Declaraciones de Francisco Franco al director de “Alerta” de La Habana

 
 
5 de diciembre de 1954
 
 
– Deseaba hacer a Su Excelencia tres preguntas de gran interés en estos momentos, y, si me lo permite, pasaré a exponérselas. Primera, siendo aspiración de España el rescate de Gibraltar para su territorio, ¿es esto incompatible con la defensa del Occidente?    
 
«En absoluto. El problema de Gibraltar es un problema rebasado. Gibraltar, como base, tuvo su razón de ser en otra época pero no hoy. Mientras España aceptaba en el mundo una posición demasiado modesta, era natural que las naciones que asumían un papel rector, como Inglaterra, procurasen conservar aquellas posiciones, indispensables a su función; pero en el momento en que nuestra, Patria ha renacido y ya no puede estar conforme, cuando la base ha perdido su antiguo valor y las comunicaciones las guardan y aseguran hoy 1as naciones ribereñas, esta permanencia no tiene ya sentido y la razón se impondrá. Nosotros creemos que es una letra a plazo fijo cuyo pago podrá dilatarse, pero que al fin se cobrará.»  
 
ESPAÑA Y AMÉRICA  
 
– Nosotros estamos convencidos de que existe preponderancia e influencia indudables, permanentes, de España, espiritualmente, sobre las Repúblicas hispanoamericanas, que forman positivamente la gran reserva de España, Indudablemente, reconocemos que estamos identificados con España como la Madre Patria, y buena prueba de esta influencia es que en Puerto Rico, que forma parte de Estados Unidos desde hace medio siglo, el idioma oficial es el inglés y la religión la protestante, y, sin embargo, se sigue hablando en español y manteniendo el catolicismo. Y ahora desearíamos saber, cuando los Estados Unidos han iniciado una política de atracción de las Repúblicas hispanoamericanas, utilizando la fórmula de buena vecindad, aunque más bien tiene carácter económico, si no sería compatible y conveniente que se intensificasen las relaciones comerciales con España en esos países, a más de mantener su influencia espiritual.   
 
«Debo contestarle que la vinculación de España y las naciones americanas no fue a través de la Historia la de una metrópoli con sus colonias, sino la de partes de una misma nación, con los mismos derechos, como otras Españas, que así se llamaban. Nosotros, cuando miramos a los hispanoamericanos, no los contemplamos con prerrogativas de madre, sino con afinidad de hermanos de sangre y de cultura. Nos creemos una misma familia de pueblos, con las mismas costumbres y manera de pensar, y creemos que los problemas que entraña la vida en común podemos resolverlos como en una familia bien avenida. Precisamente por nuestra común prosapia de hidalguía tenemos un gran papel en el mundo; si estuviésemos separados se atomizarían nuestros esfuerzos; en cambio, unidos podemos hacer que nuestra voz en el mundo pueda ser decisiva. Por eso el Régimen español se ha propuesto desde el primer día intensificar esta relación cordial y superar todos los recelos que pudieran haber existido entre España y las naciones hispanoamericanas. Si algo en este camino no fuese bien, sería a nuestro pesar. Yo creo que en esto pueden hacer mucho nuestras juventudes, al ir nuestros jóvenes a América y venir los hispanoamericanos a España, para conocernos y compenetrarnos más. Si hasta hoy no hemos llegado a mayores realizaciones prácticas ha sido porque no estábamos, después de nuestra Cruzada y de la guerra universal, en condiciones de gastar nuestros esfuerzos en otras tareas que las que nos demandaban las necesidades interiores. Pero hoy día, en que la economía española se encuentra restaurada y el progreso de la nación en marcha, tratamos de ver cómo podemos unirnos en mayores empresas, trabajando en el área común de nuestros intereses e intensificándolos con acuerdos culturales, económicos y del comercio en general, en forma que podamos ayudar en la medida de nuestras fuerzas y de nuestra inteligencia a que las naciones de América alcancen sus mejores metas.»
 
