Franco visto por sus ministros: Alfredo Sánchez Bella

Franco visto por sus ministros.

Coord. Ángel Bayod

Página 245

 

Con absoluta objetividad no se puede calificar como dictatorial el sistema de gobernar de Franco.

Gobierno de autoridad, es como mejor pudiera calificarse. Autoritario, no totalitario; la diferencia es sustancial.

 

Profesor, escritor y periodista. Ministro de Información y Turismo del 29 octubre 1969 al 11 junio 1973. Nació en Tordesillas (Guadalajara) el 2 de octubre de 1916. En la Universidad de Valencia cursó Filosofía y Letras y Derecho, alcanzando el doctorado en Ciencias Históricas, por la Universidad de Madrid. Fue vicesecretario general del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (1940-1941), miembro del Instituto de Estudios Políticos de Madrid, director del Colegio Mayor «Jiménez de Cisneros» y presidente del Círculo de Bellas Artes. Desempeñó el cargo de director del Instituto de Cultura Hispánica en Madrid durante nueve años (1946-1956) y posteriormente designado embajador de España en la República Dominicana (1957-1959), en Colombia (1959-1962), Naciones Unidas e Italia (1962-1969). Es doctor honoris causa por las Universidades de Santiago de Chile, Autónoma de Guadalajara (México) y Cuzco (Perú). Es miembro de las Academias de la Historia de Panamá y de Venezuela. Está casado y tiene dos hijos. Falleció en Madrid, el 24 de abril de 1999.

 

 

Escribir sobre Franco para alguien que ha dedicado la vida a di a su servicio, es tarea por demás embarazosa. ¿Qué decir de él que ya no se haya dicho?

Pienso por ello que quizá rememorar su biografía desde la perspectiva de nuestra propia vida, de nuestra personal interpretación de los hechos, habrá de ser la mejor norma de conducta.

Más que de Franco, habría que hablar de los «varios» Franco que en la vida hubo, según las diferentes etapas de su vida. Desde el legendario comandante Franco que, montado en un caballo blanco, «desafiaba impávido, al frente de sus hombres, el diluvio de balas que contra él lanzaban», que fue la primera noticia que de él tuve, escuchando los maravillados relatos marroquíes a uno de sus soldados, en los umbrales de mi pubertad, hasta el reposado, frío, sereno, afectuoso —sin dejar nunca de ser jefe— que traté asiduamente durante casi cuatro años, durante la etapa ministerial, para por su vida toda la historia de España de más de medio siglo.

Es tan llena, tan rica, que a lo largo de su vida es natural se produzcan juicios como para justificar toda clase de adjetivos.

Pero la estela que dejó su increíble biografía, los hechos, los objetivos, las metas alcanzadas, el hilo conductor que guio sus intenciones, el balance final, es lo que ahora importa.

Y éste no puede ser más impresionante. Veámoslo.

En la biografía que he vivido cabe distinguir cuatro etapas:

1. Franco, Caudillo (1936-1939).

2. Guerra mundial y cerco internacional (1940-1951).

3. La larga ola de prosperidad (1951-1973).

4. La acción institucional (d1965-1975).

 

1. Franco, Caudillo

En la primera etapa prevalecen sus excepcionales condiciones para el mando, su firme voluntad, su decisión para superar adversidades, su autoridad moral para imponerse y ganar la adhesión de sus compañeros, su visión estratégica y su capacidad para constituir grandes unidades operativas, surgidas casi de la nada.

La sola invocación de su nombre alienta la esperanza del triunfo, tiene carisma; es como símbolo de victoria en las unidades que luchan en los frentes. Mantiene unida y en orden la retaguardia, remueve montañas de incomprensión partidista; encuadra a las milicias en el Ejército, acierta a dar dimensión internacional al conflicto civil, contrarrestando el inicial, sólo marxista; galvaniza energías, modera impaciencias, jerarquiza tareas, consigue que toda la acción se subordine al supremo objetivo de la victoria militar, sin componendas ni condiciones pactadas; hace compatibles la conducción de la guerra con la ordenación del territorio y la organización del Estado…

Este período fue por mí vivido bajo diferentes perspectivas: La guerra había comenzado en el mismo momento en que acababa de licenciarme en Ciencias Históricas y todavía seguía estudiando Derecho. Era vicepresidente de los Estudiantes Católicos y presidente de las Juventudes de Acción Católica, en Valencia. Por ello mismo, no estaba adscrito a ningún partido político, porque explícitamente tales funciones eran incompatibles estatutariamente. Personalmente sentía una gran perplejidad en mis juicios sobre los acontecimientos políticos, porque por principio se nos había inculcado una oposición radical a cualquier tipo de violencia.

