El Gral. Franco ante el Alzamiento, por Francisco Bendala

 

 

Francisco Bendala

 

Una y cuarto de la madrugada del 18 de julio de 1936. El Gral. Franco acaba de recibir de manos de su ayudante en la habitación nº 3 del Hotel Madrid, de Las Palmas de Gran Canaria, el telegrama, reexpedido desde Tenerife, en el que el Col. Solans le da cuenta de que las unidades de Melilla se han sublevado. Despedido el ayudante, el general se queda unos minutos a solas meditando cómo se ha llegado a esta situación.

Su formación, manera de ser y sus más íntimas convicciones luchan en su interior una vez más. Por un lado, su acendrada disciplina. Por otro, su profundo patriotismo. Hace muy poco ha dado un paso que sabe irreversible y de gravísimas consecuencias, cuyo posible alcance no se le ocultan. Es un hombre a solas consigo mismo en el momento más trascendental de su vida y lo sabe.

Atrás ha quedado su intensa vida de combate, siempre en primera línea, en los largos años de guerra en Marruecos donde ha forjado su alma, cuerpo y se ha convertido en leyenda. También la caída de la para él siempre querida Monarquía y la implantación, que sabe manifiestamente ilegal e ilegítima, de la ahora agónica República, gracias a un proceso revolucionario. De la Revolución sabe perfectamente sus más profundas esencias, pues lleva años informándose de lo que ocurre en Rusia y no se engaña.

También recuerda que, no obstante la injusta y dolorosísima clausura de su obra más querida, la Academia General Militar, hecho que aceptó dejando para la historia su más íntimo concepto de disciplina, nunca antes ni después mejor definida, no dudo en defender tan desvariado sistema político de los que, más que sus enemigos, lo eran de España, por lo que aceptó ponerse al frente del Estado Mayor Central en Octubre de 1934. Hecho que, de todas formas, para poco sirvió, pues cual hiedra venenosa la revolución no murió allí porque no quisieron matarla y se reprodujo al momento alimentada por una caterva de políticos nefastos por su corrupción, estupidez y falta de patriotismo.

Las elecciones de febrero de este mismo año de 1936 fueron un aldabonazo para él, como para muchos. El pucherazo y la consiguiente anarquía han venido inundando España cual mancha de aceite; la revolución enseñó su verdadera cara. Lo que se viene viendo y sufriendo no tiene parangón. España caminaba hacia el sometimiento al marxismo internacional, sin duda la más maligna y peligrosa ideología surgida hasta ahora en la historia de la Humanidad; bien sabe el general, por Mola, que siempre ha estado bien informado por sus contactos en la Policía conservados de cuando fue Director General de Seguridad, que la Revolución está a punto de estallar.

Recuerda también su conversación con Víctor Pradera y su conclusión: “Si hay que actuar no será para volver a la base de partida” y se pregunta qué será de tan insigne español. También la carta que envió al mismísimo presidente del Gobierno poniéndole en guardia sobre la debacle que se avecinaba y ofreciéndose para asumir en Madrid el cargo desde el que podría intentar evitarla o, al menos, paliarla; carta de la que no ha tenido siquiera respuesta.

¿Cómo se ha podido llegar hasta aquí?… “Por la inhibición de muchos”. Así lo ha escrito en su llamamiento al pueblo español, pues el texto que acaba de terminar no hace mucho de redactar no es un “bando” a la usanza, sino mucho más, es un grito a todos los españoles honrados para alzarse por España y contra la barbarie.

Su mente vuela a la reunión que con otros compañeros de armas tuvo en Madrid justo antes de salir para hacerse cargo del mando de Canarias, en la que consiguió imponer un criterio único: “Por Dios y por España”; cualquier otra cuestión quedaba al margen hasta ver la evolución de los acontecimientos, sólo así estaba dispuesto a implicarse en la sublevación por la que clamaban la mayoría. Pero sabe muy bien su dificultad, riesgos e imprevisible final.

Hasta el último momento estuvo reticente y no se arrepiente. Su telegrama en el que manifestaba que la cosa todavía no estaba madura, precedió sólo unas pocas horas al que decía que adelante. El cambio de opinión en tan poco espacio de tiempo se debió a la noticia de que el líder de la oposición, Calvo Sotelo, había sido vilmente asesinado. Fue la señal.

En medio de estas cábalas, su mente vuela por unos segundos hacia su mujer e hija que han salido para Lisboa, de las cuales se despidió en la más estricta intimidad; no sabe si volverán a verse. Que Dios las proteja.

Dios. A Él van raudas su alma, mente y corazón. Como siempre. Como en todos los instantes de su vida. A Él. Una breve oración “En Ti, y sólo en Ti confío”. Y de inmediato siente la misma paz interior, seguridad y calma que tantas veces cuantas en su vida ha acudido a Él.

Ahora…, ahora como siempre: tomada le decisión nada de mirar hacia atrás, sólo hacia adelante, poniendo todo el empeño posible en conseguir la victoria. La victoria… esa sólo la da Dios, lo que hay que hacer es lo humanamente posible por merecerla.

Unos golpes en la puerta le sacan de su abstracción. Es el ayudante. “Mi general, todo preparado”. Y Franco masculla: “Por Dios y por España”.

 


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