EL PAPEL DE LOS ESTADOS UNIDOS   
 
«En este orden no nos sentimos celosos ni mucho menos, de Norteamérica pues creemos que tenemos papeles distintos: Norteamérica, por su potencia económica y sus medios, puede ser el banquero generoso que puede y debe ayudar a las naciones de aquel continente, sin menoscabo de sus derechos soberanos, y cuando esta ayuda se haga necesaria, mientras que nosotros, con ese espíritu familiar que nos une, les ofrezcamos nuestras ayudas para conservar los valores de una civilización común, que nos gustaría que no se malograse por la acción ajena. Yo he recomendado muchas veces a nuestros hombres de empresa, a nuestros ingenieros y a nuestros mejores hombres que hay que ir a América, que a los pueblos hermanos hay que llevarles también nuestras soluciones a sus problemas, que es necesario que nuestra relación no quede recurrida al área de lo espiritual, porque entonces el hispanoamericanismo pecaría solamente de empresa romántica, pero no práctica, como debe ser si nos prestamos asistencia en todos los problemas.»  
 
SUCESIÓN PREVISTA  
 
– Otra cosa que queríamos saber por labios de Su Excelencia es la siguiente: Sabemos y comprendemos la labor extraordinaria que pesa sobre sus hombros. Yo conozco España desde más de veinte años, en que estuve de corresponsal de un periódico de La Habana, en Melilla. He seguido su vida paso a paso, siempre admirándole, y después he visto cómo V. E. superó aquélla cosa tremenda, la tragedia española que fue la guerra civil, resolviendo V. E. aquellos ingentes problemas hasta llegar a la pacificación actual; pero la vida humana tiene su fin y llegará un momento en que habrá que pensar en la sucesión. Y esto es cosa que interesa muchísimo en América: saber cómo se resolverá esta cuestión, en qué forma y fórmula. Querríamos, pues, conocer la fórmula de sucesión, si existe.   
 
«Formalmente esto ya está establecido. Hay una ley de Sucesión que fue un día presentada a las Cortes, y después de aprobada por ellas la hemos sometido a referéndum nacional, cuyo resultado fue del 90 por 100 de votos favorables a su implantación. Existe, pues, una ley de trascendencia constitucional que reglamenta las cuestiones de la sucesión a la Jefatura del Estado. La nación española se constituyó en Reino siguiendo sus tradiciones. España durante casi toda su existencia fue Monarquía y ésta presidió las mejores épocas de nuestra Historia. Ello no quiere decir que se vuelva a la Monarquía en la forma y término que aquélla se encontraba en España cuando cayó, sino a la esencia de la institución, o sea el mando y la rectoría de una persona durante un número dilatado de años, con exigencia de la integridad, capacidad intelectual e identificación moral de la persona que, llegado el momento, le corresponda suceder. La ley ofrece soluciones para aquellos casos en que la Ley de herencia no ofrezca persona apropiada para reinar; es decir, que si la persona llamada a suceder no tiene las condiciones necesarias, se prescinde de ella, dando paso a la Jefatura de un Regente. Si de este recurso se hubiera dispuesto en otras épocas de nuestra Historia no hubiesen surgido en nuestras sucesiones pasadas tantos trastornos y complicaciones. Hoy tenemos las instituciones perfectamente consolidadas, y ello nos permite mirar tranquilos al futuro. Si llegado el momento en que yo faltase este problema no estuviera resuelto porque antes no lo hubiera yo mismo solucionado, entonces se convocaría el Consejo del Reino, y España tendrá o un príncipe reinante o un Regente, y así seguirá su vida sin interrupción, con permanencia de todas nuestras instituciones.
 
Nuestro Movimiento político está firmemente enraizado, y la sucesión, prevista y asegurada como no lo ha estado nunca en el último siglo de nuestra Historia.»