De pronto, ésta estallaba. ¿Qué hacer? La decisión nos la dio hecha uno de los bandos. Inmediatamente se desencadenó una implacable persecución religiosa. Los directivos de organizaciones confesionales automáticamente fuimos calificados de «pistoleros fascistas» y hubo que esconderse. Automáticamente nos colocaron forzosamente del otro lado. No dieron posibilidades de elección. Hay que situarse en aquel tiempo para comprenderlo. Después vino la prisión. Siete meses en la Cárcel Modelo de Valencia, con sacas diarias para «dar el paseo» a liberados, que jamás llegaron a sus casas; el trato arbitrario, la crueldad innecesaria, la injusticia por sistema y la compra de mi ficha de eliminación, a cambio de unos miles de pesetas…

Como puede imaginarse, la figura del general Franco desde el escondite y la cautividad, no podía ser otra que la de un héroe, sin mácula y sin tacha.

Con la libertad vino la exigencia de la incorporación a filas, por razones de edad (quinta del 37). Y allí hube de presenciar nuevas tropelías, la desorganización, el caos. Las unidades de los reemplazos regulares eran raptadas en el viaje al frente e incorporadas a otras unidades que tenían urgente necesidad de reponer bajas. Y así fui a dar de bruces a una inigualable experiencia: seis meses cómo miliciano de Cultura de la Brigada Garibaldi, primero, y de la 45 División Internacional, después.

Todo cuanto las emisoras de la España nacional decían, tenía allí plena confirmación: mandos soviéticos, oficiales de todas las naciones europeas, acción implacable de los comisarios políticos contra cualquier oficial que no fuera militante comunista…

Allí conocí prestigiosos republicanos, como el italiano Pacciardi, luego ministro, que tuvo que huir de España y abandonar el mando de la Brigada, para evitar ser asesinado; otros tan meritorios como él fueron degradados o depuestos.

Y por todas partes, junto a la abundancia material de medios, la delación, la desconfianza, el temor. Y como consecuencia, la floja moral, el desencanto por lo que veían y vivían, los deseos de abandonar, aun sin dejar de ser «antifascistas». No entendían para nada las causas reales de nuestra guerra.

La moral de estas tropas, admirablemente equipadas, la refleja una anécdota: les daban bien de comer y comentaban: «Claro, nos ceban porque nos preparan a bien morir.» Les ofrecían un rancho defectuoso: «Es natural; dado nuestro previsto final, ¿para qué esforzarse?; nos tratan como cerdos.» Con ese estado psicológico, ¿cómo no iban a retroceder? En aquel ambiente, quién de verdad podía mantener enhiesta la esperanza? Nadie estaba convencido de luchar por una causa justa. Se combatía para sobrevivir. Vagamente se hablaba de revolución, del futuro triunfo de la clase proletaria. Nunca de la República, que en verdad ya no existía. En el frente esto era muy claro.

Tras las peripecias de la liberación, por propia iniciativa, llegando a primera línea, en pleno combate, quedando en tierra de nadie y pasando luego al otro frente, cambió completamente la decoración. En muchos aspectos, era sorprendente. Los uniformes eran menos vistosos pero la moral de las tropas era maravillosa: rivalidad ante el peligro, desprecio de la muerte, sentido religioso profundo, fe ciega en el triunfo, idolatría a Franco. Era el talismán «curalotodo». Su llegada al frente era indefectiblemente signo de victoria. No de los ricos ni de los burgueses, ni de los terratenientes, sino del pueblo español, de España entera.

Tercio Mola, Primera Bandera de Falange de Valencia; luego, ya alférez provisional, Primera Compañía de Radiodifusión y Propaganda en los frentes, fueron los hitos desde donde, bajo la suprema dirección del Cuartel General del Generalísimo, cada uno según sus posibilidades, hacíamos Patria, contribuíamos de algún modo a ganar la guerra. Era el espíritu el que se imponía sobre la materia.

