación de que se ha detenido el tiempo. Una escalera de piedra, desgastada por décadas de uso, asciende como si cada peldaño guardara el peso de quienes pasaron antes. La superficie está mate, apagada, desgastada. A la derecha, una barandilla de hierro pintada en blanco, envejecida, con zonas desconchadas, dibuja formas geométricas. El pasamanos de madera, oscuro y pulido por el paso de tantas manos, añade un contraste cálido en medio de tanta frialdad.
Al fondo, una doble puerta blanca, maciza, con pequeños cristales traslucidos, cierra el acceso a la sala de admisión. Las paredes, en tonos beige y blanco, muestran irregularidades, parches, huellas de reparaciones antiguas. Todo el conjunto sugiere abandono, pero también resistencia.
Sigue en pie con testarudez, sostenido por la dignidad de las cosas bien hechas, de los buenos materiales, de lo construido para durar.
Hace ochenta y tres años, el comandante Payeras, mi abuelo, pasó en camilla por esa misma puerta blanca. Estuvo aquí. Ocupó un lugar en alguna de estas salas. Levanto la vista hacia las grandes ventanas. Quizá detrás de una de ellas respiró. Quizá miró este mismo cielo gris. Era el mismo momento del año.
El personal del hospital me atiende. Son amables. Una doctora, una administrativa, el director, el encargado del mantenimiento del centro. Les cuento que hago allí sin guardarme nada. Noto como cambian de actitud. Me hablan con respeto, con una cercanía que no esperaba. Bajan la mirada. Ellos entienden. Han vivido lo suficiente para saber lo que significan la guerra y la ocupación. No necesitan más explicaciones.
Son dignos. Y, de algún modo, me sostienen. Acceden a dejarme ver el interior edificio advirtiéndome que se encuentra clausurado por peligro de ruina. Lo recorro siguiendo a un celador y a la señora encargada de las relaciones públicas del hospital.
Dejo de hacer preguntas. El edificio me ha transportado en el tiempo; estoy en 1943. No importa la habitación exacta, ni la cama, ni el pasillo. Empiezo a entender que no he venido a buscar datos o a hacer fotografías. He venido a sentir y a entender. Y siento. Siento que veo más con el corazón que con los ojos.
Pienso en mi abuelo. Siento que, de alguna manera extraña, mi vida también le pertenece. A mi cabeza regresa la idea de que he vivido lo que él no pudo. Que hay algo suyo latiendo en cada decisión que he tomado sin saberlo. Le doy las gracias en silencio. Cuanto me hubiera gustado hablar con él. Quizás lo estoy haciendo en ese instante.
Pienso en mi madre, huérfana desde los seis años. En su existencia, en su forma de ser. Entiendo detalles que siempre me habían chocado. Sus reacciones. Sus ausencias. Esa rebeldía tan suya, su fuerza que no era carácter, sino supervivencia. Empiezo a entender cosas que durante años me desconcertaron. Era la forma de sostenerse sin padre. Su forma de crecer sin referencia.
Aquí, en este mismo lugar en el que nunca estuvo siento que estoy cerca de ella. Quizá más que nunca.
Pienso en mi tía, la hermana Francisca, religiosa, hermana de la Pureza. En su vida entera atravesada por una ausencia que no eligió, pero que la acompañó siempre. No pudo heredar la gesta de su padre, pero heredó su valentía y su resolución.
Hace muchos años emprendió un viaje insólito: encomendándose únicamente a Dios puso rumbo a la Unión Soviética. Su destino final era Riga, donde descansaba su padre, pero las autoridades la obligaron a entrar por Moscú. Entonces, Letonia aún no era Letonia: era una república más dentro del inmenso engranaje soviético. Desde el primer momento, un hombre del aparato de inteligencia comunista fue asignado para acompañarla. No se separó de ella ni un instante; su presencia era constante, vigilante… y, sin embargo, también inesperadamente amable. En más de una ocasión terminó ayudándola.
Erguida, vestida con su hábito negro y unas sencillas sandalias de cuero, con el velo cubriendo su cabello y la toca blanca y almidonada enmarcando su rostro, recorrió la ciudad con determinación. Llevaba consigo viejas fotografías del día del entierro, y gracias a ellas logró orientarse hasta encontrar el lugar exacto de la sepultura. Mientras caminaba, algunas personas mayores se le acercaban. La miraban con una mezcla de sorpresa y emoción, rozaban su hábito con respeto y le hablaban en voz baja. No comprendía sus palabras, pero sí su significado: en aquellos gestos había reconocimiento, como si su sola presencia permitiera a aquellos buenos letones evocar un tiempo distinto, casi borrado.
La lluvia sigue cayendo, igual que antes. Veo el quirófano, me paro en sus ventanales. Mis acompañantes sienten mi pena, me dejan solo. Cuanto dolor, cuantas esperanzas entre estas cuatro paredes.
El quirófano conserva una belleza extraña, casi sobrecogedora. Las paredes están recubiertas de azulejos verde pálido, fríos, asépticos, casi translúcidos. Una luz gris entra por tres grandes ventanales con arcos apuntados. No parecen propios de un quirófano, sino de una capilla. Bajo ellos, los radiadores de hierro fundido sugieren inviernos largos, cuerpos frágiles necesitando calor. Del techo, alto y desconchado, cuelga una estructura que en otro tiempo sostuvo iluminación quirúrgica. No hay instrumentos, ni camillas, ni rastros visibles de vida reciente. Solo queda el espacio y mi duelo.
No es difícil imaginar las urgencias de otro tiempo: el esfuerzo tenso de los cirujanos, la sangre sobre el pavimento, el ir y venir de los instrumentistas, el olor a éter y antisépticos, el quehacer constante de las enfermeras. La sala fue un lugar de tránsito, suspendido entre la vida y la muerte, entre lo que se intentó salvar y lo que no pudo ser. Y, sin embargo, ahora todo está quieto. Demasiado quieto.
Salgo del hospital. Mis acompañantes perciben mi emoción. Me despido agradecido.
Trato de recomponerme. No vine a un lugar: vine a entender de dónde vengo. Doy unos pasos y, sin pensarlo demasiado, murmuro: Volveré. Mientras me alejo, lo entiendo con claridad: No he venido a Riga. He regresado.
Y, es que, en el fondo, siempre he estado aquí.
Riga, 16 de marzo de 2026

