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Blas Piñar López
Junio de 1.991
Paco Jiménez es un hombre bueno; y porque es bueno, leal y sencillo. Para mí, tiene dos grandes virtudes: la paciencia y la fortaleza, aunque es posible que cada una de ellas lleve de por sí y consigo la otra.
Le conozco hace muchos años, y jamás le vi desfallecer o anonadarse ante la dificultad, la desgracia o el peligro. Para sacar adelante a su familia plus numerosa (fue premio de natalidad) ha hecho de todo, desde oposiciones a administrativo a la Hermandad Nacional Agraria, a papeles casi anónimos en el cine, desde recadero incansable a constructor de viviendas. Así, privándose a veces hasta de lo necesario, pudo dar carreras brillantes a sus hijos.
Obrero del campo el 18 de julio de 1.936, tuvo que enrolarse en el Ejército rojo. En cuanto la ocasión le fue propicia se pasó, trinchera adelante, al Ejército nacional, y en sus filas hizo la guerra, y en un puesto de vanguardia conoció la alegría de aquella jornada única e inolvidable de la victoria del primero de abril de 1.939.
Su fidelidad a los ideales que le movilizaron para la lucha, no cesó aquel día. La constancia en el servicio es una prueba exigible para el reconocimiento de la autenticidad; porque son muchos los que suben al carro de los vencedores y muchos también los que se apresuran a apearse del mismo cuando se vislumbra el riesgo o se hace oír la amenaza.
Desde esa fidelidad, y con un estilo tan llano que más que literatura recuerda el coloquio sin preocupación semántica, Paco Jiménez ha escrito las páginas que siguen a este prólogo. En ellas -más bien comentario en alta voz- pretende dar cuenta -“desfaciendo” las manipulaciones a que están sometidos- de los hechos y de las realizaciones concretas del Régimen que nació de la Cruzada nacional y, en suma, de la obra gigantesca de Francisco Franco.
Maravilla, al conocer con detalle esas realizaciones, el despegue de la miseria económica, del analfabetismo cultural, del enfrentamiento clasista, logrado por aquel Régimen, que quemó etapas para conseguirlo y que nos elevó de rango a todos los niveles. A ritmo de atleta se repararon y superaron las ruinas de nuestro conflicto bélico interior, las consecuencias del conflicto universal subsiguiente y la política de acoso de quienes, triunfadores al fin en ese conflicto, se embarcaron después en la larga noche de la guerra fría, con el telón de acero y el muro de Berlín, como raya y símbolo.
Que el lector sepa apreciar el esfuerzo nobilísimo que Paco Jiménez, que, con humildad, no reñida con el valor, da testimonio, en cuanto se halla a su alcance, de aquella obra que, con escasos precedentes, sólo los necios o sectarios se atreven a desconocer o negar.