Si el 18 de julio de 1936 Franco era el general más prestigioso del Ejército español, y ésa fue la razón fundamental de que en él recayera la conducción militar del conflicto, el modo como la inició y la diestra impavidez con que la condujo, le acreditaron como Caudillo indiscutible.

Cuando todos dudaron, él no dudó. Su concepto de la disciplina, su respeto al poder político, le mantuvieron a las órdenes de los Gobiernos de la República, hasta que ésta, dígase ahora lo que se quiera, dejó de existir. Por eso, si fue cauto al extremo antes de lanzarse a encabezar la rebelión la anarquía disfrazada de Gobierno republicano, cuando lo hizo fue hasta el fin, a vida o muerte. Y en esa no alternativa es donde estuvo su mayor grandeza. Los que la vivimos, nunca podremos olvidarla. Porque fue también la razón suprema que dio sentido a nuestra existencia. España, por esta vez, y con inmenso sacrificio de sus hijos, fue salvada, pues a la larga también los vencidos fueron vencedores.

 

2. Guerra mundial y cerco internacional

Cuando apenas comenzaba, la reconstrucción de las ciudades devastadas, se iniciaba también el segundo período de su mando. La segunda guerra mundial imponía las exigencias de una difícil neutralidad, que haciendo compatible la lealtad y la solidaridad con los países amigos, fuera a la vez capaz de preservar la paz y mantener la integridad del territorio nacional. También esta vez el cuasi milagro se cumplió. No sin fatigas ni enormes esfuerzos, entre miles de incomprensiones, pero se cumplió. Desde el extranjero es la acción que más admiran. Y fue, sin duda, la que más respeto conquistó.

Ningún otro español hubiera tenido, con ningún otro régimen, parigual autoridad y fatalmente sin él habríamos caído al uno y otro lado, porque probablemente esa hubiera sido nuestra peripecia en la guerra mundial; ser por dos veces ocupados: por las tropas de Hitler y luego por los aliados, como Italia.

En esa etapa yo había contribuido a la liberación de Valencia, era director de Avance, el primer periódico que salió a la calle en aquella ciudad, de emisoras levantinas, profesor de la Universidad…

Empiezo a sufrir la amargura de las pugnas internas. Soy considerado «vaticanista», y por ello no estoy demasiado bien visto en los improvisados medios políticos provinciales. Como el periódico es portavoz de las fuerzas liberadoras, al restablecerse la normalidad debo cesar en la dirección de Avance, que pasa a ser Levante, de la cadena del Movimiento…

El ideal «José-Antoniano» a veces los vencedores no lo aplicaban con generosidad y amplitud de miras. Unos pocos se quieren erigir en usufructuarios de la victoria. Es preferible abandonar…

Ya en Madrid paso a ocupar la vicesecretaría general del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, donde hubo que arrancar de cero. Tras muchos meses de intenso trabajo celebra su sesión inaugural, presidida por Franco, en octubre de 1941.

La sorda lucha por el poder universitario produce nuevos choques excluyentes, ahora de sentido contrario, y nuevamente abandono voluntariamente el Consejo, para dedicarme a la cátedra universitaria y a las tareas de educación  en el recién creado Colegio Mayor “Jiménes de Cisneros”.

Los ex combatientes han vuelto a las aulas. Y no es fácil la adaptación. El director de cualquier centro es “el primero entre los iguales”. Si quiere ser respetado debe ser el más sacrificado, el que siempre procure actuar con ejemplaridad. Se quiere que la Universidad sea también escuela de ciudadanía. Que la Universidad sirva a la ciencia, pero también al bien común. Que eduque tanto como instruya.

Franco, deja hacer. Es el eterno moderador. Recuerdo que un sabio Príncipe de la Iglesia, el cardenal Larraona, señalaba con gracejo que las etapas de cualquier vida ejemplar deberían ser las siguientes: «hacer, dejar hacer, hacer hacer, y dar quehacer». Pues bien, el Jefe del Estado español, en materia cultural, «dejaba hacer».

A nadie persiguió, contra nadie concentró ningún tipo de ataque personal, no impuso ninguna orientación fundamental. Se cometieron injusticias, sin duda, en el doloroso proceso de liquidación de una guerra civil, pero nunca pueden achacarse a una imposición del Gobierno. Causa de los hombres y los tiempos, más que de un hombre e incluso de un sistema. Los que habían sido perseguidos clamaban por sus fueros y por un lugar al sol, pero sin causa concreta (aunque fuera falsa) a nadie se persiguió. Los exiliados de la cultura, se autoexiliaron. Nadie los expulsó. De esto puedo dar fe. Y la inmensa mayoría fueron incorporados a las tareas docentes e investigadoras.

Tras la victoria aliada, vino el cerco, el cierre de las fronteras con Francia, primero (16 de febrero de 1946) y diplomático, después. Churchill y Roosevelt, que durante la guerra tan magnánimos se habían mostrado con Franco y tanto hicieron por ganar su voluntad y tanto prometieron para asegurar su neutralidad, fueron vencidos en Yalta por Stalin, y aunque sin entusiasmo, se adhirieron a las sanciones contra España y a nuestra exclusión de todos los organismos internacionales. Pero a Franco no le preocupó nunca lo que contra él y su Régimen se pudiera hacer o decir fuera de España. Era la fe ciega en la justicia de su causa lo que le movía. Sabía que la fuente de su poder estaba dentro: en el respaldo unánime de las Fuerzas Armadas, el apoyo irrestricto de la Iglesia y el voto de la inmensa mayoría de la nación. En un contexto creciente de guerra fría internacional, el ataque exterior sólo podía provocar la consolidación definitiva del Régimen surgido de la guerra. No se veía en aquel instante, pero se percibió inmediatamente después.

Al tan masivo como injusto ataque exterior, la opinión pública española respondió en forma unánime e impresionante. Psicológicamente, fue uno de los instantes claves de su vida. La manifestación en la Plaza de Oriente del 9 de diciembre de 1946 fue la más espontánea y variopinta de todas cuantas después allí se reunieron, la que convocó en torno a su persona gentes de todas las ideologías, la que prefiguró lo que ya hasta su muerte fue: el Caudillo de «una sociedad capitaneada por el consentimiento de la mayoría, por el singularísimo estilo de su magistratura vitalicia», según magistralmente indicó un ilustre escritor, a quien nadie puede tachar de Propagandista del Régimen.

Era tan grave el ataque, tan flagrante la injusticia y tan grande el peligro de recaer en una nueva guerra civil que contra los españoles se cernía, que la explosión de ira, miedo y al mismo tiempo, de orgullo herido, de protesta por la intromisión foránea, se personalizó en Franco, como representante máximo de la dignidad nacional.

¿Por qué el ataque? ¿Por qué la incomprensión? Sin saberlo, sus enemigos contribuyeron definitivamente a su afianzamiento, porque en aquel instante encarnaba el espíritu de todo su pueblo. Entonces, como en tantas otras ocasiones de su vida, acertó a interpretar fielmente el pensamiento de la opinión nacional. Los españoles, al respaldarnos masivamente, se apoyaban a sí mismos.

No tiene otra explicación esa masiva adhesión que desde entonces ya por siempre le acompañó. Hasta aquel instante era el representante de los vencedores en la guerra. Desde aquel memorable encuentro, representaba a toda España.

Como muy bien señala García Escudero, «la negativa de Franco a abandonar el poder no fue racional, sino numantina; un simple cálculo de probabilidades la desautorizaba; pero cálculos de esa naturaleza habían desautorizado a otras tantas resistencias “imposibles” como jalonan nuestra historia. Y en ese numantinismo —racional o irracional— le acompañaba el mismo pueblo que había superado la prueba, igualmente “imposible”, de una guerra civil iniciada en condiciones desesperadas».

Fue ese cuasi unánime respaldo popular el que le permitió superar felizmente el período de cerco. Eso y su flexibilidad para ajustar la estrategia a las circunstancias cambiantes de cada tiempo.

Un nombre hay que añadir al suyo en este período, porque fue en grado eminente su principal colaborador en esa etapa: el ministro de Asuntos Exteriores, Alberto Martín Artajo. Extraído de las filas de Acción Católica, iba a sr el perfecto Canciller de la Resistencia.

Nadie como Franco habría conseguido aunar mayor número de voluntades, la imagen del Régimen, expurgarlo de fanatismos, abrirlo a gentes de la más variada procedencia: desde Areilza a Castiella, desde Alfaro y Joaquín Ruíz-Giménez, a José María Otero o a mí mismo, fundidos todos en el común denominador del servicio a España. Fue el tiempo de la «diplomacia paralela», que tan excelentes resultados ofreció.

Recuerdo de aquella etapa una anécdota sumamente ilustrativa. Martín Artajo me decía un día: «¡Qué admirable ponderación la del Caudillo! Hace compatible la convivencia entre los que, en principio, pudieran parecer antagónicos. Nunca hubiera imaginado un entendimiento con Fernández Cuesta. Y bien, allí estamos, sentados en la misma mesa, respetándonos mutuamente y trabajando juntos, lealmente, en resolver los problemas nacionales.» En la guerra había unido a requetés y falangistas. En la paz, incorporaba también a los nacional-católicos no comprometidos políticamente con el período de anteguerra, que eran la inmensa mayoría del catolicismo español, respaldados públicamente por la Jerarquía.

Así procedería siempre y en la medida que las cambiantes circunstancias lo iban permitiendo. Suaviter in modo, fortiter in re. Siempre que los intereses de la Patria lo exigieran iría asumiendo nuevas promociones, incorporándolas al grupo dirigente, sin importarle su procedencia anterior. Jóvenes y viejos, republicanos y monárquicos, liberales y conservadores, social-demócratas y socialistas y aun de la CNT. Podrían darse nombres. Todos ellos unidos en el lema legionario «Nada importa la vida anterior». Con seguridad esa orientación era hasta temeraria, como luego se ha visto. Pero así se hizo. No declarando, sino realizando una auténtica política de reconciliación. El régimen que se iba forjando no era fascista, ni mucho menos sino liberal autoritario, sino liberal autoritario, con un profundo sentido de humanismo cristiano. Eso es lo que el mundo no quiso entender.

 

3. La larga ola de prosperidad (1951-1973)

Los acuerdos con el Vaticano y los Estados Unidos en 1953 fueron la clamorosa confirmación de su éxito. La cumbre política del Régimen. La vigorosa acción en Hispanoamérica y el Mundo árabe abrieron paso a la vuelta de los embajadores y al ingreso en las Naciones Unidas y en casi todos sus organismos especializados (Unesco, FAO, Ecosoc, etc.)

Ahora había que centrar el esfuerzo en el frente interno, todavía entonces muy deprimido. Tras la demagogia republicana y la catástrofe de la guerra, el país había quedado empobrecido. La guerra mundial retrasó la reconstrucción. Y sólo se recuperaría el nivel de renta «per cápita» de 1929, en 1951. ¡Veinte años perdidos!

«Si España alcanza un nivel económico similar al europeo, cualquier Régimen futuro será posible; si no lo lográsemos, ninguno será viable.» Ése fue el lema de nuestra generación. Superar el atraso. Alcanzar la vanguardia. Fue con ese ímpetu que lo que parecía imposible se hizo realidad. España cambiaba de piel, a ojos vistas. Las ciudades crecían, las comunicaciones mejoraban, el nivel de vida familiar alcanzaba cotas que anteriormente nadie hubiera podido imaginar. Se iba imponiendo una igualdad de oportunidades, un alza visible en los niveles de educación. Para todos empezaba a existir un lugar al Sol. Esto no fue fácil, ni sencillo. Existieron antagonismos entre autárquicos y aperturistas, que a veces llegaron al límite de la ruptura. Pero la calma, la fría visión de Franco, la consideración de todos los problemas a la única luz del interés nacional, fue contribuyendo a limar asperezas, a vencer resistencias y a mantener el ritmo sostenido de crecimiento dos o tres puntos cada año por encima de la media mundial, con la sola excepción del Japón.

Tres nombres hay que asociar al de Franco en esta gigantesca tarea: En el período autárquico, Juan Antonio Suanzes, creador del INI, animador como nadie del desarrollo industrial, vencedor con hechos de nuestro complejo de inferioridad; Mariano Navarro Rubio y Alberto Ullastres, como autores indiscutibles del período aperturista económico, que tan brillantes resultados alcanzó. Ellos y Fernando María Castiella, magistral timonel de nuestra política exterior, se hicieron acreedores a la gratitud de todos los españoles. Parafraseando a Churchill podríamos decir también que «nunca tantos debieron tanto a tan pocos».

El Óscar de Oro de las Naciones, que en 1973 se otorgó a España, representó el público reconocimiento mundial del «milagro español».

El país gozó de orden, seguridad personal y confianza en el futuro. Estos factores y la continuidad, hicieron el milagro.

En efecto, si para alcanzar el nivel que España tuvo en 1929 hubo que esperar hasta 1951, lo cual significó veinte años de atraso en el ritmo de nuestro desarrollo, a partir de ese instante se inicia un ritmo de impresionante avance.

La evolución de la renta nacional en términos reales fue, desde finales del siglo XIX hasta la fecha, la siguiente:

  Tasa de crecimiento anual (%)
1870-1922 (etapa liberal) 1,8
1923-1930 (etapa de la dictadura del general Primo de Rivera) 2,7
1930-1936 (etapa de la II República) 0,1
1940-1953 (primera etapa de Franco) 3,7
1954-1959 (segunda etapa de Franco) 4,6
1960-1973 (tercera etapa de Franco) 7,5

        

El crecimiento real de la renta per cápita en los años de crisis económica (1976-1980) ha sido solo del 2,7%, equivalente a un crecimiento anual acumulativo del 0.45%. Hay que remontarse a los años anteriores a nuestra guerra civil para encontrar crecimientos tan bajos de la renta nacional española.

Durante la tercera etapa de Franco, España se colocó en segundo lugar en el ranking mundial por su tasa de crecimiento económico. El crecimiento alcanzado en un año de la década del desarrollo equivale al de cinco años del primer tercio del siglo.

La producción industrial en el período citado se multiplicó por seis. España ocupaba el octavo lugar en el mundo entre los países industriales. (Ahora, por el contrario, ocupa el puesto decimoctavo.) La producción agrícola más que se duplicó. Se consiguió el pleno empleo. Las exportaciones de mercancías se multiplicaron por diez. De 1960 a 1973 el país se transformó radicalmente y los españoles alcanzaron unos niveles de bienestar similares a los de buena parte de los países de vanguardia. Diez años más a este ritmo era permitido que la renta «per cápita» se hubiera adelantado a la de Italia y Gran Bretaña. Ésta ha sido la gran oportunidad perdida. Acaso por cansancio, por falta de conciencia colectiva a todos los niveles. Por abulia generacional.

Cinco años después de la muerte de Franco, casi un tercio de los bienes que pacientemente se habían ido acumulando, merced al tenso y continuado esfuerzo del pueblo español, en gran parte han sido dilapidados, repitiéndose otra vez los errores cometidos en la década de los años 30 y haciendo verdad el conocido axioma de que «los pueblos que olvidan las lecciones de la Historia están expuestos a repetirla».

4. La acción institucional

Frente a todo cuanto frívolamente se ha dicho, Franco era —por temperamento- el General «antigolpista» por excelencia. El cumplimiento de las ordenanzas fue su código de honor. Pero ¡ojo!, asimiladas, interpretadas, no ejercitadas automáticamente, sin discernimiento propio. Recuérdese, si no, el disciplinado enfrentamiento con Primo de Rivera, a raíz de su indecisión política a seguir en Marruecos.

Cuando durante la República tuvo que arriar la bandera roja y gualda Academia Militar de Zaragoza, en cumplimiento constitucional, lo hizo no sin decir abiertamente cuáles eran sus preferencias.

Ante la peligrosa proclividad hacia la irresponsabilidad y la demagogia de los gobiernos republicanos, lealmente advirtió desde Canarias la profundidad del disgusto militar ante los desafueros que se iban cometiendo. Si Casares Quiroga hubiera entendido la sinceridad de aquella advertencia y, como parecía prudente, se hubiera cambiado el rumbo de la política militar, otras hubieran sido las consecuencias.

En las recién publicadas Memorias del general Kindelán bien claro aparece su ánimo reticente y dubitativo a aceptar la jefatura de los Ejércitos que se le ofrecía. Sólo fuertes presiones y la imperiosa necesidad de ganar vencieron la resistencia. 

 

 

 


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